Conde Claros, Conde Claros, el señor de Montalván…

Portada del Libro de los Cincuenta Romances (c. 1525), primera colección de romances conocida.

Ante diem sextum decimum Kalendas Octobres: Ludi Romani

Nos gustan las viejas historias, las que se repiten una y otra vez, las que tienen varias versiones, las que no cansan nunca porque tratan de los temas que siempre están ahí que forman parte de la vida. Joseph Bédier comenzó su historia recopilación de Tristán e Isolda con esta pregunta: “¿Queréis oír, señores, si os place, un bello cuento de amor y de muerte?” Sí, nos placen las historias de amor, de muerte, de superación, de viajes interminables, de derrotas y victorias, de traición y venganzas.

Alrededor de la hoguera, bajo las estrellas, hace miles de años, comenzaron a tejerse y entrelazarse las palabras de cuentos, de historias, con unos temas, con unas tramas que se repetían. Solo los cambios culturales les fueron dando un ropaje que las hacía diferentes, pero eran las mismas. Y para que esas historias fueran reconocibles, para que quedaran en la memoria en todo el tiempo que no hubo escritura o que la escritura fue una excepción para la mayoría, necesitaron del verso y la música. Versos sencillos y melodías sencillas reconocibles por todos, desde el palacio hasta la cabaña campesina.

Esta es la historia de una historia que se desarrolla en un romance y de una melodía glosada en el Renacimiento y como con el tiempo, acabé uniéndolas.

Hace mucho mucho tiempo…, me regalaron tres libros. Aún los tengo, han sobrevivido a mudanzas y cosas peores. Están entre los más antiguos de mi biblioteca, trepan por las estanterías altas, junto a los libros de Tolkien y Terence H. White, situados en el limbo de los libros que no conviene volver a leer. Uno de esos tres libros es una antología de romances. Están agrupados por temas y completos, sin censurar, vertidos a castellano moderno. Fueron mi primer contacto con ese tipo de poesía en libro independiente, no en libro de texto. Bastante tiempo después, buscando siempre versiones diferentes, me encontré con una edición moderna de la Flor Nueva de Romances Viejos, de Ramón Menéndez Pidal y comprobé que los romances de mi libro eran los mismos, pero no estaban todos. Yo ya sabía que no estaban, hacía años que en las ferias de libro de ocasión había comprado antologías de romances. Para empezar es imposible que estén todos…, y además hay diversas versiones. Lo que ocurre es que mi libro, dirigido a un público todavía infantil, no podía tener ciertos romances viejos.

Para la época en que ya buscaba entre otros libros diversas versiones y recopilaciones de romances también escuchaba ya música antigua, música del Renacimiento y empecé a encontrarme con las glosas, diferencias y variaciones sobre una melodía. La primera que me llamo la atención y escuché mucho antes las diferencias fue la famosa Guárdame las vacas o La Romanesca. Cuando una escucha la canción original se queda un poco atónita de la tontuna de la letra y que algo así tuviera la atención de los mejores compositores de música instrumental.

Las vacas fueron especialmente famosas, pero había otra melodía que fue muy famosa y recibió mucha atención de los  compositores para vihuela y así nos encontramos con esto:

Luis de Narváez. Los seys libros del Delphin de música, 1538. Veynte y dos diferencias de Conde Claros:

Y con esto:

Alonso Mudarra (c. 1510-1580) Tres libros de música en cifras para vihuela, 1546. Conde Claros en doze maneras:

Para cuando estos discos llegaron a mis manos yo ya sabía que era de eso de Conde Claros. Una de mis recopilaciones de romances, comprada como no podía ser menos en ferias de ocasión lo tiene…, pero qué decepción cuando lo leí. El Conde Claros es probablemente el romance más largo y prolijo de todo el romancero viejo. El romance que se salta a las claras aquello de que hablan los especialistas, empezando por D. Ramón, del “callar a tiempo” y que desde luego se salta, pero eso se lo saltan muchos, la pretendida “pureza” de los temas del romancero, algo que en lo que insistía especialmente D. Ramón Menéndez Pidal, que no sé donde tendría los ojos a veces.

Los romances son poemas narrativos en muchas estrofas. Las estrofas son cuartetos de versos de rima asonante en los pares, con una melodía que repite cuantas veces sea de largo el romance. Si el romance es muy largo el aburrimiento musical está servido pero…, las melodías de los romances son sencillas y fueron muy populares y tienen una característica: la melodía que sirve para un romance suele servir para otro, hay una melodía de un romance viejo que se transformó en otra canción en los yacimientos auríferos de California en los años cuarenta del siglo XIX.

El Conde Claros con toda su prolijidad de contarlo todo, cuenta la misma historia que el romance de Gerineldo. Este romance mucho más conciso sí que cumple el “callar a tiempo”. La historia de Gerineldo es una historia que hay que comprender desde las premisas del amor cortés: Gerineldo, paje del rey ama a la infanta hija del rey, es un hombre de nivel social inferior al de la dama, aunque sea noble, la dama, esta vez no casada, tiene el nivel más alto es una princesa. Pero la dama, también ama a Gerineldo, como él no se atreve le dice:

Gerineldo, Gerineldo,
paje del rey más querido,
quien te tuviera esta noche
en mi jardín florecido.

Pongamos que se refiere a un jardín… Gerineldo y la infanta pasan la noche juntos. Son descubiertos por el rey, padre de la dama que coloca una espada entre ellos…, símbolo de respeto a una virginidad que ha desaparecido alegremente. La vida de Gerineldo peligra, pero la infanta, a la que no le quedó más remedio que tomar la iniciativa, le salva la vida. La vida para vivirla compartida.

