Villancicos tontos

Collégiale Saint-Pierre de Chauvigny by kristobalite

Ante diem octavum Kalendas Ianuarias: Natalis Solis invicti

Cuando la historia es materia de trabajo ocurren extraños viajes temporales. Pueden ocurrir y de hecho ocurren con cincuenta y cinco minutos de diferencia. Ese tiempo es diferente al vivido en la realidad. Se sale del horario laboral y las calles han cambiado. En cuanto se hace la noche, ahora tan temprano, las luces navideñas se hacen presentes y cuando se entra en supermercados y centros comerciales, el sonsonete de los villancicos, siempre los mismos, cientos de veces oídos, que no escuchados, en estas fechas acaba por hacerse consciente que otro año está a punto de terminar.

Trabajo en los últimos años con este capitel de la colegiata de Saint Pierre de Chauvigny, también con otros de la misma iglesia, pero especialmente con este. Es de la segunda mitad del siglo XII y refleja muchas características de la escultura románica. No, no voy a soltar un rollo sobre la adaptación al marco y los capiteles historiados, que no todos los son y demás cosas que fascinan a los fundamentalistas aficionados al estilo. Además hay muchas otras cosas que estos casi nunca tienen en cuenta. Es un capitel sencillo de leer: la escena es comprendida enseguida, aunque se tengan trece años y se viva más ochocientos años después de que lo esculpiera Gofridus y en un mundo que poco tiene ver con el del siglo XII. Porque esa era la intención del escultor, de los comitentes, ya fueran los canónigos de Chauvigny u otros. Y es precisamente esa comprensión rápida lo que nos hace pasar por alto lo que tiene de irrealidad y simbólico la representación de la Adoración de los Reyes. La enorme desproporción entre los personajes y entre las partes del cuerpo, esas manos enormes. La rígida simetría, ese Niño bendiciendo que no es un recién nacido sino que tiene al menos tres años. El nimbo de santidad de María, con su nombre, y el cruciforme de la divinidad del Niño. La mano de gigante, separada de toda persona, esa figura poligonal que enseguida es interpretada como una estrella.

El mundo de las imágenes románicas da poca importancia a la vida humana, terrenal, de Cristo. El Cristo que importa es Dios y su representación en los lugares de honor de los tímpanos procede del Apocalipsis. El Cristo del románico es un rey, un juez, un amo, en ese mundo feudal en que todos dependen de todos. La vida terrena que aparece en los evangelios se parecía demasiado a la de esos habitantes de una Europa abrumadoramente campesina. Por eso está relegada a lugares secundarios, capiteles del interior de las iglesias y los claustros.

Pero cuando llegaran estas fechas quizá se detendría la liturgia en este capitel y habría música especial para estos días. Desde luego la había en la que se utilizaba en las horas canónicas, pero cómo sería la que utilizara el pueblo, los habitantes de Chauvigny, los peregrinos que pasarán por allí camino de Santiago de Compostela, desde el norte de Francia, desde Inglaterra, quizá del Imperio. Seguro que no tendría la complicación de las primeras polifonías, del Ars Antiqua, del Ars Nova. Cien años más tarde de que Gofridus firmara podría parecerse a algo como esto:

Ecce mundi gaudium – Rondellus anglo-normando c.1250

Ecce mundi gaudium, ecce salus gentium,
Virgo parit filium sine violentia.

Ave, virgo regia, Dei plena gratia!

Natus est de virgine sine viri semine,
Qui mundat a crimine, rex, qui regit omnia.

Angelus pastoribus: “Natus est in gentibus,
Qui dat pacem omnibus sua providentia”.

Reges tria premia offerentes varia
Stella ducit previa ad salutis gaudia.

Cum nil scire potuit de nato, rex fremuit,
Et tota gens tremuit Christi natalitia.

Cum mori per gladios Rachel videt proprios,
Mesta plorat, filios, nulla sunt solatitia.

Traducción: este latín es muy fácil, no la necesita.

Algo así, pero no creo que con esta letra, en latín, lengua de clérigos, de eruditos y de estudiantes, con frases que son pura teología y donde en los últimos versos Raquel llora a sus hijos asesinados por la espada.

