La mascota del pintor

Scuola di San Giorgio degli Schiavoni

Scuola de San Giorgio degli Schiavoni. (Escuela Dálmata de los Santos Jorge y Trifón, Giorgio e Trifone) Venecia

Ante diem quintum Idus Iunias: Festum Iovis Pistoris, Vestalia

El domingo está cerrada. Hay que esperar al lunes llegando desde el Palazzo Grimani, callejeando entre los canales. Se llega por la fondamenta, ese extraño nombre que tienen las “aceras” que bordean los canales. O se ve la fachada entera de forma oblicua o se ve, como en la foto, con su fachada en parte tapada. Esas son las perspectivas de Venecia. En Venecia no hay calles rectas, ni avenidas. Prácticamente el único lugar en tierra con amplias perspectivas es la Piazza San Marco.

No es un edificio grande, pero los arquitectos renacentistas y barrocos sabían mucho de fachadas. La scuola tiene la misma estructura que las otras que hay en la ciudad. La reglamentación de la República era clara y no se la saltaban: una sala terrena, y otra en el primer piso con otra sala adyacente. Se abre la puerta, y sin vestíbulo, se entra directamente en la sala terrena. Sorprende lo pequeña que es, la fachada da la impresión que será más grande. Casi siempre ocurre así cuando lo que está detrás de la fachada es pequeño. Se entra en la sala oscura, casi tropezando con los bancos de madera y a la derecha, está. No lo esperaba ver tan pronto. Es de sus pinturas la que prefiero, pero también están las otras dos, las que fueron mi primer San Jorge en el arte.

Vittore Carpaccio. San Jorge y el dragón. 1502

Vittore Carpaccio. San Jorge y el dragón. 1502

Es un pintor extraño del que se sabe poco. Casi toda su obra, al menos la más importante está en Venecia. Johannes Wilde lo deja de lado en su estudio de la pintura veneciana y lo califica de pintor provinciano. Nunca tuvo la fama de los florentinos del Quattrocento, sin embargo es quizá el primer veduttista de Venecia, tres siglos antes de que pinten la ciudad Canaletto y Guardi.

Cuando se entra en la penumbra de la sala terrena de la Scuola de San Giorgio degli Schiavoni, o la Escuela Dálmata de los Santos Jorge y Trifón, se está ante una de las pocas scuole que subsisten como tales y que mantienen su sede íntegra. Las scuole eran unas instituciones específicamente venecianas, cofradías de laicos que bajo la protección de un santo patrón tenían una red de caridad, ayuda, hospitales y en el caso de extranjeros, en una ciudad que rebosaba de ellos, les proporcionaba un sentimiento de pertenencia, el sentir que no estaban solos y podrían recibir ayuda de sus compatriotas. No era esta la scuola más rica, no es comparable a las ricas y poderosas Scuole Grandi, pero logró que uno de los pintores más famosos del momento decorara su sala terrena.

Sin embargo la decoración de esta sala que dista de ser grande es heterogénea: historias de San Jorge, San Trifón, un santo niño, San Jerónimo y por último, San Agustín. Todas estas obras, unas más que otras, las había ido viendo a lo largo de los años, en libros primero, en internet después. Primero fue el San Jorge, con su armadura negra de acero pavonado, pocos tan dinámicos en el ataque del monstruo. La princesa en segundo plano a la derecha, quieta y esperando, no encadenada. Pero fue este San Jorge quien me hizo atar cabos en mis primeras lecturas casi infantiles todavía de la mitología clásica. La escena y la historia se parecían demasiado a la de Perseo y Andrómeda. La historia de San Jorge continúa después y fue mártir, pero qué poco ha interesado al arte esa parte. Para San Jorge y la princesa ya no hubo un lugar en el firmamento, el cielo estaba ya ocupado cuando llegó el cristianismo y asimiló a héroes de la mitología griega.

Pero está la pintura a la derecha de la entrada, la que más me interesaba ver. Después de la heroica lucha de San Jorge con el dragón y su muerte, después de las extrañas historias del niño Trifón, y después de los curiosos episodios no habitualmente representados de la vida de San Jerónimo. Esta rareza de la Visión de San Agustín en su estudio.

La sala terrena de la scuola no es grande, sin embargo al ver este cuadro nos hace la impresión de ver una sala mayor que la de la realidad que tenemos delante. Para ser un estudio de finales del siglo XV o principios del XVI es muy espacioso. Quizá el estudio más famoso representado en el arte sea el de San Jerónimo, especialmente el de Durero, casi coetáneo. Pero desde que tuve conocimiento de la Visión de San Agustín me fascinó tanto, que ahora que lo describo para este escrito, me doy cuenta de tantas cosas de las que hay en él que han ido colonizando o mimetizándose en mis espacios de trabajo.

