Un hombre para todas las horas

Cuando miro su retrato desde un abismo de tiempo que él no pudo imaginar, veo a un hombre de edad indefinida, nunca he sido buena calculando la edad de la gente, que podría estar tanto en la treintena como en los comienzos de la cincuentena. La mirada es tranquila y firme. Los rasgos son marcados, y su aspecto, de ojos y cabello oscuro, más mediterráneo que anglosajón. Es imposible saber si era un hombre alto, la moda de entonces de la que participa la toga de terciopelo negro por la que asoman las mangas también de terciopelo rojizo, con cuello de piel de castor en la que se apoya la cadena de eslabones  de su cargo, no ayuda mucho, pues tendía a ensanchar los cuerpos restándoles esbeltez.

En 1527, cuando Holbein el Joven pinta el retrato, Sir Thomas More, Tomás Moro está llegando al cénit de su vida, tiene cuarenta y nueve años y ha triunfado en lo personal, tiene una gran familia a la que adora y es correspondido en su cariño por ella. Es un humanista de prestigio en toda Europa, ha publicado Utopía en 1516, es el mejor amigo de Erasmo de Rotterdam, que lo conoció en 1499, cuando todavía era estudiante en Oxford y le dio la definición clásica de un hombre para todas las horas, aquella persona cuya compañía es siempre agradable, que se adapta tanto a la seriedad como a la broma…, el amigo en el que se podrá confiar siempre.

Jurista de prestigio, abogado y juez, miembro del Parlamento, del Consejo Privado del rey, diplomático…, dos años más tarde en 1529 será nombrado Lord Canciller por Enrique VIII, el primer laico en varios siglos. Tomás Moro fue ambicioso y llegó a lo más alto en su carrera política, pero nunca fue corrupto ni sobornable…, y esa será una de las razones de su caída que ya está muy cerca.

El paso del otoño de la Edad Media a la primavera del Mundo Moderno será convulso y con dolor. Los libros siempre presentan el periodo como la creación del Humanismo, el alba de un nuevo mundo centrado en el hombre, anthropos, humanidad…, es así, pero para una minoría. El Humanismo será una semilla que dará cosechas abundantes mucho más tarde. En los años finales de siglo XV y en los comienzos del XVI, Europa Occidental está saliendo del marasmo demográfico que ocasionó la Peste Negra en el siglo XIV, enfermedad que azota periódicamente campos y ciudades, la organización social y económica es terriblemente injusta, el absolutismo de los príncipes estrena sus garras.

La vida de la mayoría de los europeos está dominada por el miedo. La población europea es una masa analfabeta y aterrada. Tiene miedo. Miedo al destino, que trae sequías, granizadas y pudre cosechas condenando al hambre a regiones enteras. Tiene miedo a los príncipes y a los nobles con sus guerras y sus exacciones de tributos injustas. Tiene miedo a la enfermedad y a la muerte repentina que puede significar la condenación eterna. Sobre esta sociedad reina la Iglesia Católica, tanto ofreciendo consuelo como asustando y castigando. La Iglesia ve, en general, un rebaño dócil e ignorante. Para esta gente no vale el Humanismo. No vale decirles que Dios los ha puesto en el centro de la Creación para que elijan libremente, como escribe Pico della Mirandola. Ellos no quieren elegir. Para ellos no es la instrucción en lenguas clásicas, escribir en buen latín y saber griego. Para ellos no es la belleza del arte del Renacimiento, excepto el que pueden ver en las iglesias. Ni siquiera son para ellos las obras de crítica a la Iglesia de Erasmo. Necesitan otra cosa. Necesitan algo que los consuele y les de esperanza. Si la Iglesia Católica no se lo da lo buscarán en otra parte, como han hecho desde los inicios del cristianismo como religión oficial. Sobre esa Europa en la que destacan una minoría de humanistas y de príncipes instruidos, la Europa que ya tiene la imprenta, se desata el vendaval de la Reforma.

Ese vendaval se llevará a Tomás Moro, católico convencido, que dedicará el tiempo libre de sus obligaciones como jurista y político a refutar a Lutero y sus seguidores. Es fácil ver a cinco siglos de distancia que era una batalla perdida y lamentar el inmenso talento de Moro dedicado a abstrusas cuestiones teológicas que hoy solo leen los especialistas. Pero a Erasmo le pasó lo mismo, y de sus obras tan leídas entonces, solo sobrevive fuera de los círculos eruditos el Elogio de la Locura.