Salgamos, han pasado cincuenta y cinco minutos, y hay que viajar casi ochocientos años en el tiempo. Ahora estoy en los primeros años del siglo XX, con guerras coloniales, con tensiones internacionales, analizando caricaturas del presidente Theodore Roosevelt cuando me doy cuenta que el año, mi año real se acaba y en poco más de un año será el centenario de la Primera Guerra Mundial. Esa guerra que parecía tan lejana y remota, allí en los principios del siglo XX pero que de hecho no lo era tanto porque aún había supervivientes de ella. Y antes de que pasen dos años se recordará el papel que hicieron dos de esos villancicos tontos, ese sonsonete insoportable de los supermercados y los centros comerciales. No, quizá no eran tan tontos y tienen más importancia de la que les solemos dar.

Noche silenciosa, noche sagrada
Letra: Joseph Franz Mohr (1792-1848) – Música: Franz Xaver Gruber (1787-1863)

Stille Nacht, heilige Nacht!
Alles schläft, einsam wacht
Nur das traute, hochheilige Paar.
Holder Knabe im lockigen Haar,
Schlaf in himmlischer Ruh,
Schlaf in himmlischer Ruh.

Stille Nacht, Heilige Nacht!
Hirten erst kundgemacht,
Durch der Engel Halleluja.
Tönt es laut von fern und nah:
Christ, der Retter ist da,
Christ, der Retter ist da!

Adeste fideles
Letra: ¿San Buenaventura, (1218-1274)? – Música: ¿John Francis Wade (1711-1786)?

Adeste fideles laeti triumphantes
Venite, venite in Bethlehem,
Natum videte, Regem angelorum.
Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Feliz Navidad
Fröhliche Weihnachten
Joyeux Noël
Merry Christmas
Buon Natale
Hyvää Joulua

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Fontfroide

Ante diem quintum Kalendas Novembres: Isia, Ludi Victoriae Sullanae

En el interior los paramentos serán lisos, tan regulares como sea posible. Los bloques puestos en hiladas horizontales. (…) No nos expondremos a desórdenes, ese asiento está previsto para el interior, al abrigo de las heladas y de las quemaduras del sol. Las junturas no se agrietarán en siglos, porque la cal endurece indefinidamente hasta resultar tan dura como la piedra (…) Fachadas perfectamente dispuestas en hiladas horizontales, esa colocación dispensará lujo en la pobreza (…) Las fachadas de nuestros monasterios, macizas y rectas, reclaman ardientemente la piel más bella. Fernand Pouillon, Les pierres sauvages.

Desde el banco de piedra de la sala capitular se ve el claustro. La sala capitular que se repite con su misma estructura de cuatro columnas que sostienen la bóveda de crucería, en la abadía que creó el modelo, Fontenay, en la lejana Borgoña, hija querida de San Bernardo de Claraval, dado que Claraval crecía y se convertía en una ciudad monástica. Desde sus inicios en Molesmes y Cîteaux cada abadía se convertía en madre de otras abadías, toda una generación de madres a hijas: Claraval fundaría Grandselve ya en el sur de Francia, Grandselve fundaría Santes Creus y Fontfroide. Fontfroide fundaría Poblet y Poblet fundaría Piedra. Fontenay tenía la medida justa de lo que sería una abadía cisterciense. Fontenay sería el modelo de Fontfroide y de las abadías cistercienses del siglo XII. Un paisaje arquitectónico, un estilo internacional desde Inglaterra a Calabria, desde Portugal a Bohemia.

El siglo que ve resplandecer el románico, ese estilo que ha comenzado un siglo antes, que va a unificar Europa con los monjes de San Benito siguiendo las maneras de Cluny. Estilo suntuoso que se nutre tanto de las formas arquitectónicas del mundo romano como de las de la imaginación oriental y bárbara. El blanco manto de iglesias de Raul Gabler pasado el año mil, iglesias con portadas escenificando el Apocalipsis, de claustros donde el bestiario se impone a los temas religiosos.

La Europa del siglo XII, la que verá a su fin el Pórtico de la Gloria, es aún una Europa rural, monástica. En el siglo XII, Suger en Saint Denis iniciará el arte gótico y Chartres comenzará su catedral, montaña en la llanura de Beauce, y surgirá la protesta, porque los monjes, los que oran, los que rezan por todos, los que se ocupan la mayor parte del día de la salvación colectiva no pueden vivir como señores rodeados de lujo.