Vittore Carpaccio. Visión de San Agustín 1502. Scuola di San Giorgio degli Schiavoni

¿Sería así un estudio humanista de la época? Una habitación cuadrada con techo de casetones, muy grande, con las ventanas que supuestamente iluminan en la pared derecha, justo donde está la mesa. Domina el verde relajante con toques de su complementario rojo, aunque nada de eso se sabía entonces de los colores. San Agustín era obispo de Hipona y al fondo, en la hornacina donde está el altar con el Cristo resucitado, están los símbolos de su cargo, el báculo inclinado y la mitra…, sobre la mesa del altar. Quizá el santo ha llegado con prisa de alguna ceremonia y no ha encontrado mejor sitio donde dejarlo. Es su estudio particular, su casa. Hasta un santo tiene derecho al desorden. En un espacio tan amplio hay pocos muebles: un sillón, un reclinatorio. A ambos lados del altar dos armarios, el de la derecha está cerrado, pero el de la izquierda está abierto y se puede ver un estante con un facistol y varios libros. Si yo abriera un armario parecido, también a espaldas de una de mis mesas de trabajo, serían otras cosas las que habría, la tecnología de la modernidad quiero tenerla tras una puerta. Y a lo largo de toda la pared izquierda corre un estante poco profundo con libros ¿o son carpetas? Y un estante inferior con esculturas y vasijas, y un extraño candelabro con brazo de sierra que sostiene la lámpara y que también está simétricamente en la otra pared y me recuerda vagamente los candelabros de La Bella y la Bestia en la película de Jean Cocteau. Y libros por todas partes, grandes mamotretos con cierres metálicos por el suelo, una esfera armilar y libros de partituras abiertos. No asocio a San Agustín con la música, pero el primer libro enteramente impreso de música se había publicado en 1501. San Agustín no me cae especialmente simpático, aunque le debo una de las lecturas que más me han divertido de un libro de filosofía: La Ciudad de Dios. Cada uno tiene sus perversiones.

Y esa mesa tan amplia. Uno de sus apoyos son dos ménsulas en la pared, al otro lado, un elaborado trípode metálico. Qué moderna parece en su solución. Ligera visualmente, nada pesada, con el sobre de cuero verde, sujeto por clavos decorados. Como todos los que tenemos mesas grandes éstas tienen a llenarse. Varios libros amontonados a la derecha, pero la zona de trabajo despejada, el libro abierto y la nota en el filo, el pos-it de la época. El tintero, unas tijeras. Cuántas veces no encuentro las tijeras en el desorden de libros y papeles y hay que acudir a las que están en otra habitación, que a su vez se extraviarán también. Una campana. Y si no me equivoco, la concha de un caurí. ¿Le gustaban al modelo pintado o al pintor estas curiosidades de la naturaleza? Debo decir en mi descargo que antes de conocer este cuadro, yo amontonaba, y continúo haciéndolo, cosas semejantes, pues una lucha ha sido no convertir ciertas habitaciones o muebles en un gabinete de Historia Natural.

San Agustín está sentado en un banco, también forrado de cuero verde, a la mesa, trabajando. El libro abierto, y la carta que está escribiendo a San Jerónimo, ambos son santos escritores. La mirada queda perdida y el cálamo o la pluma en el aire, la mano sobre la mesa ¿Quién no ha tenido ese gesto mientras trabaja? Mientras se persigue una idea, una palabra, la consulta que se quiere hacer. Lo más seguro ahora es que la mano quede en el aire sin tocar el teclado y los ojos no vean lo que hay en la pantalla. La luz entra por la ventana de la derecha y crea sombras en el suelo. ¿Qué es lo que ve este San Agustín hombre de mediana edad, muy lejos todavía de la vejez de San Jerónimo? Un anuncio sobrenatural, ya no tendrá que escribirle la carta pues San Jerónimo ha muerto como se ve en el telero que precede a este en la pared.

Durante años leí que el San Agustín de la Scuola de San Giorgio degli Schiavoni era un retrato del cardenal Besarión, personaje hoy quizá olvidado entre otros nombres que han saltado con más suerte a los libros de divulgación, pero que luchó por la unión de las Iglesias Católica y Ortodoxa para salvar Constantinopla. Constantinopla cayó, pero la labor de Besarión por salvar la cultura de la Grecia de la Antigüedad fue importantísima. Recogiendo todos los libros que pudo de las zonas no tomadas aún por los turcos y salvando bibliotecas. Su biblioteca fue la más importante de la época en cultura griega y al morir, la dejó a la ciudad de Venecia, la república que había herido de muerte a Constantinopla en 1204, siendo el origen de la Biblioteca Marciana. Sin Basilio Besarión, no habría sido posible el Humanismo y el Renacimiento como lo conocemos.

