Conde Claros, Conde Claros, el señor de Montalván…

Portada del Libro de los Cincuenta Romances (c. 1525), primera colección de romances conocida.

Ante diem sextum decimum Kalendas Octobres: Ludi Romani

Nos gustan las viejas historias, las que se repiten una y otra vez, las que tienen varias versiones, las que no cansan nunca porque tratan de los temas que siempre están ahí que forman parte de la vida. Joseph Bédier comenzó su historia recopilación de Tristán e Isolda con esta pregunta: “¿Queréis oír, señores, si os place, un bello cuento de amor y de muerte?” Sí, nos placen las historias de amor, de muerte, de superación, de viajes interminables, de derrotas y victorias, de traición y venganzas.

Alrededor de la hoguera, bajo las estrellas, hace miles de años, comenzaron a tejerse y entrelazarse las palabras de cuentos, de historias, con unos temas, con unas tramas que se repetían. Solo los cambios culturales les fueron dando un ropaje que las hacía diferentes, pero eran las mismas. Y para que esas historias fueran reconocibles, para que quedaran en la memoria en todo el tiempo que no hubo escritura o que la escritura fue una excepción para la mayoría, necesitaron del verso y la música. Versos sencillos y melodías sencillas reconocibles por todos, desde el palacio hasta la cabaña campesina.

Esta es la historia de una historia que se desarrolla en un romance y de una melodía glosada en el Renacimiento y como con el tiempo, acabé uniéndolas.

Hace mucho mucho tiempo…, me regalaron tres libros. Aún los tengo, han sobrevivido a mudanzas y cosas peores. Están entre los más antiguos de mi biblioteca, trepan por las estanterías altas, junto a los libros de Tolkien y Terence H. White, situados en el limbo de los libros que no conviene volver a leer. Uno de esos tres libros es una antología de romances. Están agrupados por temas y completos, sin censurar, vertidos a castellano moderno. Fueron mi primer contacto con ese tipo de poesía en libro independiente, no en libro de texto. Bastante tiempo después, buscando siempre versiones diferentes, me encontré con una edición moderna de la Flor Nueva de Romances Viejos, de Ramón Menéndez Pidal y comprobé que los romances de mi libro eran los mismos, pero no estaban todos. Yo ya sabía que no estaban, hacía años que en las ferias de libro de ocasión había comprado antologías de romances. Para empezar es imposible que estén todos…, y además hay diversas versiones. Lo que ocurre es que mi libro, dirigido a un público todavía infantil, no podía tener ciertos romances viejos.

Para la época en que ya buscaba entre otros libros diversas versiones y recopilaciones de romances también escuchaba ya música antigua, música del Renacimiento y empecé a encontrarme con las glosas, diferencias y variaciones sobre una melodía. La primera que me llamo la atención y escuché mucho antes las diferencias fue la famosa Guárdame las vacas o La Romanesca. Cuando una escucha la canción original se queda un poco atónita de la tontuna de la letra y que algo así tuviera la atención de los mejores compositores de música instrumental.

Las vacas fueron especialmente famosas, pero había otra melodía que fue muy famosa y recibió mucha atención de los  compositores para vihuela y así nos encontramos con esto:

Luis de Narváez. Los seys libros del Delphin de música, 1538. Veynte y dos diferencias de Conde Claros:

Y con esto:

Alonso Mudarra (c. 1510-1580) Tres libros de música en cifras para vihuela, 1546. Conde Claros en doze maneras:

Para cuando estos discos llegaron a mis manos yo ya sabía que era de eso de Conde Claros. Una de mis recopilaciones de romances, comprada como no podía ser menos en ferias de ocasión lo tiene…, pero qué decepción cuando lo leí. El Conde Claros es probablemente el romance más largo y prolijo de todo el romancero viejo. El romance que se salta a las claras aquello de que hablan los especialistas, empezando por D. Ramón, del “callar a tiempo” y que desde luego se salta, pero eso se lo saltan muchos, la pretendida “pureza” de los temas del romancero, algo que en lo que insistía especialmente D. Ramón Menéndez Pidal, que no sé donde tendría los ojos a veces.

