Hoz

Agosto ciclo dei mesi

Agosto. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Kalendae Augustae: Festum Spei et Martis

Sobre el medallón pintado en la clave del arco rebajado de la ventana está el poste-columnilla que separa el mes de julio del mes de agosto. El obispo moravo de Trento o el mismo Maestro Wenceslao eligieron la superficie más grande de la sala para colocar las escenas de los meses del verano. Como en el mes de julio con respecto a mayo vemos prolongarse el paisaje, una de las rocas que simulan las cumbres alpinas, pero enseguida lo que cierra el horizonte es un bosque. No estamos en las alturas, sino en el valle, en los campos que rodean las aldeas y las villas del obispado. En un cielo muy completo de color, el jeroglífico solar en Virgo, alcanza las copas de los árboles.

Si este fuera un ciclo meridional, la escena principal que vemos representada estaría en el mes de junio con el sol ya en Cáncer o como mucho en julio. Desconozco la razón astrológica por la que el Maestro Wenceslao ha colocado todo los meses con el signo astrológico en el último decanato. Pero incluso en las tierras alpinas dudo que la siega del trigo se produjera tan tarde, en los últimos diez días de agosto.

Más de la mitad de la pintura ocupa la escena campesina. El bosque cierra el horizonte. A la derecha la villa o aldea. Seis construcciones con tejado de paja a dos aguas. Una construcción más elaborada, tejas planas, un balcón de madera, un recinto cercado ante la puerta con puerta de madera con bisagras de hierro. Agosto - cleroA su lado la iglesia gótica, de piedra rojiza, con torre en el crucero, rosetón y pórtico. ¿Acaso la catedral de Trento? Y el personaje eclesiástico que lee en el jardín de su casa, no es el obispo, no, que ese está en su palacio, en el castillo donde están pintados los frescos que me ocupan mes tras mes, pero puede ser uno de los canónigos o el mismo deán. Lee en su breviario, reza.., o quizá da gracias y bendice que la acción que está sucediendo al otro lado de la cerca de madera de su casa se esté realizando. Porque de todos los trabajos campesinos que vemos en los distintos meses, el del mes de agosto es la culminación, todos son necesarios, todos se complementan, pero la recogida de la cosecha de cereales, del trigo, significa que se podrá sobrevivir otro año.

Un campo cercado, un campo cerrado como es habitual en las tierras altas de toda Europa occidental. La cerca es de estacas con ramas entrelazadas. La cerca no delimita sólo las lindes del campo, sino que protege el sembrado del ganado. El Maestro Wenceslao no ha pintado la cerca en el límite del bosque y junto a la columnilla torsa la cerca parece ser de seto vivo. Pero probablemente toda la cerca sería artificial, hay que dejar que el artista haga una composición armoniosa. En el mes de agosto reina el color amarillo: pigmentos de azafrán, oropimente, giallorino u ocre derivado del azufre. Amarillo para representar lo más fielmente posible el trigo maduro, el origen del pan que se comerá todo un año hasta la próxima cosecha.

Agosto - siega

Sí, quizá de todos los trabajos campesinos que aparecen en este ciclo éste es el más duro. Vemos a la izquierda el campo con las espigas maduras, una fila de cuatro personajes, entre los que hay una mujer, vestidos con sus ropas claras de lino o cáñamo, con la cabeza cubierta, inclinados, siegan con hoz. Los campos de cereales se podrían segar también con guadaña, que por fatigoso que sea el trabajo con ella lo es menos que con la hoz. Pero la hoz es más precisa, y cada espiga cuenta. El segador maneja la hoz con la mano derecha y con la izquierda agarra los tallos que se van a cortar. La dureza del trabajo no solo viene de la postura con la espalda inclinada durante horas al sol ardiente del verano, del movimiento del corte durante horas. La mano que sujeta los tallos se lastima con heridas finas y profundas, dado que los tallos del trigo están altamente silicificados, son duros y cortantes. Desde la antigüedad se han usado manoplas de madera para evitar los cortes, aunque los cuatro segadores de agosto llevan las manos desnudas.