En esta sala terrena las identidades se confunden. El rubio San Jorge, cristianización de Perseo, un San Agustín que nunca supo griego usando la apariencia del helenista Cardenal Besarión.., o no al parecer. Besarión es el personaje de perfil con capucha, a la izquierda, en el telero de la muerte de San Jerónimo. La identificación con la que me he encontrado cuando me puse a comprobar datos para este escrito sobre el espacio de un estudio humanista, apunta a que el personaje que presta sus rasgos a San Agustín no es Besarión, sino el obispo Angelo Leontino, legado apostólico en Venecia, que en 1502 donaba a la Scuola de San Giorgio una reliquia de San Jorge y le asignaba una importante y remunerativa indulgencia.

Pero hay otro personaje en este cuadro, que no aparece en ningún otro de los teleri de la sala. El perrito blanco, sentado, atento, que mira a San Agustín. Conozco esa mirada, también en una bola blanca que espera mientras trabajo, aunque no sea un chucho sino un minino. Será educada, pero pronto será impaciente: quiero salir, juega conmigo, sabes que ya es hora de comer… Y habrá controversias sobre la identidad de San Agustín-Besarión-Leontino, pero yo sé quién es ese perrito. Es el mismo que aparece en una góndola, pintado seis años antes en El Milagro de la Santa Cruz en el Puente de Rialto, para la Scuola de San Giovanni Evangelista y que hoy está en las Gallerie dell’Accademia. Ningún estudio, ni de trabajo erudito, ni el taller de un pintor, pueden estar faltos de esa presencia animal que te baja de las alturas a la tierra. Estoy segura que Vittore Carpaccio quiso darle a su mascota la inmortalidad reservada a los santos que pintó para la Scuola.

Detalle de Milagro de la Cruz en el Puente de Rialto

Joan Ambrosio Dalza – Libro de Laúd 1508

Visión de San Agustín (detalle)

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El padre del autor de “En la forêt de Longue Attente”

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans (después de la restauración), ¿Colart de Laon? Temple graso, 56,5 x 42 cm, 1405 -07 – 1408. Madrid, Museo Nacional del Prado

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans (después de la restauración), ¿Colart de Laon? Temple graso, 56,5 x 42 cm, 1405 -07 – 1408. Madrid, Museo Nacional del Prado

Fuente de la imagen: Museo del Prado

Ante diem tertium Nonas Apriles

En los últimos tiempos me enfado bastante con el Museo del Prado. Las restauraciones, los cambios de atribución, la atribución a grandes maestros de según que cosas. Pero sobre todo las restauraciones. Y también los cambios de lugar de los cuadros y cierta ordenación caótica. Pero he de admitir que esta restauración la encuentro modélica. Y el museo de enriquece con una obra de las que tiene muy pocas, por no decir prácticamente ninguna, del gótico internacional francés.

He de admitir que me encantó verla ayer. Aunque sea pequeña merece un tiempo para disfrutarla. Pero yo tengo especial predilección por el gótico internacional y esta época como se puede ver por este blog.

No hace falta que sea yo quien cuente las cosas. Mientras El Prado mantenga los vídeos y la información, está aquí:

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans, de Colart de Laón (?), (1405-1408)

John Dunstable (c.1390 – 1453) – Agnus Dei

WordPress, continúa muy tonto con el reproductor de audio.

Ce jour de l’an voudray

Ciclo de los Meses en la Torre dell'Aquila, Castello del Buonconsiglio. Trento.

Ciclo de los Meses en la Torre dell’Aquila, Castello del Buonconsiglio. Trento.

Kalendae Ianuariae

Ciclo de los meses del Maestro Venceslao en la Torre dell’Aquila del Castello del Buonconsiglio en Trento (Italia)

Tempora cum causis Latium digesta per annum
lapsaque sub terras ortaque signa canam.

Cantaré yo los tiempos con sus causas, ordenados por el año romano,
Y las estrellas que se ven, y las que están debajo de la tierra…

Publio Ovidio Nason, Fastos.  S-I d.C. De una vieja traducción del siglo XVIII.

Un calendario para 2013. Un calendario de once meses, pues le falta marzo. Un calendario, de nuevo, del Otoño de la Edad Media.