Y esta es también la historia del Conde Claros, uno de los doce pares, un gran señor feudal al que hay que prender con muchos hombres, porque todas las campesinas de su señorío podrían estar a su disposición pero no la hija del rey…

Y tuvo que llegar en 2005 el centenario de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha para que el Conde Claros dejara de ser una melodía en las diferencias de Luis de Nárvaez y Alonso Mudarra.

Señores, en la aldea y el palacio, en el descanso de la siega y en la fiesta cortesana ¿Queréis oír un bello cuento de amor y peligro de muerte? Está aquí:

El Romance del Conde Claros de Montalván

Media noche era por filo,
los gallos querían cantar,
conde Claros con amores
no podía reposar;

dando muy grandes sospiros
que el amor le hacía dar,
por amor de Claraniña
no le deja sosegar.

Cuando vino la mañana
que quería alborear,
salto diera de la cama
que parece un gavilán.

Tráele un rico caballo
que en la corte no hay su par,
que la silla con el freno
bien valía una ciudad,

y vase para el palacio
para el palacio real.
A la infanta Claraniña
allí la fuera hallar.

-Conde Claros, conde Claros,
el señor de Montalván,
¡cómo habéis hermoso cuerpo
para con moros lidiar!

-Mi cuerpo tengo, señora,
para con damas holgar:
si yo os tuviese esta noche,
señora a mi mandar.

-Calledes, conde, calledes,
y no os queráis alabar:
el que quiere servir damas
así lo suele hablar.

-Siete años son pasados
que os empecé de amar,
que de noche yo no duermo,
ni de día puedo holgar.

Tomárala por la mano,
para un vergel se van;
a la sombra de un aciprés,
debajo de un rosal,

de la cintura arriba
tan dulces besos se dan,
de la cintura abajo
como hombre y mujer se han.

Por ahí pasó un cazador,
que no había de pasar,
vido estar al conde Claros
con la infanta a bel holgar.

El cazador sin ventura
vase por los palacios
a do el buen rey está.
-Una nueva yo te traigo.

El rey con muy grande enojo
mandó armar quinientos hombres
para que prendan al conde
y le hayan de tomar.

Metiéronle en una torre
de muy gran escuridad:
las esposas a las manos,
que era dolor de mirar.

Todos dicen a una voz
que lo hayan de degollar,
y así la sentencia dada
el buen rey la fue a firmar.

La infanta que esto oyera
en tierra muerta se cae,
damas, dueñas y doncellas
no la pueden retornar.

-Mas suplico a vuestra Alteza
que se quiera consejar,
que los reyes con furor
no deben de sentenciar.

El buen rey que esto oyera
comenzara a demandar:
El consejo que le dieron,
que le haya de perdonar.

Todos firman el perdón,
ya lo mandan desferrar.
Los enojos y pesares
en placer hubieron de tornar.

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Breve episodio dantesco

William Blake, The Lovers’ Whirlwind, Francesca da Rimini and Paolo Malatesta, Birmingham Museum Art and Gallery

Ante diem tertium Nonas Augustas: Supplicia canum

Ma s’a conoscer la prima radice / Pero si conocer la primera raíz
del nostro amor tu hai cotanto affetto, / de nuestro amor deseas tanto,
dirò come colui che piange e dice. / haré como el que llora y habla.

Noi leggiavamo un giorno per diletto / Por entretenernos leíamos un día
di Lancialotto come amor lo strinse; / de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
soli eravamo e sanza alcun sospetto. / estábamos solos, y sin sospecha alguna.

Per più fïate li occhi ci sospinse / Muchas veces los ojos túvonos suspensos
quella lettura, e scolorocci il viso; / la lectura, y descolorido el rostro:
ma solo un punto fu quel che ci vinse. / mas sólo un punto nos dejó vencidos.

Quando leggemmo il disïato riso / Cuando leímos que la deseada risa
esser basciato da cotanto amante, / besada fue por tal amante,
questi, che mai da me non fia diviso, / este que nunca de mí se había apartado

la bocca mi basciò tutto tremante. / temblando entero me besó en la boca:
Galeotto fu ’l libro e chi lo scrisse: / el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
quel giorno più non vi leggemmo avante”. / y desde entonces no más ya no leímos.

Mentre che l’uno spirto questo disse, / Mientras el espíritu estas cosas decía
l’altro piangëa; sì che di pietade / el otro lloraba tanto que de piedad
io venni men così com’io morisse. / yo vine a menos como si muriera;

E caddi come corpo morto cade. / y caí como un cuerpo muerto cae.

No vino. Esperaba que viniera, pero la Divina Comedia es su obra inacabada. En los lejanos días que se esconden en la memoria, William Blake y Dante Alighieri van juntos. Antes, mucho antes, ya había entrevisto a uno y otro. Pero fueron mis días de estudiante los que los unieron. A lo que está escrito es posible llegar, pero tarde, muy tarde, he llegado a ver una obra original de Blake, hace menos de tres semanas.

Al tiempo que yo descubría a este artista visionario leía por primera al poeta florentino. De él supe antes, porque el sistema educativo no consideraba pernicioso el saber, y la primera vez que leí el nombre de Dante, sólo una cita en un tema que después pondría algunos textos de Garcilaso de la Vega tenía once años. Pero antes de leerlo se cruzó en mi camino otro escritor, esta vez en mi lengua aunque de ella dijera unas cuantas estupideces.