La Reforma también será fundamental en lo que, de no ser rey, solo habría sido un problema familiar, aunque trágico para la reina: el problema de la sucesión en el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón. La imposibilidad en aquel momento, por diversas razones políticas, de la disolución del matrimonio entre Enrique y Catalina, cuando la Iglesia había anulado tantos matrimonios reales anteriormente, llevará a Enrique VIII a romper con la Iglesia de Roma y a proclamarse Cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Esto no lo podía tolerar Tomás Moro, con sus profundas convicciones religiosas. Sin querer ser traidor al rey pide la dimisión como Canciller en dos ocasiones, en 1531 no siendo aceptada, y en 1532 alegando que estaba enfermo. Esta vez sí  que Enrique VIII accede.

Tomás Moro se retira a su casa de Chelsea, que había construido en 1524, con su extensa y amada familia: su segunda esposa Alice, sus tres hijas, sus yernos, su hijo, su nuera y sus nietos, el más pequeño, el primogénito de su hijo, que lleva su nombre: Tomás. Allí escribe a Erasmo de Rotterdam el 14 de junio de 1532. Moro tiene 54 años y espera vivir un retiro de ocio erudito. Poco más o menos desde mi niñez, querido Desiderio, ha sido mi deseo constante de disfrutar algún día de la oportunidad (me alegro que tú siempre la hayas tenido) de verme eximido de todos los deberes oficiales y de ser, por fin, capaz de dedicar algún tiempo sólo a Dios y a mí mismo. Ese proyecto vital quedará frustrado muy pronto.

A partir de esta carta a Erasmo comienza el último epistolario de Tomás Moro. No todas las cartas, treinta, son suyas. Hay cartas de su hijo, de su esposa Alice, de su hijastra Alice Alington y sobre todo, de su hija Margaret. Cartas, dirigidas a Erasmo, de las que no se conservan las respuestas, a Thomas Cromwell, a Enrique VIII, a Nicholas Wilson, la penúltima a su amigo italiano, residente en Inglaterra, Antonio Bonvisi, pero sobre todo las dirigidas a su hija Margaret, la mayor de sus hijos, su otro yo, su alma gemela.

El 13 de abril de 1534 es requerido a comparecer en el Parlamento y a jurar el Acta de Sucesión. Moro se niega al juramento alegando problemas de conciencia, que no explica. Cuatro días más tarde es encerrado en la Torre de Londres, condenado en principio a prisión perpetua. La Torre era una prisión VIP y Moro disponía de dos habitaciones y un criado, pero eso había que pagarlo. Por dos cartas de Lady Alice Moro a Enrique VIII y a Thomas Cromwell, alegando dificultades económicas, los bienes de Moro habían sido confiscados, sabemos que Alice Moro estaba agotando su fortuna personal para poder sostener la prisión de su marido

En las cartas de una persona está muchas veces su vida. Las cartas son escritos normalmente con un único destinatario. Las cartas no son solo la comunicación de unas noticias o de un estado de ánimo, en ellas está el poder de fascinación, de encantamiento de la palabra. En las cartas que se cruzarán Tomás Moro y su hija Margaret está ese poder de encantamiento. Las palabras amadísimo padre o queridísima hija no son fórmulas de cortesía, son la expresión de un sentimiento auténtico. Moro creó la expresión en lengua inglesa “your daughterly loving letters”, carta 22, cartas filialmente (de hija) amorosas. Cuando a Tomás Moro le falta pluma, utiliza carbón, carta 13, supongo que algún tipo de lápiz primitivo, pero no se priva de escribir a su hija, aunque sabe que las cartas serán conocidas por el resto de la familia, de ahí que diga: encomiéndame a tu estupendo Will (el marido de Margaret) y a mis otros hijos y por encima de todos a mi maravillosa esposa (…).

Hay cartas excepcionales. Las cartas en que explica la sesión del Parlamento, en que se negó a jurar el Acta de Sucesión,  que le llevó a la Torre, carta 12, no podía aceptar el juramento que se me ofrecía sin poner mi alma en peligro de condenación eterna. La carta 28, de 3 de junio de 1535, en que cuenta el juicio al que se le somete y donde de nuevo se niega al juramento, y que ocasionará su condena a muerte. Pero sobre todo la carta 18, de agosto de 1534, escrita por Margaret y dirigida a su hermanastra Alice. Carta en la que transcribe el diálogo con su padre, puesto que Margaret era la única persona autorizada para visitar a Tomás Moro en la Torre. Margaret intenta convencer a su padre de que haga el juramento y quede libre. Toda la familia, incluso ella, ha hecho el juramento y a ello no se opone su padre. La carta ha sido comparada con un dialogo platónico, pero esta vez con personas reales. La inteligente Margaret, de 29 años entonces, intenta convencerle de que además el juramento es una ley hecha por el Parlamento, pero Moro responde: ningún hombre está obligado a jurar que toda ley está bien hecha, ni tampoco está obligado, corriendo el riesgo de disgustar a Dios, a poner en práctica algún punto de la ley que fuera de verdad injusto. (…) Pero no juzgaré errónea la conciencia de otros hombres que yace escondida en sus corazones.