Esta vez no habrá saltos en el tiempo, como el Calendario de las Muy Ricas Horas del Duque de Berry, que retrocedía dos o tres siglos en la música. Quiero que la música que acompañe a las imágenes del calendario trentino, sea de la misma época, siglos XIV y XV, en que se pintó.

Esperemos que pueda completarlo.

Y aunque la música de esta época es apasionadamente melancólica, hoy una canción alegre, aunque los deseos no se lleguen a cumplir.

Guillaume Dufay (1397 – 1474) – Ce jour de l’an voudray

Ce jour de l’an voudray joye mener, / Este día del año me gustaría ser causa de gozo,
Chanter, danser, et mener chiere lie, / Cantar, bailar, y estar de humor alegre,
Pour maintenir la coutume jolye / Para mantener la apariencia feliz
Que tous amants sont tenus de garder. / que todos los amantes deben guardar.

Et pour certain tant me voudray poier / Sinceramente me gustaría esforzarme
Que je puisse choisir nouvelle amie / en poder encontrar una nueva amiga
Ce jour de l’an voudray joye mener, /Este día del año quiera ser causa de gozo,
Chanter, danser, et mener chiere lie. / Cantar, bailar, y estar de humor alegre.

A laquelle je puisse presenter / A quién podría presentar
Cuer, corps et biens, sans faire despartie. /Corazón, cuerpo y bienes, todo junto.
He, dieus d’amours, syés de ma partie, / Oh, dioses del amor, estad de mi parte,
Que Fortune si ne me puist grever.  / Que Fortuna no me sea adversa.

Ce jour de l’an voudray joye mener, / Este día del año quisiera ser causa de gozo,
Chanter, danser, et mener chiere lie, Cantar, bailar, y estar de humor alegre,
Pour maintenir la coutume jolye / Para mantener la apariencia feliz
Que tous amants sont tenus de garder. / que todos los amantes deben guardar

Traducción propia.

Ven de nuevo, dulce amor…

Nicholas Hilliard. Joven apoyado en el rosal. 1588. Victoria and Albert Museum. Londres

Ante diem duodevicesimum Kalendas Iulias: Quinquatrus Minores

Anónimo – John Dowland – 1597

Come again, sweet love

Come again! sweet love doth now invite
Thy graces that refrain
To do me due delight,
To see, to hear, to touch, to kiss, to die,
With thee again in sweetest sympathy.
Ven de nuevo, dulce amor, ahora invito
a tus gracias que se abstienen
de causarme deleite,
a ver, escuchar, tocar, besar, morir,
contigo en la más dulce simpatía.
Come again! that I may cease to mourn
Through thy unkind disdain;
For now left and forlorn
I sit, I sigh, I weep, I faint, I die
In deadly pain and endless misery.
Ven de nuevo, así puedo dejar de llorar,
por tu cruel desdén.
Ahora me siento abandonado y triste
Me siento, suspiro, lloro, me desmayo, muero,
en el dolor mortal y la miseria sin fin.
All the day the sun that lends me shine
By frowns doth cause me pine
And feeds me with delay;
Her smiles, my springs that makes my joy to grow,
Her frowns the winter of my woe.
Todo el día el sol que me da brillo,
frunce el ceño haciéndome penar
Y me alienta con demora;
Su sonrisa, el manantial que hace crecer mi alegría,
su ceño fruncido el invierno de mi aflicción.
All the night my sleeps are full of dreams,
My eyes are full of streams.
My heart takes no delight
To see the fruits and joys that some do find
And mark the stormes are me assign’d.
Todas las noches mi dormir está lleno de sueños,
mis ojos plenos de arroyos,
mi corazón sin deleite,
para ver los frutos y la alegría que otros hallan,
y muestran las tormentas que se me han asignado.
But alas, my faith is ever true,
Yet will she never rue
Nor yield me any grace;
Her Eyes of fire, her heart of flint is made,
Whom tears nor truth may once invade.
Pero, ay, mi fe es siempre verdadera,
aunque nunca se lamenta
tampoco me dio gracia alguna;
sus ojos de fuego, su corazón hecho de piedra,
cuyas lágrimas ni la verdad pueden invadir.
Gentle Love, draw forth thy wounding dart,
Thou canst not pierce her heart;
For I, that do approve
By sighs and tears more hot than are thy shafts
Do tempt while she for triumphs laughs.
Tierno amor, arranca tu dardo hiriente,
porque no puedo perforar su corazón;
yo, que me empeño
con suspiros y lágrimas más calientes que tu flecha
lo intento mientras ella ríe triunfante.