Los romances son poemas narrativos en muchas estrofas. Las estrofas son cuartetos de versos de rima asonante en los pares, con una melodía que repite cuantas veces sea de largo el romance. Si el romance es muy largo el aburrimiento musical está servido pero…, las melodías de los romances son sencillas y fueron muy populares y tienen una característica: la melodía que sirve para un romance suele servir para otro, hay una melodía de un romance viejo que se transformó en otra canción en los yacimientos auríferos de California en los años cuarenta del siglo XIX.

El Conde Claros con toda su prolijidad de contarlo todo, cuenta la misma historia que el romance de Gerineldo. Este romance mucho más conciso sí que cumple el “callar a tiempo”. La historia de Gerineldo es una historia que hay que comprender desde las premisas del amor cortés: Gerineldo, paje del rey ama a la infanta hija del rey, es un hombre de nivel social inferior al de la dama, aunque sea noble, la dama, esta vez no casada, tiene el nivel más alto es una princesa. Pero la dama, también ama a Gerineldo, como él no se atreve le dice:

Gerineldo, Gerineldo,
paje del rey más querido,
quien te tuviera esta noche
en mi jardín florecido.

Pongamos que se refiere a un jardín… Gerineldo y la infanta pasan la noche juntos. Son descubiertos por el rey, padre de la dama que coloca una espada entre ellos…, símbolo de respeto a una virginidad que ha desaparecido alegremente. La vida de Gerineldo peligra, pero la infanta, a la que no le quedó más remedio que tomar la iniciativa, le salva la vida. La vida para vivirla compartida.

Y esta es también la historia del Conde Claros, uno de los doce pares, un gran señor feudal al que hay que prender con muchos hombres, porque todas las campesinas de su señorío podrían estar a su disposición pero no la hija del rey…

Y tuvo que llegar en 2005 el centenario de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha para que el Conde Claros dejara de ser una melodía en las diferencias de Luis de Nárvaez y Alonso Mudarra.

Señores, en la aldea y el palacio, en el descanso de la siega y en la fiesta cortesana ¿Queréis oír un bello cuento de amor y peligro de muerte? Está aquí:

El Romance del Conde Claros de Montalván

Media noche era por filo,
los gallos querían cantar,
conde Claros con amores
no podía reposar;

dando muy grandes sospiros
que el amor le hacía dar,
por amor de Claraniña
no le deja sosegar.

Cuando vino la mañana
que quería alborear,
salto diera de la cama
que parece un gavilán.

Tráele un rico caballo
que en la corte no hay su par,
que la silla con el freno
bien valía una ciudad,

y vase para el palacio
para el palacio real.
A la infanta Claraniña
allí la fuera hallar.

-Conde Claros, conde Claros,
el señor de Montalván,
¡cómo habéis hermoso cuerpo
para con moros lidiar!

-Mi cuerpo tengo, señora,
para con damas holgar:
si yo os tuviese esta noche,
señora a mi mandar.

-Calledes, conde, calledes,
y no os queráis alabar:
el que quiere servir damas
así lo suele hablar.

-Siete años son pasados
que os empecé de amar,
que de noche yo no duermo,
ni de día puedo holgar.

Tomárala por la mano,
para un vergel se van;
a la sombra de un aciprés,
debajo de un rosal,

de la cintura arriba
tan dulces besos se dan,
de la cintura abajo
como hombre y mujer se han.

Por ahí pasó un cazador,
que no había de pasar,
vido estar al conde Claros
con la infanta a bel holgar.

El cazador sin ventura
vase por los palacios
a do el buen rey está.
-Una nueva yo te traigo.

El rey con muy grande enojo
mandó armar quinientos hombres
para que prendan al conde
y le hayan de tomar.

Metiéronle en una torre
de muy gran escuridad:
las esposas a las manos,
que era dolor de mirar.

Todos dicen a una voz
que lo hayan de degollar,
y así la sentencia dada
el buen rey la fue a firmar.