Dos vías diferentes tienen en Europa los monjes marchando al encuentro de Dios: los anacoretas bizantinos con sus formas de penitencia feroz, que en  occidente  tuvieron su imitación con la Camáldula de San Romualdo y la Cartuja de San Bruno. Un estilo de vida monástico de un rechazo absoluto del mundo, de la pobreza absoluta, de la celda y el silencio. Ningún arte podía surgir de ahí, aunque siglos más tarde, esa Cartuja nunca reformada porque nunca deformada introduciría en sus iglesias el más delirante barroco. Contra la estética románica de Cluny se levantó un deseo de austeridad, preparándola para el arte cisterciense. Lo benedictinos dicen que los cistercienses dejaron de ser benedictinos por seguir demasiado al pie de la letra la Regla de San Benito. Su éxito fue posterior a 1130 y duró poco más de un siglo. Hasta que las ciudades resurgieron, hasta que sus habitantes necesitaron de otras órdenes, franciscanos, dominicos, que vivían entre ellos, que también tenían iglesias austeras, como las de los cistercienses, que también como las de los hijos de San Bernardo se embellecieron con pinturas y esculturas, pero que veían demasiado lejos a esos monjes en sus abadías de sus valles tranquilos, junto a sus ríos y estanques. Esos monjes, las cigüeñas del Císter que cada año con sus abades se dirigían al capítulo general que se abría el 14 de septiembre en Claraval, que habían fundado a finales del siglo XIII,  setecientas abadías en toda Europa.

No, no eligieron Roberto de Molesmes, Aubry, Esteban Harding, Bernardo de Claraval, éste sobre todo, el que modeló el espíritu del Císter, el camino oriental de eremitismo. Fue una vía media: rechazo de las formas de Cluny y aislamiento del mundo en valles fértiles, respetando la segregación social del feudalismo. Como lo monasterios de Cluny se agruparon alrededor de las mismas dependencias pero eligieron la austeridad, la desnudez. Roberto de Molesmes y Esteban Harding no conocieron aún el arte cisterciense, a éste le dio su espíritu Bernardo de Claraval.

¿Todo lo que vemos hoy del arte románico, tiene un simbolismo oculto a nuestros ojos, claro a los hombres de su época? En absoluto, y más que nadie lo vio Bernardo de Claraval. Cuanto en la Apología dirigida al abad Guillermo escribe contra las esculturas de los claustros cluniacenses:

Pero en los capiteles de los claustros, donde los hermanos hacen su lectura, ¿qué razón de ser tienen tantos monstruos ridículos, tanta belleza deforme y tanta deformidad artística? Esos monos inmundos, esos fieros leones, esos horribles centauros, esas representaciones y carátulas con cuerpos de animal y caras de hombres, esos tigres con pintas, esos soldados combatiendo, esos cazadores con bocinas… Podrás también encontrar muchos cuerpos humanos colgados de una sola cabeza, y un solo tronco para varias cabezas. Aquí un cuadrúpedo con cola de serpiente, allí un pez con cabeza de cuadrúpedo, o una bestia con delanteros de caballo y sus cuartos traseros de cabra montaraz. O aquel otro bicho con cuernos en la cabeza y forma de caballo en la otra mitad de su cuerpo. Por todas partes aparece tan grande y prodigiosa variedad de los más diversos caprichos, que a los monjes más les agrada leer en los mármoles que en los códices, y pasarse todo el día admirando tanto detalle sin meditar en la ley de Dios. ¡Ay Dios mío! Ya que nos hacemos insensibles a tanta necedad, ¿cómo no nos duele tanto derroche?

Bien que se da cuenta de que mucho de lo que hay representado es figuración que ningún simbolismo tiene, que es riqueza e imaginación del artista, imágenes que han pasado de los tejidos bizantinos y persas a la escultura, imágenes a las que más tarde se le dará un simbolismo, imágenes que bien lo sabía, nada tienen de cristiano. Nuestro mundo rebosa imágenes pero no era así el del siglo XII y las imágenes, una y otra vez vistas, descubiertos sus detalles una observación detallada día a día, no como hacemos en unos pocos minutos de visita, aliviaban la monotonía de la existencia ¿Cómo clamar contra ellas? ¿Por qué hacer aún más dura y austera la vida? Se podía hacer y Bernardo de Claraval y el Cister crearon un arte desnudo, un arte de la forma pura, del volumen perfecto.