Tema y variaciones.

Nunca dejamos de pintar el mismo cuadro y de cantar la misma canción.

Traducción procedente de Wikipedia.

La callada vida de las cosas

Juan Sánchez Cotán. Bodegón con membrillo, col, melón y pepino. c.1600, Museum of Art, San Diego.

Kalendae Maiae: Bona Dea, Laralia, Ludi Florales

Mucho tiempo llevaba viendo estos cuadros, estas representaciones de las cosas cuando un día, en el Rijksmuseum de Amsterdam, me encontré con la palabra única, preciosa, certera, por la que como tantas cosas quizá había pasado sin darme cuenta: stilleben…, vida quieta, vida silenciosa, pintura del silencio.

Estas pinturas que eran consideradas lo más bajo de lo géneros pictóricos eran apreciadas por los más exquisitos coleccionistas de arte. Eran el alivio entre tanta pintura religiosa, entre tanta escena grandilocuente, eran el oasis artístico que se podía llevar al hogar, para decorar las austeras habitaciones.

Silencio, pero… ¿hay silencio en el barroco? ¿O todo es concepto, trampa, adivinanza, alegoría y juego de la mente? ¿Pintaba Sanchéz Cotán, pintor convertido en cartujo el alimento de los pobres o hacía una ofrenda a la Virgen María? Eso es lo que él dijo al profesar en la Cartuja, orden del silencio. Era famoso pintor de bodegones antes de la fecha de la cesta de frutas de Caravaggio… Pintar la realidad, humilde, silenciosa, alimentos sencillos, ofrendas de la tierra, pero…, lo que vemos… ¿Son un membrillo, una col, un melón y un pepino? ¿O es una curva parabólica en el eje de ordenadas y abscisas que forma el marco de la ventana u hornacina? Realismo naturalista, ofrenda a la Virgen u homenaje a las proporciones y armonía neoplátonicas…

Silencio.

Diego Ortiz – Recercada quinta sobre el Passamezzo Antiguo

Este blog permanecerá silencioso durante un tiempo. Comienzan seis semanas de arduos trabajos que no me permitirán la calma de un breve escrito.

Volveremos a vernos más allá de las kalendas de junio.

Entre el Pantheon y Piazza Navona, tres días ha…

Órgano de la Iglesia de Santa María Magdalena, 1736. Roma

Ante diem septimum decimum Kalendas Maias: Fordicidia, Ludi Ceriales

Espera, detente un poco, no tengas prisa, hay tiempo. Al lugar donde vas tendrás que esperar y lo sabes, además no te gusta especialmente. Sé de donde vienes, desde que visitas esta ciudad has pasado por aquí decenas de veces y algunas de ellas, como ahora, vas con tu bolsa de precioso papel. Pasas por esta calle no porque te dirijas a la colonia de leones marinos como la llamas, donde se dirigen casi todos los que han estado en el Pantheon. No, pasas por esta calle para comprobar en la otra tienda que no te has dejado nada importante hasta tu próxima visita.

Muchas de esas veces no has mirado, pero otras sí. Ahora te pido que te detengas y mires de nuevo, pero con una mirada diferente. Sé, que aunque no hayas mirado con mucho detenimiento, nunca has dicho una palabra, una expresión despectiva, como hacen tantos del país de donde eres.

Vamos, párate un momento. La tarde empieza tener una luz rosada, pero es una luz buena. ¿Ves? Te has parado a mirar, has sacado tu cámara y otros se han parado también, se preguntan qué miras, qué es lo que te ha llamado la atención, te observan…, pero empiezas a mirar despacio, como no las hecho las otras veces, ahora no vas a pasar de largo. Entra unos minutos, entra y siéntate. Tus pies están cansados, te duelen por las largas caminatas en esta ciudad pétrea. Mis pies siempre estuvieron cansados, mis ropas fueron pobres y no tuvieron color, pero yo entraba aquí y en otras, y todo lo feo, lo duro y lo terrible desaparecía por un tiempo. Nunca quise austeridad porque mi vida siempre fue no austera, sino pobre y durísima. No, nunca quise que me hablaran de austeridad quienes tenían calor en sus casas y no tenían las manos llenas de callos y los pies desnudos. ¿Lo comprendes? Sí, lo comprendes ahora que te has sentado y miras y escuchas.