Jorge Luis Borges tiene un ensayo sobre la Divina Comedia, no uno sino nueve. Nueve ensayos dantescos, un hermoso escrito, para introducirse en la obra selvática de Dante. Leía la Divina Comedia en el autobús cuando iba a la lejana biblioteca bonaerense que era su puesto trabajo. Como él, mucho más cercano mi puesto de trabajo, que compaginaba con los estudios, también yo leía esta obra de Borges en el autobús. A partir de ahí ya solo quise leerla. Pero que difícil encontrar una edición bilingüe, que difícil que tengan en cuenta tus peticiones, casi adolescente, en una pequeña ciudad que sólo tenía y tiene cuatro librerías. Que extrañeza causa esta obra, tan citada, tan recreada por el arte, tan poco leída. Hace pocos años fui testigo de la cara de estupor de la cajera de la Feltrinelli de Alberto Sordi en Roma cuando compraba la caja de doce CDs que contenía el recitado completo de la Divina Comedia. Porque ahora, ya no viene sola la lectura sino acompañada de la voz.

Borges me llevó definitivamente hasta Dante, y del ensayo de Borges recuerdo especialmente dos cosas, aunque cite de memoria y nunca haya vuelto sobre esta obra. Decía Borges, creo que citando a alguien, que Dante escribió la Divina Comedia para poder tener algunos encuentros con Beatriz Portinari. Que Beatriz lo fue todo en la vida de Dante y Dante contó muy poco, si no nada, en la vida de Beatriz. Que Dante al encontrarse con Paolo y Francesca en el Infierno, en el Canto V, en el círculo de los lujuriosos, veía a estos amantes con envidia.

Hay un verso clave: questi, che mai da me non fia diviso / éste del que nunca seré separada. Sí es un hermoso verso, pero los años me han enseñado que esto no fue probablemente como lo escribe Borges. La amada ideal es la amada ausente o lejana. La amada perfecta es la amada muerta. Beatrice Folco di Portinari muerta a los veinticinco años de sobreparto, Laura de Noves muerta a los treinta y ocho en la gran epidemia de la Peste Negra, abandonada por todos, por su marido y por Petrarca que huyeron despavoridos. Nunca más serían las mujeres reales de carne y hueso, que envejecerían, con las que habría que tratar día a día. Son perfectas, únicas, ideales, como tantas más que les siguieron.

William Blake el poeta y artista visionario tuvo un desengaño amoroso y encontró un día a una joven, analfabeta, hija de un verdulero, Catherine Boucher. Le contó la historia de su desengaño y le preguntó si le daba lástima. Ella contestó que sí y el de dijo: “entonces, te quiero”. William Blake y Catherine Boucher se casaron en 1782 con gran disgusto de los padres de William. Este enseñó a leer y escribir a su esposa y las técnicas de grabado. Catherine fue la colaboradora y coautora de los grabados de William Blake. Hubo problemas como no puede ser menos en la vida, pero William Blake no se puso a cantar a una amada perfecta sino que vivió con una real. Cuando en 1827 Blake murió, tras cuarenta y cinco años de matrimonio, William y Catherine solo habían estado separados en ese tiempo cinco semanas.

Traducción de los versos de la Divina Comedia procedente de Wikisource.

Ständchen

Ante diem tertium decimum Kalendas Iunias

Un lied, una canción, menos triste, más adecuada para despedir al maestro. Una grabación de 1951, de las primeras que realizó. La habré escuchado más de mil veces. En esta o en otras grabaciones posteriores, también por otros cantantes.

Está en el último ciclo de lieder de Franz Schubert: Schwanengesang, D.957

Pongo el enlace a Kareol, es la canción número 4. Hoy es un día en que no tengo tiempo de hacer una bonita entrada con la letra y su traducción al lado.

La estrella vespertina se apagó para ti

Ante diem quintum decimum Kalendas Iunias

Hoy se ha marchado para siempre Dietrich Fischer-Dieskau. Había nacido en 1925 y es verdad que era muy mayor y llevaba tiempo retirado, pero estaba ahí todavía, era una prueba de un tiempo que existió, de un tiempo compartido.

Dietrich Fischer-Dieskau fue el cantante que me descubrió el lied alemán de Schubert a Mahler. Fue el primer cantante del que me compré un disco, Lieder de Gustav Mahler, los Kindertotenlieder Lieder eines fahrenden Gesellen, unas grabaciones antiguas de los años 50. Pero no fue ni con Mahler ni con Schubert como lo descubrí, sino en la grabación de Carmina Burana de Carl Orff dirigida por Eugen Jochum, que mi profesor de latín, un profesor de esos que abren los caminos que luego recorreremos solos, trajo un día a una clase de 3º de BUP. Ese fue uno de los primeros discos de música clásica que compré, aquella grabación de una obra que hoy no me gusta especialmente, pero que fascinó a aquella adolescente que yo era. Allí estaba Dietrich Fischer-Dieskau cantando Estuans interius, ardiendo interiormente, una declaración de rebeldía medieval… Me enamoré de su voz y comencé a buscarlo y oirlo en Radio Clásica. Muy pronto llegaron los lieder de Mahler y Schubert y luego otras obras. Es cierto, que luego descubrí otras voces de su cuerda de barítono y me gustaron más, pero debo recordar con agradecimiento a quien me abrió las puertas de un mundo, porque fue todo un mundo lo que a partir de escuchar a Dietrich Fischer-Dieskau, insuperable en el lied, en el que me adentré a partir de entonces: fue el romanticismo alemán, musical, literario, pictórico. A los dieciséis años, en un aula, lo oía cantar en latín los Carmina Burana modernos…, a los diecinueve, un verano, estaba leyendo Fausto de Goethe.

Como ocurrió con Monserrat Figueras, que se fue demasiado pronto, también los discos en los que canta Dietrich Fischer-Dieskau ocupan muchos centimetros de estanteria en mi casa, pero hoy estoy un poco más sola.

 La letra de este terrible lied de Winterreise de Franz Schubert está en esta entrada del año pasado.

Y aquí cantando O du, mein holder Abendstern como Wolfram en el tercer acto de Tannhäuser de Richard Wagner. La grabación es en vivo, de 1949, cuando tenía veinticuatro años.