Y la herramienta usada, la hoz, pesadilla de la arqueología medieval, dado que su parecido durante siglos hace dificilísima su datación. Hoces de hierro que se dejaban en los testamentos. Adaptada a la mano. Una cuchilla en forma de media luna con el filo interior, un mango de madera. No hay razón de cambiar una herramienta que se ha comprobado perfecta, que reinará hasta que las cosechadoras mecánicas la desbanquen hace medio siglo. Una herramienta que es más antigua que la agricultura, que ya debió existir en paleolítico superior, los microlitos de sílex afiladísimos enmangados en una estructura de madera. Herramienta de las mujeres que salían a recolectar, que gestionaron durante miles de años los recursos vegetales aunque no cultivaran, que cuando se dio el cambio climático que provocó la invención de la agricultura ya sabían que plantas eran las adecuadas para la supervivencia del grupo.

Para cosechar el trigo sembrado en otoño, que ha dormido bajo la nieve del invierno, que ha resistido las lluvias primaverales, ahora es fundamental, una organización racional, que requiere todas las manos posibles para trabajar en sincronía en función de la amplitud de los campos. Hay que trabajar rápido. El trabajo de meses puede ser destruido en pocas horas. Columela dice que cuando la cosecha está madura hay que segar a toda prisa, antes de que el calor reseque las espigas y caigan los granos. El enemigo es el calor, pero también las tormentas de verano con sus granizadas, que pueden condenar al hambre a toda la comarca. Hay que trabajar deprisa, primero las tierras del señor si aún existe en esos momentos de finales del siglo XIV reserva señorial, luego las parcelas campesinas. Si la tormenta amenaza en domingo se rezará para evitar el pecado de trabajar, pero hasta el clérigo que lee en su breviario dará la absolución a los infractores. Esta es la única escena del ciclo en que vemos representados a los tres órdenes. Nunca quedó más claro aquello que escribió Adalberón a finales del siglo X: otros trabajan, porque provisiones y vestidos son suministrados a todos por ellos.

Filas de segadores, hombres y mujeres que avanzan cortando tallos, otros, como el hombre y la mujer de la escena que atan las gavillas y el que en la zona del campo segado, que en pie, vestido de manera diferente, un enviado del señor quizá, apila las gavillas en ángulo recto. No sólo grano, harinas y pan saldrá de esta cosecha. Como cuenta Plinio, segados los tallos a ras de suelo, la paja del trigo servirá para las techumbres de las casas campesinas, de los graneros y de las cabañas de montaña que se ven el mes de mayo.

Fuera del recinto, en el camino, ya en la aldea, las carretas que llevan las gavillas de trigo a los graneros. Carros de cuatro ruedas, de ejes fijos, del mismo tipo que los de la edad del bronce, tirados ahora por una yunta de bueyes y un caballo, única innovación medieval. Agosto - carrosNo es este un ciclo meridional, del sur de Italia, de la Península Ibérica. A la siega no le sigue inmediatamente la trilla y el aventado del grano. Las gavillas son instaladas en el granero sin puerta, en el piso alto, con una horquilla. Allí el trigo se irá secando y en los meses posteriores, mientras lo permita el tiempo, al aire libre, después, en el interior de los graneros se producirá la separación de la paja del grano. El trigo servirá para pagar tributos e irá primero al molino y luego al horno señorial para convertirse en el pan que alimentará a todos, con suerte si la cosecha ha sido abundante,  hasta la próxima siega.

Dejamos el cercado del trigal y el camino de la villa. Otro cercado de estacas y lo que parece ser un huerto de árboles frutales, se pueden distinguir el manzano y el peral. El edificio de piedra rojiza almenado a la izquierda y los tres personajes del segundo orden, o el primero, según de dónde se esté. Como en el mes de julio tenemos una escena de cetrería, que tuvo su edad de oro en la Edad Media. La caza refinada e inteligente, a la que los mismos reyes prestaron atención y escribieron obras. AzorUn caballero de espaldas, con su elegante traje y sus puntiagudos zapatos a la moda borgoñona, reclama hacia sí con un cebo de carne en su mano izquierda, a un azor, que está junto a la zona pintada de la ventana, en posición de alerta, con robustos anillos en las patas. Y de frente, elegantemente vestidas, dos damas una con vestido azul claro y otra con vestido negro y rojo, acarician y tranquilizan a sus halcones. La cetrería sólo estaba autorizada a los dos órdenes privilegiados, aunque bastante restringida para el clero. También estaba reglamentado que tipo de aves se podían usar. Las damas no podían cazar con azor o gavilán. Era un tipo de caza no peligrosa, las señoras de la nobleza no iban a las partidas de caza mayor, aunque más que el peligro parece ser el recuerdo del Jabalí de Calidón. Pero estas dos damas trentinas que acarician a sus aves de presa, debían ser tan aficionadas a cazar con halcones como Violante de Aragón, reina de Castilla o Ana de Bretaña, reina de Francia.