Escribiendo en la niebla

Ante diem septimum Kalendas Apriles: Hilaria

En el día de ayer, desde que este blog salió de su primer alojamiento, en septiembre de 2010, ha alcanzado y superado ya las diez mil visitas. Parecerá poco pero dado los escritos que hay en él me parece un éxito. Tres entradas: Infandum regina iubes renovare dolorem, Leçon de Ténèbres, y Sembrar el viento, cosechar el huracán, son las más visitadas, aunque no sé si leídas. También las del Calendario de las Muy Ricas Horas del Duque de Berry, tienen bastantes visitantes. Las búsquedas de las imágenes o de los poemas de los trovadores traducidos los hacen llegar a ellas.

Desde hace dos semanas WordPress pone en el escritorio del administrador un mapa con el origen de los visitantes, también una estadística sobre lo mismo. Así me he dado cuenta que tengo casi tantos lectores en Colombia como en España, de donde son más o menos la mitad de los visitantes. Que los demás se reparten en diferentes países de América, bien sé quien es uno de Chile, y que todos los días hay dos o tres visitantes de Estados Unidos. Aunque no deja de haber algún visitante realmente “exótico”: Islandia, Polonia, Lituania o Bangla Desh.

Pues en unos días que no son los mejores, me alegra haber llegado hasta aquí, porque esto comenzó como un juego que creí que no tendría ninguna continuidad. Así que quiero celebrarlo con la música de uno de mis géneros musicales preferidos: el madrigal.

Pero advierto que es un madrigal un poco especial, lo oí hace un montón de años por la radio y lo encontré hace unos días en Youtube. Es genial pero…, diferente, que no todo tiene que ser Orlando di Lassus, Gesulado ni Monteverdi.

La paloma miró a través de la verja de la ventana…

Bingen, un lejano día de agosto

Idus Martiae: Festum Annae Perennae, Attis

El barco, la barcaza más bien, pues solo en que carga pasajeros y navega en zigzag entre una y otra orilla, se distingue de las que con bandera belga, holandesa o alemana siguen imperturbables aguas arriba o aguas bajo. Porque me entero de algo que no sabía, aunque tantas veces haya estudiado la historia dramática de esta zona de Europa: que estas aguas son aguas internacionales. El barco ha llegado con más de una hora de retraso al embarcadero de Sankt Goar y no solo eso, imperdonable en este país de puntualidad y eficiencia, sino que en ese embarcadero vamos a subir los pasajeros que estaban destinados al barco que no ha llegado. Sí, la barcaza está atestada de gente, lleva el doble del pasaje que debería y solo con suerte he podido encontrar una silla de resina libre, en la popa, a pleno sol de agosto. Una vez sentada ya no me puedo mover, no por perder el asiento en las dos horas que va durar el viaje hasta bajar en Rüdesheim, sino porque en este cascarón plano casi no se puede caminar.

La mañana de agosto es tan radiante como las mediterráneas. En las orillas el verde intenso de los viñedos, la zona vinícola más septentrional del mundo, a la misma latitud de Terranova. Pronto el río se estrechará en su tramo más peligroso y aparecerá la roca de Loreley, la que todos estamos esperando ver. Y de pronto, la megafonía en un alemán gangoso anuncia la primera parada, la barcaza se acerca al embarcadero, estará unos minutos apenas, mientras bajan y suben pasajeros. Es un embarcadero como otro, no hay nada especial ni en él ni en la pequeña ciudad, solo su nombre.

Ese nombre ya siempre asociado a ella lo leí hace ya mucho tiempo, cuando Adrian Leverkühn en su celda-habitación bávara lee para componer una de sus obras de inspiración medieval. Luego fue un nombre entre muchos nombres y no considerado el más importante en un manual de Historia Medieval en mi segundo curso universitario, una cita erudita que no parecía conducir a nada. Pero ahí estaba su nombre, un tenue hilo por el que tirar, por el que ya se empezaba a tirar desde hacía unos años, hasta que una noche no sólo era un nombre de una remota escritora sino que la música de uno de los himnos que compuso tenía voz y presencia.

La barcaza se separa de la orilla, muy pronto aparecerá la Loreley, pero miro a través de los edificios, de las casas, intentando ver algún resto de su mundo. Ella miró miles de veces estas orillas, debió vivir en los veranos de su larga vida días de sol como este, pero desde que caminó y cruzó el río, más de ochocientas veces ha pasado el sol por estas tierras, más de ochocientas veces se realizó la vendimia, cayeron las hojas, vinieron las nieves. Su monasterio, el que fundó para ser libre y por el que se puso en huelga para conseguirlo tampoco existe, destruido por las tropas suecas en la Guerra de los Treinta Años. Un tiempo ya tan remoto como el tiempo en que ella vivió, un tiempo mítico y extraño, unido al nuestro por una frágil cadena cuyos eslabones están a punto de romperse.