Letra en Kareol.

Escribiendo en la niebla

Ante diem septimum Kalendas Apriles: Hilaria

En el día de ayer, desde que este blog salió de su primer alojamiento, en septiembre de 2010, ha alcanzado y superado ya las diez mil visitas. Parecerá poco pero dado los escritos que hay en él me parece un éxito. Tres entradas: Infandum regina iubes renovare dolorem, Leçon de Ténèbres, y Sembrar el viento, cosechar el huracán, son las más visitadas, aunque no sé si leídas. También las del Calendario de las Muy Ricas Horas del Duque de Berry, tienen bastantes visitantes. Las búsquedas de las imágenes o de los poemas de los trovadores traducidos los hacen llegar a ellas.

Desde hace dos semanas WordPress pone en el escritorio del administrador un mapa con el origen de los visitantes, también una estadística sobre lo mismo. Así me he dado cuenta que tengo casi tantos lectores en Colombia como en España, de donde son más o menos la mitad de los visitantes. Que los demás se reparten en diferentes países de América, bien sé quien es uno de Chile, y que todos los días hay dos o tres visitantes de Estados Unidos. Aunque no deja de haber algún visitante realmente “exótico”: Islandia, Polonia, Lituania o Bangla Desh.

Pues en unos días que no son los mejores, me alegra haber llegado hasta aquí, porque esto comenzó como un juego que creí que no tendría ninguna continuidad. Así que quiero celebrarlo con la música de uno de mis géneros musicales preferidos: el madrigal.

Pero advierto que es un madrigal un poco especial, lo oí hace un montón de años por la radio y lo encontré hace unos días en Youtube. Es genial pero…, diferente, que no todo tiene que ser Orlando di Lassus, Gesulado ni Monteverdi.

La paloma miró a través de la verja de la ventana…

Bingen, un lejano día de agosto

Idus Martiae: Festum Annae Perennae, Attis

El barco, la barcaza más bien, pues solo en que carga pasajeros y navega en zigzag entre una y otra orilla, se distingue de las que con bandera belga, holandesa o alemana siguen imperturbables aguas arriba o aguas bajo. Porque me entero de algo que no sabía, aunque tantas veces haya estudiado la historia dramática de esta zona de Europa: que estas aguas son aguas internacionales. El barco ha llegado con más de una hora de retraso al embarcadero de Sankt Goar y no solo eso, imperdonable en este país de puntualidad y eficiencia, sino que en ese embarcadero vamos a subir los pasajeros que estaban destinados al barco que no ha llegado. Sí, la barcaza está atestada de gente, lleva el doble del pasaje que debería y solo con suerte he podido encontrar una silla de resina libre, en la popa, a pleno sol de agosto. Una vez sentada ya no me puedo mover, no por perder el asiento en las dos horas que va durar el viaje hasta bajar en Rüdesheim, sino porque en este cascarón plano casi no se puede caminar.

La mañana de agosto es tan radiante como las mediterráneas. En las orillas el verde intenso de los viñedos, la zona vinícola más septentrional del mundo, a la misma latitud de Terranova. Pronto el río se estrechará en su tramo más peligroso y aparecerá la roca de Loreley, la que todos estamos esperando ver. Y de pronto, la megafonía en un alemán gangoso anuncia la primera parada, la barcaza se acerca al embarcadero, estará unos minutos apenas, mientras bajan y suben pasajeros. Es un embarcadero como otro, no hay nada especial ni en él ni en la pequeña ciudad, solo su nombre.

Ese nombre ya siempre asociado a ella lo leí hace ya mucho tiempo, cuando Adrian Leverkühn en su celda-habitación bávara lee para componer una de sus obras de inspiración medieval. Luego fue un nombre entre muchos nombres y no considerado el más importante en un manual de Historia Medieval en mi segundo curso universitario, una cita erudita que no parecía conducir a nada. Pero ahí estaba su nombre, un tenue hilo por el que tirar, por el que ya se empezaba a tirar desde hacía unos años, hasta que una noche no sólo era un nombre de una remota escritora sino que la música de uno de los himnos que compuso tenía voz y presencia.

La barcaza se separa de la orilla, muy pronto aparecerá la Loreley, pero miro a través de los edificios, de las casas, intentando ver algún resto de su mundo. Ella miró miles de veces estas orillas, debió vivir en los veranos de su larga vida días de sol como este, pero desde que caminó y cruzó el río, más de ochocientas veces ha pasado el sol por estas tierras, más de ochocientas veces se realizó la vendimia, cayeron las hojas, vinieron las nieves. Su monasterio, el que fundó para ser libre y por el que se puso en huelga para conseguirlo tampoco existe, destruido por las tropas suecas en la Guerra de los Treinta Años. Un tiempo ya tan remoto como el tiempo en que ella vivió, un tiempo mítico y extraño, unido al nuestro por una frágil cadena cuyos eslabones están a punto de romperse.

Contemporánea de Bernardo de Claraval, de Abelardo, de Eloísa, de Leonor de Aquitania, de los trovadores. Décima hija de una familia noble pero no de las de mayor rango, niña extraña y probablemente conflictiva, mejor alejarla junto a la noble Jutta al monasterio fundado por uno de esos monjes irlandeses que salvaron la civilización clásica. La dote del monasterio es más barata, no hay que buscar marido de acuerdo con el rango, no habrá molesta descendencia y sobre todo sus rarezas estarán vigiladas. Sin embargo su padres tuvieron la intuición de llamarla jardín de la sabiduría.