Agosto - cetrería

Guillaume de Machaut (c.1300 – 1377)
Comment qu’à moy lonteinne

Comment qu’à moy lonteinne / Aunque estáis de mí lejana
Soiez, dame d’onnour, / dama honorable
Si m’estes vous procheinne / de mí estáis cercana
Par penser nuit et jour. / en mis pensamientos día y noche.

Car Souvenir me meinne, / Vuestro recuerdo me guía,
Si qu’adès sans sejour / siempre, sin pausa,
Vo biauté souvereinne, / vuestra belleza soberana,
Vo gracieus atour, / vuestro porte gentil,
Vo maniere certainne / Vuestra manera confiada,
Et vo fresche coulour / y vuestro fresco color
Qui n’est pale ne veinne, / que no es pálido ni cenizo,
Vou toudis sans sejour. / están constantemente ante mí.

Comment qu’à moy lonteinne… / Aunque estáis de mí lejana

Dame, de grace pleinne, / Dama, llena de gracia,
Mais vo haute valour, / pero vuestra gran virtud,
Vo bonté souvereinne / vuestra bondad soberana
Et vo fine douçour / y vuestra exquisita dulzura
En vostre dous demeinne /  me han puesto bajo su dominio
M’ont si mis que m’amour, / que mi amor
Sans pensée vilainne, / sin bajos pensamientos
Meint en vous que j’aour, / está en vos, a quien adoro.

Comment qu’à moy lonteinne… / Aunque estáis de mí lejana…

Mais Desirs qui se peinne / Pero el deseo que se esfuerza
D’acroistre mon labour / para aumentar mi aflicción
Tenra mon cuer en peinne / mantendrá mi corazón en pena
Et de mort en paour, / y con temor a la muerte,
Se Diex l’eure m’ameinne / si Dios no me apresura la hora
Qu’à vous, qui estes flour / a vos que sois, flor
De toute flour mondeinne, / de todas las flores
Face tost mon retour. / de volver a veros.

Comment qu’à moy lonteinne… / Aunque estáis de mí lejana

Traducción propia, sólo es una aproximación a lo que dice el poema.

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Guadaña

Julio. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Julio. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Ante diem duodecimum Kalendas Augustas: Lucaria, Ludi Victoriae Caesaris

Crucemos la columnilla torsa que separa el mes de junio del mes de julio. Es junto a la escena del mes de agosto, con la que comparte muro y ventana, la más grande de todo el ciclo. El cielo de azul de azurita, el azul de Alemania o de índigo, se ha mantenido en casi toda la superficie, pero en la escena del mes de julio el color verde predomina. Ocres, blancos, rojos, amarillos, el mismo azul del cielo retroceden ante la abundancia de verdes. Dice Cenino Cenini que con el cardenillo se hace un verde hierba perfectísimo, pero que no dura. Todos los pigmentos usados para el verde son inestables. El color omnipresente en la naturaleza es un color esquivo.

Julio afilado

Julio ya está avanzado, el jeroglífico solar dice que estamos en Leo. Caminemos desde la escena de junio. Parece prolongarse el mismo grupo de cabañas donde los pastores elaboran el queso. Pero no nos engañemos, el amplio prado al pie de las rocas entre las que se distinguen los árboles no está a la misma altura del prado en el que pastaban las vacas en el mes de junio. El Maestro Wenceslao no retrata la realidad. Entre esas rocas grises u ocres, en esos estratos inclinados sobre los que el jeroglífico del sol en Leo domina, allí, en los prados de las cumbres es donde están las vacas, en una trashumancia que se repite desde la domesticación de los animales. El prado que abarca casi la mitad de la escena está en una altura más baja, más cercano a las aldeas, en los valles, donde los prados son amplios y menos inclinados que en las cumbres.