La infanta que esto oyera
en tierra muerta se cae,
damas, dueñas y doncellas
no la pueden retornar.

-Mas suplico a vuestra Alteza
que se quiera consejar,
que los reyes con furor
no deben de sentenciar.

El buen rey que esto oyera
comenzara a demandar:
El consejo que le dieron,
que le haya de perdonar.

Todos firman el perdón,
ya lo mandan desferrar.
Los enojos y pesares
en placer hubieron de tornar.

10 pensamientos en “Conde Claros, Conde Claros, el señor de Montalván…

    • Don Ramón y sus esposa María Goyri la primera mujer que en España se licenció en Filosofía y Letras no solo recorrieron Castilla, sino toda España recogiendo versiones de los romances. Recuerdo que en uno de esos ensayos que leí en mi época universitaria como decía que las versiones más puras de los romances castellanos se habían conservado…. en Cataluña.

  1. Me parece que el romance, de amor cortés, poco😀 Después de leerlo yo también me pregunto dónde vería don Ramón esa pureza… ¿Callar a tiempo? ¡Menos mal que calla! No me extraña que no apareciera en Flor nueva de romances viejos, para alivio de más profesor de la época😀😀

    “Pongamos que se refiere a un jardín…” El romance se las trae, pero tú también, Hesperetusa. ¿Acaso insinúas que no se refiere a un jardín?😀😀😀

    Felicidades por la entrada.

    • 😀😀😀
      Alberto, el “callar a tiempo” como decía Ramón Menéndez Pidal, creo que era él, no se refería a contar ciertas cosas, sino a no contarlo todo, a dejar la historia en suspenso. El ejemplo más claro es el el romance del Conde Arnaldos, donde el marinero de le contesta:

      yo no digo mi canción
      sino a quien conmigo va.

      Es decir no sabemos quien navegaba en esa barca y que decía el cantar que suspendía el vuelo de las aves. El romance del Conde Claros es demasiado prolijo, lo cuenta todo, y hay contradicciones desagradables: la actitud del Conde Claros ante el cazador que los ha descubierto, y después que la infanta se sorprenda de lo que ocurre. En la versión abreviada que interpreta Jordi Savall, ellos no saben que han sido descubiertos. Qué diferente ante la misma circunstancia en el romance de Gerineldo:

      Levántate Gerineldo,
      levántate dueño mío,
      que la espada de mi padre
      entre los dos ha dormido.
      (…)
      pesares que te vinieren,
      yo los partiré contigo.

  2. En torno a la atención que sobre sí atrajeron los cuatro sencillos versos de “Guárdame las vacas” se me ocurre que en principio pudiera estar en el atrevimiento de que es la mujer quien se ofrece, atrevimiento que tenía una gran carga de insinuaciones eróticas para aquella época y aun para la nuestra, que, en lo que se refiere a los roles correspondientes al hombre y a la mujer en el juego amoroso, no ha cambiado tanto tanto como a veces pensamos. Que fuera la mujer la que manifiestamente se ofrecía debía de tener una gran carga erótica en una sociedad con las rígidas normas sexuales de la Edad Media (otra cosa serían las prácticas, supongo). Tan alto grado de transgresión debía de encerrar tal conducta que, en la poesía, solo se realiza en géneros populares, simuladamente populares o inspirados en lo popular: es en las jarchas o en las cantigas de amigo donde vemos a las doncellas expresar abiertamente sus sentimientos y sus anhelos. En el caso de este “Guárdame las vacas”, aparece otra figura de origen popular: esa vaquera tan atrevida es una serrana, mujer como sabemos muy liberal en su vida amorosa, que se mueve entre los registros de la culta y elegante vaquera de la Finojosa que deja con tres palmos de narices al Marqués de Santillana, las que acceden a los deseos de este pícaro caballero o las amazonas que someten a mil vejaciones (incluidas las sexuales) al bueno de Juan Ruiz, que seguro que algo habría hecho, así que se lo merecía. Lo que está claro es que, desde luego, eso de ofrecerse estaba vedado para las damas nobles: el papel de esas era el desdén, faltaría más, oiga: el poeta que se atreviera a sacar en sus poemas a una noble atrevida se jugaba algo tan importante como el rechazo de su clase, pero poner las emociones fuertes en boca de villanas ya era otra cosa. A título personal, les encuentro a esos cuatro versos otro atractivo, este de carácter formal: el paralelismo simétrico con que están estructurados: guárdame – besarte he – bésame – te las guardaré: un leixa-pren muy acertado. Perdonadme la extensión y la no poca pedantería.