¿Cuántas veces miraría a través de los barrotes de la ventana de aquel monasterio dúplice? El tiempo pasaba y el monasterio femenino crecía. Durante años estuvo silenciosa, leyendo, devorando. De todas sus obras, de sus escritos que abarcan desde la mística a la medicina no habla de sus fuentes, privilegio de su época. Se llamaba a sí misma paupercula feminea forma, pero vivió hasta los ochenta y tres años en una época en que el fin de la juventud era normalmente el final de la vida. Y su vida activa, auténtica, comenzó cuando muchas vidas entonces acababan o habían acabado ya. A los cuarenta y dos años ya no podía callar, ya no podía mirar solo a través de las celosías de piedra de las ventanas, necesitaba salir y volar, mirar directamente al sol como el águila. Muchas veces aludió a su mala salud, sufría de escotoma centelleante, y de ahí salió el acompañamiento de sus visiones. Visiones en la que siempre insistió estar lúcida. Las miniaturas de sus libros recuerdan ese mal del que salió un arte único.

Cuando recibió el visto bueno de Bernardo de Claraval, de Eugenio III, del Concilio de Tréveris, no dejó de escribir, quizá en un latín no muy correcto, una obra tan inmensa y variada como la de Avicena, siendo además, poetisa y compositora, uno de los primeros nombres conocidos separados del océano de obras anónimas. Era obstinada y mandona, organizó la vida de su monasterio de manera diferente a otros, sufrió la excomunión antes que someterse y se sirvió de sus visiones, de su título de profetisa para enfrentarse con coraje a ese mundo medieval masculino que le dio permiso para levantar su voz; bastaba que dijera “la luz viva me ha dicho”, y el Papa y Federico Barbarroja podían echarse a temblar.

La llamaron santa poco después de su muerte y se inició el proceso, pero fue olvidado pronto, aunque en la tierra que vivió siempre se la ha considerado santa. La Iglesia nunca ha resuelto el asunto. Era una mujer incómoda, demasiado inteligente, demasiado entrometida. Un siglo después de su muerte, la clausura de los monasterios femeninos que siempre fueron minoría en la Edad Media fue blindada. Ella no habría podido existir entonces, su voz, probablemente habría sido callada o algo peor. Pero en el tiempo que le tocó vivir, en ese primer renacimiento del siglo XII, contemporánea de Eloísa y de Leonor, con su comunidad de monjas que usaban velos de seda y coronas, sus libros de historia, de medicina, de lenguas y de mística, con sus composiciones musicales, sus viajes, y la amistad con Volmar y Guibert de Gembloux que se saltó todas las reglas de la vida monástica viajando desde Flandes para estar junto a ella y ser su último secretario, Hildegarda de Bingen tuvo una vida más feliz y plena que ellas.  

Symphonia armonie celestium revelacionum (1140 – 1150)

Columba aspexit – Himno a San Maximino

Columba aspexit / Una paloma miraba
per cancellos fenestrae / a través de los barrotes de la ventana
ubi ante faciem eius / cuando ante su rostro
sudando sudavit balsamum / destilando destiló el bálsamo
de lucido Maximino. / del luminoso Maximino.

Calor solis exarsit / El calor del sol brotó
et in tenebras resplenduit / y resplandeció en las tinieblas,
unde gemma surrexit /de allí se alzó una piedra preciosa
in edificatione templi / en la construcción del templo
purissimi cor dis benivoli. / del más puro corazón benevolente.

Iste turris excelsa, / él una elevada torre,
de ligno Libani et cipresso facta, / hecha de madera de Líbano y ciprés,
iacincto et sardio ornata est, / ha sido adornada de jacinto y rubí,
urbs precellens artes / ciudad que sobresale en las obras
aliorum artificum. / de otros artífices.

Ipse velox cervus cucurrit / Él mismo, veloz ciervo,
ad fontem purissime aque / corrió hacia una fuente de la más pura agua
fluentis de fortissimo lapide / que fluía desde la piedra más sólida
qui dulcia aromata irrigavit. / y que esparcía dulces aromas.

O pigmentari / ¡Perfumistas!
qui estis in suavissima viriditate / que estáis en el más grato verdor
hortorum regis, / de los jardines del rey,
ascendentes in altum / que ascendéis a lo alto
quando sanctum sacrificium / cuando cumplisteis el santo sacrificio
in arietibus perfecistis. / en los carneros.

Inter vos fulget hic artifex, / Entre vosotros brilla el artífice
paries templi, / muros del templo,
qui desideravit alas aquile / que anheló las alas del águila
osculando nutricem Sapientiam / al besar la nutricia sabiduría
in gloriosa fecunditate Ecclesie. / en la gloriosa fecundidad de la Iglesia.

O Maximine, / ¡Maximino!
mons et vallis es, / eres monte y valle
et in utroque alta edificatio appares, / y en uno y otro lado apareces como un alto edificio
ubi capricornus cum elephante exivit, / donde se alzó el capricornio con el elefante
et Sapientia in deliciis fuit. / y la Sabiduría estuvo en gran goce.

Tu es fortis / Tú eres fuerte y suave
et suavis in cerimoniis / en las ceremonias
et in choruscatiane altaris, / y en el resplandor del altar
ascendens ut fumus aromatum / ascendiendo como humo de especias
ad columpnam laudis. / hacia la columna de alabanza.

Ubi intercedis pro populo / allí intercedes por los pueblos
qui tendit ad speculum lucis, / que tienden hacia el espejo de la luz,
cui laus est in altis. / para que éste haya alabanza en lo alto.

Traducción procedente de Hildegard de Bingen, Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Trotta 2003.

Hildegard von Bingen. Scivias, Sexto día de la Creación.

Casi toda la obra de Hildegarda de Bingen se puede leer traducida aquí.