Contemporánea de Bernardo de Claraval, de Abelardo, de Eloísa, de Leonor de Aquitania, de los trovadores. Décima hija de una familia noble pero no de las de mayor rango, niña extraña y probablemente conflictiva, mejor alejarla junto a la noble Jutta al monasterio fundado por uno de esos monjes irlandeses que salvaron la civilización clásica. La dote del monasterio es más barata, no hay que buscar marido de acuerdo con el rango, no habrá molesta descendencia y sobre todo sus rarezas estarán vigiladas. Sin embargo su padres tuvieron la intuición de llamarla jardín de la sabiduría.

¿Cuántas veces miraría a través de los barrotes de la ventana de aquel monasterio dúplice? El tiempo pasaba y el monasterio femenino crecía. Durante años estuvo silenciosa, leyendo, devorando. De todas sus obras, de sus escritos que abarcan desde la mística a la medicina no habla de sus fuentes, privilegio de su época. Se llamaba a sí misma paupercula feminea forma, pero vivió hasta los ochenta y tres años en una época en que el fin de la juventud era normalmente el final de la vida. Y su vida activa, auténtica, comenzó cuando muchas vidas entonces acababan o habían acabado ya. A los cuarenta y dos años ya no podía callar, ya no podía mirar solo a través de las celosías de piedra de las ventanas, necesitaba salir y volar, mirar directamente al sol como el águila. Muchas veces aludió a su mala salud, sufría de escotoma centelleante, y de ahí salió el acompañamiento de sus visiones. Visiones en la que siempre insistió estar lúcida. Las miniaturas de sus libros recuerdan ese mal del que salió un arte único.

Cuando recibió el visto bueno de Bernardo de Claraval, de Eugenio III, del Concilio de Tréveris, no dejó de escribir, quizá en un latín no muy correcto, una obra tan inmensa y variada como la de Avicena, siendo además, poetisa y compositora, uno de los primeros nombres conocidos separados del océano de obras anónimas. Era obstinada y mandona, organizó la vida de su monasterio de manera diferente a otros, sufrió la excomunión antes que someterse y se sirvió de sus visiones, de su título de profetisa para enfrentarse con coraje a ese mundo medieval masculino que le dio permiso para levantar su voz; bastaba que dijera “la luz viva me ha dicho”, y el Papa y Federico Barbarroja podían echarse a temblar.

La llamaron santa poco después de su muerte y se inició el proceso, pero fue olvidado pronto, aunque en la tierra que vivió siempre se la ha considerado santa. La Iglesia nunca ha resuelto el asunto. Era una mujer incómoda, demasiado inteligente, demasiado entrometida. Un siglo después de su muerte, la clausura de los monasterios femeninos que siempre fueron minoría en la Edad Media fue blindada. Ella no habría podido existir entonces, su voz, probablemente habría sido callada o algo peor. Pero en el tiempo que le tocó vivir, en ese primer renacimiento del siglo XII, contemporánea de Eloísa y de Leonor, con su comunidad de monjas que usaban velos de seda y coronas, sus libros de historia, de medicina, de lenguas y de mística, con sus composiciones musicales, sus viajes, y la amistad con Volmar y Guibert de Gembloux que se saltó todas las reglas de la vida monástica viajando desde Flandes para estar junto a ella y ser su último secretario, Hildegarda de Bingen tuvo una vida más feliz y plena que ellas.  

Symphonia armonie celestium revelacionum (1140 – 1150)

Columba aspexit – Himno a San Maximino

Columba aspexit / Una paloma miraba
per cancellos fenestrae / a través de los barrotes de la ventana
ubi ante faciem eius / cuando ante su rostro
sudando sudavit balsamum / destilando destiló el bálsamo
de lucido Maximino. / del luminoso Maximino.

Calor solis exarsit / El calor del sol brotó
et in tenebras resplenduit / y resplandeció en las tinieblas,
unde gemma surrexit /de allí se alzó una piedra preciosa
in edificatione templi / en la construcción del templo
purissimi cor dis benivoli. / del más puro corazón benevolente.

Iste turris excelsa, / él una elevada torre,
de ligno Libani et cipresso facta, / hecha de madera de Líbano y ciprés,
iacincto et sardio ornata est, / ha sido adornada de jacinto y rubí,
urbs precellens artes / ciudad que sobresale en las obras
aliorum artificum. / de otros artífices.