El Maestro Wenceslao no sólo ha reservado para el mes de julio uno de los lugares más amplios del ciclo sino que las labores campesinas dominan la escena. Un grupo de tres casas. Una casa con techo de paja y pórtico. Delante, sentado a horcajadas de una viga de madera, un hombre afila una guadaña. En el amplio prado dos grupos hacen distintas tareas. Como el hombre que afila la guadaña, todos van vestidos de blanco. No sería exactamente blanco el color de las ropas sino más bien telas sin teñir, blanqueadas al sol. Estamos al pie de los Alpes, pero el calor es fuerte. Las ropas de los campesinos probablemente serían de lino o cáñamo. El algodón era un tejido de lujo que no se podían permitir los villanos. Y para el trabajo que realizan al sol del verano, han elegido las ropas más viejas y gastadas. Los hombres llevan las calzas rotas o ni siquiera las llevan. En los pies llevan abarcas semejantes a las alpargatas de esparto o incluso van descalzos. Sí, el sol es fuerte en esas alturas de la montaña, aunque estemos en un valle o en los inicios de una ladera. Todos llevan sombrero de paja para protegerse del sol. Escena campesina de siega y preparación del heno con todos sus elementos: las guadañas y su afilado, el rastrillado, el amontonamiento de la hierba con horcas y rastrillos. 

¿Por qué ese duro trabajo al sol del verano con la hierba? Los seres humanos no comemos hierba. El trabajo del mes de julio al pie de los Alpes es la consecuencia de tener los animales que aparecen en el mes de junio y de otras escenas del ciclo, no solo de este ciclo sino de tantos ciclos medievales representando los meses del año. Vacas y caballos, son animales valiosos, importantes y necesarios para el trabajo. La asociación con ellos desde su domesticación añadió la tarea de mantenerlos en los meses de año en que escasearían los pastos. Todas las zonas de Europa se encontraron durante siglos con el problema de mantener y alimentar el ganado de grandes animales, demasiado valiosos para sacrificarlos todos los años. También con el más pequeño de ovejas y cabras, animales mucho menos exigentes. La Europa mediterránea tiene un verano demasiado largo y seco, que agosta la hierba, de ahí la trashumancia en busca de pastos. La Europa alpina, central y nórdica tiene un larguísimo invierno con la tierra cubierta por la nieve. Vivir con los animales implica cuidarlos, buscarles sustento que ellos con la domesticación no son capaces de encontrar. En la zona alpina, en las zonas de montaña, en Europa central, en las grandes llanuras del este y del norte, la llegada del verano significa la hierba alta, jugosa, la hierba que se va segar y secar, que servirá para alimentar al ganado durante los meses de invierno.

Siempre que veo representada un escena de siega del heno con guadaña recuerdo el capítulo IV en la tercera parte de Ana Karenina, en que Levin, personaje que me es profundamente antipático, se va segar, a guadañar, la hierba con los campesinos. Cómo un trabajo que aparentemente es fácil y ligero acaba siendo una dura jornada en el verano, en que además, el señor que juega a la hermandad con los campesinos, siega mal y los campesinos se dan cuenta y lo comentan entre ellos, así como que el trabajo que hace Levin no les parece propio ni adecuado.

Julio segadores

No hay señores segando en la escena del Maestro Wenceslao. Los tres órdenes, las divisiones sociales y de trabajo estaban muy claras en la Edad Media y el único caballero que vemos en la escena, seguro que no se le pasaba por la cabeza jugar a ser campesino. La espada y la armadura son para los caballeros. El rastrillo, las horcas, el mayal, la hoz, la guadaña, para los villanos. Aperos agrícolas que se podían convertir en armas formidables en las jacqueries de esta época.

La guadaña está documentada desde la edad del hierro, casi con la misma forma que tiene la pintada por el Maestro Wenceslao y la que se pueda usar actualmente en las competiciones de siega a las que ha quedado relegada. Columela y Catón hablan de ella, y Plinio el Viejo en el libro XVIII de la Historia Natural, explica cómo era la siega en los latifundios de la Galia se recurre a guadañas más largas, que reducen el trabajo porque sólo cortan las hierbas de mediana altura y dejan de lado las más cortas. Y también comenta lo costosa que era la operación de siega, como la cuchilla iba perdiendo filo y el segador caminaba con un cuerno de aceite atado a la pierna, donde estaba la piedra de afilar. Todos esos detalles es posible verlos en la escena del mes de julio. Casi mil quinientos años después de Plinio la situación no ha cambiado, sólo empezaría a cambiar hace menos de cien años.