Continuará…

Códice Vaticano Latino 4922. Roma

Doña Lisa

Anónimo. Mona Lisa o La Gioconda (copia de Leonardo da Vinci, primer cuarto del siglo XVI) Museo del Prado

Ante diem tertium decimum Kalendas Martias: Quirinalia

Hay cuadros míticos, ahora se les llama “emblemáticos” sin tener ni idea de qué significa eso. Hay artistas mitificados, algunos ya lo fueron en vida y no han perdido el halo mítico, otros lo han sido mucho después…, y hay mitos papanatas. Y ocurre a veces que las tres cosas coinciden.

Hay un cuadro mítico, es el más famoso de toda la Historia del Arte, lo lleva siendo al menos unos ciento cincuenta años y todavía ningún otro lo ha apeado de ese pedestal. Alabada, admirada, archirreproducida, robada…, no voy a contar la historia de anécdotas de esa pintura que me aburre profundamente. Ha hecho correr un torrente de tinta durante los dos últimos siglos, la mayoría a cual más tonto y disparatado. Protegida tras un grueso cristal blindado que da reflejos, con una cola de turistas a los que no les sirve haberla visto reproducida y haber podido comprar la reproducción en cada rincón del museo que la custodia. No, tienen que fotografiarla, una fotografía chapuza que no servirá para nada. Es uno de esos cuadros que casi nadie mira ya, especialmente los miles de turistas que se plantan delante de ella cámara en ristre, pero eso no es lo grave. Es un cuadro que ya no se puede mirar con inocencia, con ojos limpios, ni siquiera un niño lo puede hacer. Desde libros de arte serios hasta anuncios publicitarios y portadas de revista. Ahí está con su paisaje desvaído y su barniz amarillento.

Resulta que el pintor de ese cuadro es el que en el siglo XX se decidió que era el mayor genio del Renacimiento, quizá el mayor genio de la Historia del Arte. Leonardo da Vinci lo tuvo difícil durante siglos. Rafael durante más de tres siglos fue el pintor más admirado, con una obra mucho más extensa y variada a pesar de haber vivido mucho menos. Pero siempre hay un peligro en que hablen de ti bien durante siglos, porque habrá un momento en que empieces a cansar y empezarán a hablar mal, si no, miren lo que le pasó a Penélope, la esposa de Ulises. Durante siglos admirada como la imagen de la fidelidad, corría también la historia de que fue amante de todos sus pretendientes y al tener un hijo sin saber de qué padre era le puso el nombre de Pan, “todo” en griego. Si es que las habladurías son muy perjudiciales, ni los siglos pueden con ellas. Sí, Leonardo lo tuvo difícil, porque ya en vida compitió con Miguel Ángel. Pero al llegar al siglo XX Miguel Ángel era demasiado grande, demasiado intocable. Miguel Ángel resultaba antipático y Rafael llevaba un descrédito de más de cincuenta años, su obra era demasiado perfecta, demasiado hermosa, como sus mujeres, además Rafael, vaya, demasiado heterosexual también. No, Rafael no servía, la segunda mitad del siglo XX y los inicios del siglo XXI necesitaban un genio más misterioso, aunque el misterio era una patraña, propia de engendros como esa novela cuyo título no debe ser citado. Se necesitaba un genio cool. Leonardo da Vinci resultó perfecto.

Y existe un mito papanatas. Consiste en afirmar que en los sótanos, porque a ser posible hay que hablar de sótanos, aunque no existan, de los grandes museos, hay verdaderas obras maestras, olvidadas, cogiendo polvo, ignoradas por los conservadores. Obras que se ocultan por ignorancia a un público que tiene derecho a disfrutarlas. Nada menos cierto, porque a  estas alturas de la Historia y de la Historia del Arte en particular, pocas obras maestras desconocidas de los grandes maestros quedan por encontrar…, y desde luego ninguno de los grandes museos de Europa tiene obras maestras sin exponer en los depósitos y mucho menos sin catalogar. Todas las obras de los grandes pintores y también de los menores, las obras de aprendizaje y de juventud, están catalogadas y la mayoría están expuestas. Si no están expuestas es porque están en restauración o viajando, no por el sadismo y por el deseo de chinchar de los conservadores.

Pero los mitos ¡ah los mitos! los mitos tienen la piel muy dura, y sacan la cabeza en cuanto pueden y se enseñorean de los medios que entretienen a una sociedad ignorante y un día, de cuando en cuando, salta la noticia de que se ha encontrado una de esas obras  olvidadas o algo peor, que ahora con nuestra maravillosa técnica y nuestros no menos maravillosos conocimientos, una obra conocida pero estropeada por los siglos, la podemos ver tal como la dejó el pintor al dar la última pincelada.

Los cuadros, de los grandes maestros del Renacimiento hasta el siglo XIX, no voy a escribir ahora de otro soporte, son estructuras materiales extraordinariamente complejas. Un soporte principalmente de madera o tela, imprimaciones del soporte, pigmentos, aglutinantes, resinas y barnices. Hasta el desarrollo de la química moderna y los colores sintéticos en el siglo XIX, los impresionistas, Vincent van Gogh, ya compraron sus colores en tubo, los colores se fabricaban en el propio taller de los pintores. A lo largo de los siglos esos colores se han mantenido a veces extraordinariamente frescos y vivos, en otros casos se han desvanecido o se han convertido en otros. Las hojas de los árboles pintados por Vermeer hoy son azules, el verdor del paisaje de fondo de Amor Sacro y Amor Profano de Tiziano, un cuadro que está muy limpio, está amarronado pues el resinato de cobre que se utilizaba para los verdes se ha degradado, como en tantos paisajes de fondo del renacimiento italiano. Y las modas cambian. La paleta del siglo XVII era mucho más limitada en colores, gustaba de lo sombrío, los fondos negros y se utilizaba el betún, un derivado del petróleo que jamás se seca, y que además, degrada el soporte y los colores que están sobre él, se rizan y caen, algo que sufre un cuadro mucho más reciente como La balsa de la Medusa de Gericault. Y en cuanto a las modas, toda la primera mitad del siglo XIX admiraba el tenebrismo barroco y alteró cuadros del período anterior del Renacimiento oscureciéndolos con barnices. Y los barnices, que se daban y se dan para proteger la superficie del cuadro, todos amarillean con el tiempo, aunque ese amarilleamiento tiene la cualidad de proteger los colores de la luz ultravioleta.