    • Pablo, a mí me pareció en un primer momento la los versos de Guárdame las vacas una tontuna, porque a base de durante años haber estado escuchando las variaciones y diferencias de Antonio de Cabezón, Diego Ortiz, Alonso Mudarra, etc, la letra me decepcionó muchísimo. No sé porqué esperaba otra cosa. Luego ya me di cuenta que precisamente para que las obras funcionaran había que elegir una melodía sencilla y muy popular.

      Durante el renacimiento se dio un fenómeno curioso, el de las misas parodia. En algo tan serio como la música litúrgica se elegía una canción o melodía muy popular y partir de aquí se utilizaba en la música de la distintas partes de la misa de manera que fuera reconocible.

      Al Marqués de Santillana, que abominaba de los romances, solo buenos según el para “gente baxa e vil”, se le recuerda por sus Serranillas y no por sus farragosos Sonetos fechos al itálico modo

      En cuanto al resto del comentario lo seguiré en otro momento porque precisamente esta entrada tiene su origen en la conversación con una compañera de trabajo que también comparte la circunstancia de los estudios tardíos, en este caso de Filología Hispánica y en ciertos tópicos que se repiten en los libros, pero que son desmentidos o tienen tantas excepciones que se comprueban al leer los textos. Creo que pasa como en los cuadros, que los historiadores del arte, no todos, se ponen a citar a otros historiadores y ya no miran las pinturas.

  3. No sabía que el famoso Oh, My Darling, Clementine tenía su origen nada menos que en el romancero español. Perplejo me he quedado (dicho aparte: nunca, por más sorprendentes que sean las cosas que cuentes, aunque acudas a los sortilegios, trucos, encantamientos, hechizos, conjuros o filtros más efectivos de las más poderosas brujas, hadas, sirenas, hechiceras, magas o de tus congéneres ninfas, jamás de los jamases, repito, conseguirás que utilice la horrenda palabra ojiplático; y de este burro yo no me apeo). Y es admirable que una melodía viaje por el tiempo como esta lo ha hecho. ¿Cuántas no habrán tenido una deriva semejante?

    • Por lo que sé el origen de My Darling Clementine, está en la fiebre del oro de California de 1848. California hacia muy poco tiempo que había dejado de ser territorio mejicano, algo de eso se ve de forma muy fantástica en las películas de El Zorro.
      En los campos auríferos había mineros mejicanos que cantaban el romance de el Conde Olinos. Los otros mineros, que hablaban inglés no comprendían la letra del romance pero se quedaron con la melodía. Acabó saliendo la historia de Clementine, la hija de un minero que tenía los pies muy grandes.

      Deriva de las melodías a lo largo del tiempo hay casos bastante curiosos y no me refiero al presente que con el sonido grabado es fácil, sino melodías que traspasan los siglos. Los ejemplos de la entrada son claros. De una melodía sencilla de un romance cantado por el pueblo los compositores hicieron muchas obras diferentes y un tratadista como Francisco Salinas, el amigo de Fray Luis de León, de la Universidad de Salamanca la recogió en sus obras de teoría de la música.

      En cuanto a My Darling Clementine parece que la cosa no se ha quedado en el Viejo Oeste, sino como me dijiste ha pasado a los estadios de fútbol… ¿será por los grandes pies de la pobre Clementine? Quien me lo iba a decir cuando yo cantaba en el coro de la escuela aquello de:

      De ella naciera una garza
      de él un fuerte gavilán,
      juntos vuelan por el cielo
      juntos vuelan par a par.

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