Ipse velox cervus cucurrit / Él mismo, veloz ciervo,
ad fontem purissime aque / corrió hacia una fuente de la más pura agua
fluentis de fortissimo lapide / que fluía desde la piedra más sólida
qui dulcia aromata irrigavit. / y que esparcía dulces aromas.

O pigmentari / ¡Perfumistas!
qui estis in suavissima viriditate / que estáis en el más grato verdor
hortorum regis, / de los jardines del rey,
ascendentes in altum / que ascendéis a lo alto
quando sanctum sacrificium / cuando cumplisteis el santo sacrificio
in arietibus perfecistis. / en los carneros.

Inter vos fulget hic artifex, / Entre vosotros brilla el artífice
paries templi, / muros del templo,
qui desideravit alas aquile / que anheló las alas del águila
osculando nutricem Sapientiam / al besar la nutricia sabiduría
in gloriosa fecunditate Ecclesie. / en la gloriosa fecundidad de la Iglesia.

O Maximine, / ¡Maximino!
mons et vallis es, / eres monte y valle
et in utroque alta edificatio appares, / y en uno y otro lado apareces como un alto edificio
ubi capricornus cum elephante exivit, / donde se alzó el capricornio con el elefante
et Sapientia in deliciis fuit. / y la Sabiduría estuvo en gran goce.

Tu es fortis / Tú eres fuerte y suave
et suavis in cerimoniis / en las ceremonias
et in choruscatiane altaris, / y en el resplandor del altar
ascendens ut fumus aromatum / ascendiendo como humo de especias
ad columpnam laudis. / hacia la columna de alabanza.

Ubi intercedis pro populo / allí intercedes por los pueblos
qui tendit ad speculum lucis, / que tienden hacia el espejo de la luz,
cui laus est in altis. / para que éste haya alabanza en lo alto.

Traducción procedente de Hildegard de Bingen, Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Trotta 2003.

Hildegard von Bingen. Scivias, Sexto día de la Creación.

Casi toda la obra de Hildegarda de Bingen se puede leer traducida aquí.

Continuará…

Códice Vaticano Latino 4922. Roma

Belleza

Ante diem quartum Idus Martias

La Beauté

Charles Baudelaire, Les Fleurs du mal (1857)

Je suis belle, ô mortels, comme un rêve de pierre,
Et mon sein, où chacun s’est meurtri tour à tour,
Est fait pour inspirer au poète un amour
Éternel et muet ainsi que la matière.

Je trône dans l’azur comme un sphinx incompris;
J’unis un cœur de neige à la blancheur des cygnes;
Je hais le mouvement qui déplace les lignes,
Et jamais je ne pleure et jamais je ne ris.

Les poètes devant mes grandes attitudes,
Qu’on dirait que j’emprunte aux plus fiers monuments,
Consumeront leurs jours en d’austères études;

Car j’ai pour fasciner ces dociles amants
De purs miroirs qui font les étoiles plus belles:
Mes yeux, mes larges yeux aux clartés éternelles!

La Belleza

Soy Bella, oh mortales, como un sueño de piedra,
Y mi pecho, donde todos, se hieren a su vez,
Está hecho para inspirar un amor al poeta
Eterno y silencioso igual que la materia.

Reino en el azul, como una esfinge incomprendida;
Uno a la blancura del cisne un corazón de nieve;
Detesto el movimiento que desplaza las líneas.
Y jamás lloro y jamás río.

Los poetas, delante de mis gestos altivos,
Que parecen copiados de nobles monumentos,
Consumirán sus días en austeros estudios;

Pues tengo, para fascinar a esos dóciles amantes,
Puros espejos que hacen más bellas las cosas:
¡Mis ojos, mis grandes ojos de fulgores eternos!

 

Asomada ante el abismo que se abre a mi vértigo

El Infinito de Giacomo Leopardi

Sempre caro mi fu quest’ermo colle
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedento e mirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiette
Io nel pensier mi fingo; ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Cosí tra questa
Inmensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.
Siempre caro me fue este yermo cerro
y este seto, que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Más sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y una quietud hondísima
en mi mente imagino. Tanta, que casi
el corazón se estremece. Y como oigo
el viento susurrar en la espesura,
voy comparado este infinito silencio
con esta voz. Y me acuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y de su música. Así, que entre esta
inmensidad, mi pensamiento anego,
y naufragar me es dulce en este mar.

Naufragar en el silencio y en la música.

Giacomo Leopardi, Cantos. Pensamientos. Traducción de Antonio Colinas. Galaxia Gutenberg 2006.

Ludwig van Beethoven, Cuarteto nº 13 en Si bemol mayor, Op. 130, 5º movimiento, Cavatina, Adaggio Molto Espressivo.