El tiempo hace su labor degradando, amarilleando, o conservando. Tocar un cuadro para dejarlo como lo dejó el pintor en su última pincelada es imposible, sobre todo cuando se trata de cuadros muy antiguos. Los efectos no se lograban únicamente con la aplicación del color. Se consideraba la imprimación del soporte, las veladuras, los materiales y las técnicas eran mixtas. Un cuadro del Renacimiento de Leonardo, de Tiziano, puede tener hasta cerca de cincuenta capas diferentes. Capas donde las técnicas se mezclan, donde los pigmentos se ligan con huevo, con aceite, con resina, donde se consiguen efectos con capas de barniz. ¿En qué momento se ha llegado a la capa real del maestro? ¿Dónde están los repintes, si los ha habido, posteriores? ¿Tenemos derecho a quitar esos repintes que son obra de la Historia? ¿Cómo estar seguro de que esa capa de barniz última no se va a llevar pintura y dañar irreparablemente la obra? Goya, decía que ni siquiera el mismo pintor podría reparar sin alterar un cuadro suyo, el tiempo también pinta. Tocar un cuadro queriéndolo devolver a su esplendor original es destruirlo.

La restauración siempre ha estado sometida a la moda. Somos un mundo al que le gustan los colorines. Poca gente menor de veinticinco años o incluso mayor es capaz de apreciar y ver el cine en blanco y negro, que es un arte de apenas cien años. Entonces ¿cómo va ser posible que se aprecien obras de arte a las que lo siglos han oscurecido y amarilleado los barnices o los betunes empleados en los fondos han ido invadiendo y destruyendo el cuadro? En la moda de la restauración actual, las intervenciones mínimas, respetuosas, son impopulares. El cuadro hay que dejarlo como lo quiso el pintor o como creemos, con nuestra moda actual amante del colorín y desconocedora del trabajo de lo antiguos maestros, que salió de las manos de pintor cuando se dio la última pincelada. Leonardo que vio como se degradaba la Última Cena de Santa María delle Grazie, dejó a la pintura seguir su curso, pero claro, ahora somos más sabios que Leonardo.

Creo que los pateadores de museos tenemos todos obras preferidas, amadas. Quizá algunas no sean obras maestras. Yo tengo unas cuantas que suelo visitar cuando voy al Museo del Prado, hay incluso algún cuadro tonto, que me ha llamado la atención y me gusta volver a ver. A mí me gustaba Doña Lisa, la copia de La Gioconda. Pintada por el autor más prolífico de la Historia del Arte, el pintor Anónimo. No estaba en los “sótanos”, no era una obra desconocida. Durante muchas visitas la vi en su rincón, de la gran sala de la pintura italiana, con su fondo negro, su delicado vestido verde y sus finas cejas, casi siempre sin visitantes. Es además protagonista de un simpático relato, El llanto y los remedios, que está en la obra de Manuel Mújica Laínez, Un novelista en el Museo del Prado. Esta obra la leí cuando era estudiante, antes de visitar por primera vez el museo, y esa primera vez,  ya fui a ver a Doña Lisa, que se aleja al final del relato acompañada por El Cardenal de Rafael y por el Duque de Mantua de Tiziano

En esta restauración hay contradicciones La ficha del museo ha cambiado en unos días. ¿No se había investigado antes? Porque hay diferencia entre las maderas. Ahora el soporte es madera de nogal, hace unos días y como también ocurre con Madame Lisa del Museo del Louvre, el soporte era madera de chopo o álamo, populos alba o populos nigra, que crecen en toda Europa junto a los cursos de agua. 

Ficha Museo del Prado 14-2-2012

Esa madera blanda con la que se hacen las cajas de fruta y las cerillas, pero lo bastante adecuada para ser soporte de pinturas. No roble como pone aquí entre tantas otras cosas, como por ejemplo, que ahora la copia del Prado parece más joven que la Gioconda original del Louvre.  Al parecer a Lisa Gherardini, que no tenía más de veinticinco años cuando Leonardo la pintó le han salido arrugas bajo el barniz…

Doña Lisa del Museo del Prado era una copia muy buena, no sé el porqué del fondo negro, No tiene mucho sentido que fuera del siglo XVIII, cuando la moda entonces era todo lo contrario, lo claro y luminoso. Como he dicho más arriba la primera mitad y buena parte del XIX admiraba el tenebrismo barroco, con lo que la pintura del siglo XVIII bajo mucho su cotización en el mercado de arte. Es obra de Micer Anónimo, prolífico pintor que lleva más de 35.000 años en activo, pero merece un respeto. ¿De dónde ha salido ese fondo paisajístico perfecto? ¿Se ha podido retirar el fondo negro como quien quita un protector de plástico de la pantalla táctil de un teléfono móvil? ¿No se ha dañado nada? La restauración de un cuadro, esta vez no una copia sino un original, cuyo fondo era un fondo oscuro, neutro, llevó a destrozarlo, a asesinarlo. Un fondo mucho más sencillo que el que al parecer tenía Doña Lisa y sin embargo se hizo esto, como se puede ver aquí.

No volveré a encontrar a Doña Lisa como era, aquí está en alta resolución sin restaurar y antes de que la sustituyan por la que siempre veremos ya.