Una iglesia abacial de planta de cruz latina, sin deambulatorio, con cabecera plana casi siempre, cubierta con bóveda de cañón apuntado, como se hacía en el románico de Borgoña, como Fontenay construida entre 1139 y 1147, el prototipo de abadía cisterciense. Tres naves, iglesia espaciosa que acogía dos coros, el de monjes y el de conversos. Clamó San Bernardo contra la altura de las iglesias, pero no desmerecen en altura las iglesias cistercientes. Con las ánforas de Vitruvio ocultas en su estructura para mejor resonancia, acogían la oración. La oración cantada, la Edad Media ignora la oración silenciosa. El canto llano, el canto en recto tono, también Bernardo de Claraval se opuso a la nueva música que venía, a la primera polifonía.

Abadía de Fontfroide. Iglesia.

Sin fachada, sin portada, pues a nadie sino a los monjes ha de acoger. Muy lejos de las abadías cluniacenses, de Saint Denis que en esa época con Suger hará nacer el arte gótico. Sin vidrieras. Que los cristales sean blancos, sin cruces, sin colores. Una arquitectura no para los sentidos sino para la mente. Un claustro. La iglesia, el refectorio, la sala capitular, el callejón de los conversos que repite en esa Jerusalén celeste sin sus doce puertas la segregación feudal. El cuadrado, imagen de la tierra ordenada.

Todo espacio, cada rincón, cada escalera tenía una función concreta. Todo espacio menos uno, el que lo organizaba todo, el claustro. Se ve desde la sala capitular, se accede desde la iglesia, se accede al refectorio tras pasar por la fuente para lavarse las manos. Tiene en uno de sus muros el armarium, donde están libros. No, no hay biblioteca en las primeras abadías. El monje cisterciense teme el estudio. Bernardo de Claraval atacó y venció a Abelardo. Son los libros para la lectio divina, un libro al año. El claustro es lugar donde se leen, pero el claustro es el lugar también de descanso, del recreo y el lugar donde se lava la ropa y se tiende en sus cuadrados de césped.

No habrá esculturas en la iglesia, no habrá decoración en los capiteles. Los capiteles de la sala capitular tendrán las cuatro “hojas de agua” del Císter. Solo en el claustro podrá escapar a esa seca rigidez. En la reunión en la sala capitular era posible entrever sus arcos, el tímpano ojival con sus óculos que dejan pasar la luz y la dibujan en el pavimento del suelo, sus parejas de columnas de mármol, sus capiteles con vegetación.  

Abadía de Fontfroide, Claustro

 

El claustro que muestra la creación reducida, imagen del paraíso, jardín cerrado. El claustro que existió mucho tiempo atrás cuando aún no había cristianismo, cuando no era claustro sino jardín de la domus, el peristilo para goce de las plantas, del agua, de la dulzura de las noches de verano. Ese peristilo que siglos más tarde se construyó en algunas abadías cistercienses, en Chiaravalle Milanese, donde Bramante construyó un claustro nuevo, que el vandalismo de la línea Milan-Roma arrasó en el siglo XIX. Columnas lisas, capiteles toscanos, arcos y dinteles sin más belleza que su forma geométrica. Bernardo de Claraval habría comprendido bien a quienes más tarde vinieron a defender una arquitectura desnuda, a Adolf Loos, a Le Corbusier, a Mies van der Rohe, a los arquitectos de movimiento moderno pero que no construían monasterios y que dejaban al mundo sin la visión tranquila, sin la belleza del claustro.

Santa María la Real de Valdediós (Asturias) Claustro renacentista

La paloma miró a través de la verja de la ventana…

Bingen, un lejano día de agosto

Idus Martiae: Festum Annae Perennae, Attis

El barco, la barcaza más bien, pues solo en que carga pasajeros y navega en zigzag entre una y otra orilla, se distingue de las que con bandera belga, holandesa o alemana siguen imperturbables aguas arriba o aguas bajo. Porque me entero de algo que no sabía, aunque tantas veces haya estudiado la historia dramática de esta zona de Europa: que estas aguas son aguas internacionales. El barco ha llegado con más de una hora de retraso al embarcadero de Sankt Goar y no solo eso, imperdonable en este país de puntualidad y eficiencia, sino que en ese embarcadero vamos a subir los pasajeros que estaban destinados al barco que no ha llegado. Sí, la barcaza está atestada de gente, lleva el doble del pasaje que debería y solo con suerte he podido encontrar una silla de resina libre, en la popa, a pleno sol de agosto. Una vez sentada ya no me puedo mover, no por perder el asiento en las dos horas que va durar el viaje hasta bajar en Rüdesheim, sino porque en este cascarón plano casi no se puede caminar.