El 1 de Julio de 1535 Moro fue juzgado. Se negó de nuevo a jurar el Acta de Sucesión, y a contestar a todas las preguntas sobre su negativa: estoy muy seguro de que mi conciencia, tan bien formada por el cuidadoso estudio que había hecho durante tanto tiempo, era compatible con mi propia salvación. No me entrometo en las conciencias de quienes piensan de otro modo. No soy juez de nadie. El veredicto fue culpable de alta traición y condenado a muerte con el tipo de ejecución, ahorcamiento, mutilación y descuartizamiento, reservado a los traidores. Solo el día anterior a su ejecución, el 7 de julio de 1535, Enrique VIII cambió la ejecución por decapitación. La última carta de Tomás Moro, el 5 de julio de 1535 está dirigida a su hija Margaret, en ella recuerda a todos sus hijos.

Tomás Moro fue enterrado en la Torre bajo una losa sin nombre, sin embargo había preparado su epitafio, que comunica en la carta a Erasmo de Rotterdam de junio de 1533, cuando aún era un hombre libre. El epitafio es sorprendente porque dice así:

EPITAFIO

Aquí yace Joan, la amada esposa de Moro. Yo, Tomás, quiero que también sea la tumba de Alice y la mía. Una de estas mujeres, unida a mí en los años de nuestra juventud, me dio un niño y tres niñas que me llaman padre. La otra ha sido una mujer tan dedicada a sus hijastros como si fueran hijos suyos, cualidad muy rara en una madrastra. Una pasó la vida a mi lado y la otra aún vive conmigo, de tal manera que no puedo decidir cuál de las dos es más amada. ¡Qué felices hubiéramos vivido los tres si el destino y la religión lo hubieran permitido! Rezo para que la tumba y el cielo nos unan. La muerte nos dará lo que la vida no pudo.

Tomás Moro lo tuvo casi todo en la vida, el éxito, el amor, la maravillosa comunicación con su otro yo, que fue su hija Margaret. Perdió unos años de felicidad por su maldita cabezonería insobornable. Sin embargo, el gran jurista, el humanista, Lord Canciller del Reino de Inglaterra, cuyo nombre estuvo ¿estará todavía? en la Plaza Roja de Moscú como uno de los grandes revolucionarios del mundo, el santo de la Iglesia Católica, solo tuvo palabras en su epitafio para las dos mujeres a las que amó en vida como hombre.

Tomás Moro, Últimas cartas (1532 – 1535). Acantilado, junio 2010

5 pensamientos en “Un hombre para todas las horas

    • Gracias.
      El primer comentario que tiene esta entrada en casi tres años. Y una entrada que se escribió para este blog, no como las primeras, que venían de un blog desaparecido de Blogger. Y ahora que la veo, aún no había encontrado la estructura que tienen las entradas del blog: imagen, texto, música. Pero no voy a alterarla.

      Los reyes de esa época eran tiranos en general. No retrocedían en arrasar una ciudad o un territorio que se les sublevaba, o pasar como una apisonadora por leyes que conservaban los pocos derechos que existían, pero Enrique VIII lo fue especialmente… y además un serial killer.

      Lo que hace tan cercano a Tomás Moro es la modernidad de su rebelión, su individualismo y el considerar que él en el fondo, era su único juez. El libro de las cartas es una maravilla y la transcripción del diálogo con su padre de Margaret More, en la carta de 18 de agosto de 1534, excepcional.

      Es curioso que la Iglesia Católica proclamó a Tomás Moro patrón de los políticos. Teniendo como patrón a semejante hombre lo que deben hacer la mayoría es dimitir inmediatamente.

  1. Siempre trataré de comentar en tus artículos, especialmente en aquellos que más me van gustando. Y si, es cierto lo que dices con respecto a los reyes, precisamente ellos no leían a Platón o Cicerón para gobernar más sabiamente. Y no sabía eso de Moro como patrón de los políticos. Y la verdad que eso debería hacer avergonzar a nuestros políticos de ahora. Saludos. Por cierto, estaba viendo algunas de tus fotos, son muy bonitas.

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