Ah!…, se me olvidaba…

60º N

Hollola, marzo 2003 by Hesperetusa
Hollola, marzo 2003, a photo by Hesperetusa on Flickr.

Ante diem sextum Idus Ianuarias

Nací y me crié en una lejana región a la que los geógrafos llaman Finlandia; hermoso y apartado país desconocido para la mayoría de quienes se consideran cultos. Los pobladores del sur se imaginan que esta tierra nórdica es desierta e inhóspita, que quienes en ella habitan son salvajes que se visten con pieles de bestias y que, más que hombres libres, son esclavos del paganismo y la superstición. Semejante idea no puede ser más absurda. Finlandia alardea de poseer dos grandes ciudades: la fortificada Viborg, en el este y Aboa o Abo, donde nací, en el sur. Por cuanto hace al paganismo y la superstición, debe saberse que Finlandia, durante muchas centurias, perteneció a la única y verdadera Iglesia, por más que en los tiempos que corren sus habitantes son juzgados como apóstatas, ya que bajo la inhumana férula del inhumano rey Gustavo adoptó la doctrina luterana y es considerada como un cordero descarriado del cristiano redil ¿Por qué maravillarse, entonces de que sus hijos caigan de nuevo en el salvajismo, la ignorancia y el pecado? Aunque por ello más habría que censurar a los malos gobernantes que a los gobernados. 

Finlandia dista mucho de ser pobre. Sus bosques abundan en caza, y en cualquier sitio a lo largo de sus grandes ríos, la pesca del salmón es siempre productiva. La clase burguesa de Abo se dedica activamente al comercio marítimo y en la costa de Botnia se aprecia y practica el arte de la construcción de buques de alto bordo. Abunda la madera para la edificación y, además de pescado salado, desde Abo se exportan pieles y cuencos de madera ingeniosamente labrados, sin hablar de los lingotes de los lagos. El tráfico de pescado seco y de arenques salados; que llenan millares de barriles, constituye una fuente de ingresos tan rica que en todo el país no hay quien adopte la falsa doctrina que ignora los días de vigilia pues la adecuada observancia de ésta, tal y como la ordena la Iglesia Católica, es esencial para la prosperidad de muchos devotos ciudadanos. He dicho todo esto acerca de mis país natal para mostrar que no hay en mí nada de pagano.

Una noche a finales del verano, cuando yo tenía seis o siete años, Otto Rund, el almirante jutlandés, llegó por el río y, pasando inadvertido ante los dormidos guardias de la fortaleza de Abo, desencadenó sobre al ciudad un ataque por sorpresa. Y puesto que el odioso saqueo de Abo ocurrió en 1509, cinco años antes de la beatificación de San Hemming, yo debí ver la luz hacia 1502 0 1503…

De la Finlandia dependiente de la Suecia de la Unión de Kalmar a la Universidad de París. De la represión brutal de Christian II de Dinamarca en Estocolmo a la caza de brujas y sus métodos, la Guerra de los Campesinos y Thomas Müntzer y sus anabaptistas. La Batalla de Pavía y el Saco de Roma…

Las aventuras de Michael Karvajalka, un protagonista que es heredero de los pícaros del Siglo de Oro, un compañero que es un Hércules Sancho Panza gracioso. Una novela con un protagonista finlandés, no egipcio, ni romano, ni bizantino y en la época que vio nacer la Lazarillo y a don Quijote: la Europa convulsa de la Reforma y el enfrentamiento contra los turcos. ¿Cómo ve desde la periferia de la periferia, la lejana Finlandia, Mikael polaina de piel la Europa del Renacimiento? La lejana lectura de 2006 un tiempo en el yo aún leía novelas, recuerda una Europa mezquina y brutal, donde los dos amigos llegados de Finlandia a la universidad de París tienen que cobijarse en el colegio de los daneses, ya considerados unos bárbaros desconocidos, porque nadie ha oido hablar nunca en el París de la primera mitad del siglo XVI de Finlandia… ¿Cómo se dirigiría este pícaro del lejano norte al viajero del sur que se dispusiera a viajar a su desconocido país? Quizá utilizaría las palabras del viejo rey para dar a entender que su tierra podía ser civilizada, cálida y acogedora…

Polttakaa vanhoja polttopuita,
juokaa vanhoja viinejä,
lukekaa vanhoja kirjoja,
pitäkää vanhoja ystäviä.

Theodoricus Petri (Finlandia 1582) – Piae Cantiones

Contigo

Contigo conocí el canto de las trovadoras.

Contigo me adentré en el Llibre Vermell, Reina del Cielo, en esa grabación, la primera de todas, de la media docena que comparten las estanterías, pero la única que suena como si el Pórtico de la Gloria dejara de ser de piedra.

Contigo, el Códice las Huelgas se convierte en esos coros celestiales soñados durante siglos.

Contigo, los Cancioneros dejaron de ser letra silenciosa. Y desde entonces prefiero esta canción entre todas…

Muchos centímetros en mi casa ocupan los discos en los que cantas. Tuve la suerte de escucharte y verte varias veces durante años, en ciudades diferentes, en repertorios diferentes, desde el romance a la tonadilla del siglo XVIII… Y una vez, en la noche, mientras esperaba entrar en la iglesia barroca de la Compañía de Jesús, donde se celebraba el concierto nos cruzamos en la calle y nos sonreímos.

Aquella noche, mientras te esperábamos ver en el presbiterio, tu voz nos llegó desde las alturas del coro convertida en la Sibila que anunciaba el Día del Juicio.

He crecido musicalmente contigo. Cuando sueñe esos coros celestiales habrá una voz que cantará en catalán: se llama Monserrat Figueras.