La mañana de agosto es tan radiante como las mediterráneas. En las orillas el verde intenso de los viñedos, la zona vinícola más septentrional del mundo, a la misma latitud de Terranova. Pronto el río se estrechará en su tramo más peligroso y aparecerá la roca de Loreley, la que todos estamos esperando ver. Y de pronto, la megafonía en un alemán gangoso anuncia la primera parada, la barcaza se acerca al embarcadero, estará unos minutos apenas, mientras bajan y suben pasajeros. Es un embarcadero como otro, no hay nada especial ni en él ni en la pequeña ciudad, solo su nombre.

Ese nombre ya siempre asociado a ella lo leí hace ya mucho tiempo, cuando Adrian Leverkühn en su celda-habitación bávara lee para componer una de sus obras de inspiración medieval. Luego fue un nombre entre muchos nombres y no considerado el más importante en un manual de Historia Medieval en mi segundo curso universitario, una cita erudita que no parecía conducir a nada. Pero ahí estaba su nombre, un tenue hilo por el que tirar, por el que ya se empezaba a tirar desde hacía unos años, hasta que una noche no sólo era un nombre de una remota escritora sino que la música de uno de los himnos que compuso tenía voz y presencia.

La barcaza se separa de la orilla, muy pronto aparecerá la Loreley, pero miro a través de los edificios, de las casas, intentando ver algún resto de su mundo. Ella miró miles de veces estas orillas, debió vivir en los veranos de su larga vida días de sol como este, pero desde que caminó y cruzó el río, más de ochocientas veces ha pasado el sol por estas tierras, más de ochocientas veces se realizó la vendimia, cayeron las hojas, vinieron las nieves. Su monasterio, el que fundó para ser libre y por el que se puso en huelga para conseguirlo tampoco existe, destruido por las tropas suecas en la Guerra de los Treinta Años. Un tiempo ya tan remoto como el tiempo en que ella vivió, un tiempo mítico y extraño, unido al nuestro por una frágil cadena cuyos eslabones están a punto de romperse.

Contemporánea de Bernardo de Claraval, de Abelardo, de Eloísa, de Leonor de Aquitania, de los trovadores. Décima hija de una familia noble pero no de las de mayor rango, niña extraña y probablemente conflictiva, mejor alejarla junto a la noble Jutta al monasterio fundado por uno de esos monjes irlandeses que salvaron la civilización clásica. La dote del monasterio es más barata, no hay que buscar marido de acuerdo con el rango, no habrá molesta descendencia y sobre todo sus rarezas estarán vigiladas. Sin embargo su padres tuvieron la intuición de llamarla jardín de la sabiduría.

¿Cuántas veces miraría a través de los barrotes de la ventana de aquel monasterio dúplice? El tiempo pasaba y el monasterio femenino crecía. Durante años estuvo silenciosa, leyendo, devorando. De todas sus obras, de sus escritos que abarcan desde la mística a la medicina no habla de sus fuentes, privilegio de su época. Se llamaba a sí misma paupercula feminea forma, pero vivió hasta los ochenta y tres años en una época en que el fin de la juventud era normalmente el final de la vida. Y su vida activa, auténtica, comenzó cuando muchas vidas entonces acababan o habían acabado ya. A los cuarenta y dos años ya no podía callar, ya no podía mirar solo a través de las celosías de piedra de las ventanas, necesitaba salir y volar, mirar directamente al sol como el águila. Muchas veces aludió a su mala salud, sufría de escotoma centelleante, y de ahí salió el acompañamiento de sus visiones. Visiones en la que siempre insistió estar lúcida. Las miniaturas de sus libros recuerdan ese mal del que salió un arte único.

Cuando recibió el visto bueno de Bernardo de Claraval, de Eugenio III, del Concilio de Tréveris, no dejó de escribir, quizá en un latín no muy correcto, una obra tan inmensa y variada como la de Avicena, siendo además, poetisa y compositora, uno de los primeros nombres conocidos separados del océano de obras anónimas. Era obstinada y mandona, organizó la vida de su monasterio de manera diferente a otros, sufrió la excomunión antes que someterse y se sirvió de sus visiones, de su título de profetisa para enfrentarse con coraje a ese mundo medieval masculino que le dio permiso para levantar su voz; bastaba que dijera “la luz viva me ha dicho”, y el Papa y Federico Barbarroja podían echarse a temblar.

La llamaron santa poco después de su muerte y se inició el proceso, pero fue olvidado pronto, aunque en la tierra que vivió siempre se la ha considerado santa. La Iglesia nunca ha resuelto el asunto. Era una mujer incómoda, demasiado inteligente, demasiado entrometida. Un siglo después de su muerte, la clausura de los monasterios femeninos que siempre fueron minoría en la Edad Media fue blindada. Ella no habría podido existir entonces, su voz, probablemente habría sido callada o algo peor. Pero en el tiempo que le tocó vivir, en ese primer renacimiento del siglo XII, contemporánea de Eloísa y de Leonor, con su comunidad de monjas que usaban velos de seda y coronas, sus libros de historia, de medicina, de lenguas y de mística, con sus composiciones musicales, sus viajes, y la amistad con Volmar y Guibert de Gembloux que se saltó todas las reglas de la vida monástica viajando desde Flandes para estar junto a ella y ser su último secretario, Hildegarda de Bingen tuvo una vida más feliz y plena que ellas.  

Symphonia armonie celestium revelacionum (1140 – 1150)

Columba aspexit – Himno a San Maximino

Columba aspexit / Una paloma miraba
per cancellos fenestrae / a través de los barrotes de la ventana
ubi ante faciem eius / cuando ante su rostro
sudando sudavit balsamum / destilando destiló el bálsamo
de lucido Maximino. / del luminoso Maximino.

Calor solis exarsit / El calor del sol brotó
et in tenebras resplenduit / y resplandeció en las tinieblas,
unde gemma surrexit /de allí se alzó una piedra preciosa
in edificatione templi / en la construcción del templo
purissimi cor dis benivoli. / del más puro corazón benevolente.

Iste turris excelsa, / él una elevada torre,
de ligno Libani et cipresso facta, / hecha de madera de Líbano y ciprés,
iacincto et sardio ornata est, / ha sido adornada de jacinto y rubí,
urbs precellens artes / ciudad que sobresale en las obras
aliorum artificum. / de otros artífices.

Ipse velox cervus cucurrit / Él mismo, veloz ciervo,
ad fontem purissime aque / corrió hacia una fuente de la más pura agua
fluentis de fortissimo lapide / que fluía desde la piedra más sólida
qui dulcia aromata irrigavit. / y que esparcía dulces aromas.

O pigmentari / ¡Perfumistas!
qui estis in suavissima viriditate / que estáis en el más grato verdor
hortorum regis, / de los jardines del rey,
ascendentes in altum / que ascendéis a lo alto
quando sanctum sacrificium / cuando cumplisteis el santo sacrificio
in arietibus perfecistis. / en los carneros.

Inter vos fulget hic artifex, / Entre vosotros brilla el artífice
paries templi, / muros del templo,
qui desideravit alas aquile / que anheló las alas del águila
osculando nutricem Sapientiam / al besar la nutricia sabiduría
in gloriosa fecunditate Ecclesie. / en la gloriosa fecundidad de la Iglesia.

O Maximine, / ¡Maximino!
mons et vallis es, / eres monte y valle
et in utroque alta edificatio appares, / y en uno y otro lado apareces como un alto edificio
ubi capricornus cum elephante exivit, / donde se alzó el capricornio con el elefante
et Sapientia in deliciis fuit. / y la Sabiduría estuvo en gran goce.

Tu es fortis / Tú eres fuerte y suave
et suavis in cerimoniis / en las ceremonias
et in choruscatiane altaris, / y en el resplandor del altar
ascendens ut fumus aromatum / ascendiendo como humo de especias
ad columpnam laudis. / hacia la columna de alabanza.

Ubi intercedis pro populo / allí intercedes por los pueblos
qui tendit ad speculum lucis, / que tienden hacia el espejo de la luz,
cui laus est in altis. / para que éste haya alabanza en lo alto.

Traducción procedente de Hildegard de Bingen, Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Trotta 2003.

Hildegard von Bingen. Scivias, Sexto día de la Creación.

Casi toda la obra de Hildegarda de Bingen se puede leer traducida aquí.

Continuará…

Códice Vaticano Latino 4922. Roma