Julio rastrillado

La escena contigua en el mismo prado es la del amontonamiento y rastrillado del heno para formar posteriormente los almiares y dejar preparado el forraje para el invierno. En el grupo de cuatro personajes está la única mujer que trabaja de toda la pintura. Contrasta con sus compañeros que con las piernas desnudas, voltean y rastrillan la hierba con ella, lo tapada que está. No solo su vestido llega hasta los pies y las mangas son largas, sino que lleva un pañuelo que le cubre el cuello y la cabeza bajo el sombrero. Sus ropas serán del mismo no color que las de ellos, pero no aparecen rotas, y el estar tan cubierta trabajando en un día de julio no es por pudor, sino para protegerse del sol. El sol que la avejentará junto con el duro trabajo antes de los treinta años, pero aún campesina, no puede resistirse a preservar algo de lo que es signo de belleza y distinción en su época y lo seguirá siendo varios siglos más: la piel blanca.

La mirada va bajando y deja el prado, nos acercamos a la zona urbana o señorial. Las construcciones ya no son de madera con techumbre de paja sino de piedra. Una extraña construcción rojiza a la derecha ¿Es un castillo, una iglesia fortificada? Y luego una barca con tres hombres. Una barca de pesca con red. No, no estamos cerca del mar, pero en los lagos alpinos, en el lago de Garda, como en un pequeño mar interior, que llega hasta el Trentino, la pesca sería con red.

Julio Halconeros

Pasemos a la otra orilla del lago camino hacia la ciudad fortificada. Dos nuevos personajes. También visten de blanco no-color, pero no calzan alpargatas sino zapatos, ambos llevan las calzas bajadas, pues aunque no sieguen el calor también les afecta en su trabajo, pues son los halconeros del señor del lugar. El que está más a la izquierda y se dispone a cruzar el puente de tablas lleva dos perchas, en la mano izquierda con un halcón y en la derecha dos, a modo de balanza. El de la derecha, que lleva una percha cuadrada a modo de marco de telar, lleva seis halcones o azores. Ninguno de los animales que llevan está encapuchado. Otra relación con los animales, éstos no sometidos al trabajo, sino adestrados para ser colaboradores en la caza. En el mes de julio es la primera vez que aparecen. Volveremos a verlos en los meses de agosto y septiembre.

Julio Ofrenda

Ya llegamos a la zona baja de la pintura, también en un prado, rodeado de bosquecillos de juguete, fuera del recinto de la ciudad amurallada. Aquí aparecen los dos personajes no villanos del mes. La dama rubia, con su tocado en forma de corona. Ella sí lleva un vestido blanco, de lana fina, de algodón, de lino, quizá de seda, con ribete dorado en el escote y las mangas. Ella puede permitirse el ir más descubierta que la campesina que rastrilla, dado que poco tiempo estará al sol, siempre podrá retirarse a la sombra o a cubierto. Para ella como para el caballero de rizado pelo rubio que se arrodilla ante ella, el prado con sus flores es locus amoenus. De nuevo vemos una escena parecida a la del mes de mayo, en que el caballero rinde honor a la dama, pero ahora hay algo diferente. Este caballero vestido de rojo y negro a la moda italiana, le entrega algo a la dama: es un halcón. Por su tamaño y la resolución no me permite ver si está encapuchado, aunque probablemente lo estuviera dado la postura forzada boca arriba del ave. La dama, delicadamente, le ata las patas. Hay algo de ritual en esta ofrenda de amor. Arrodillado, el caballero parece decir: yo caballero, me consagro a ti del mismo modo que tú atas las patas de mi halcón.

Lorenzo da Firenze (? – Diciembre 1372 o Enero 1373)
Sento d’amor la fiamma

Sento d’amor la fiamma e ’l gran podere
E veggio che temere
Non si convien chi vuol vincer la prova.

Ma se fiereza in questa ognor si trova,
De’ che farò ?
I’ tei dirò:
Perseverando vincerò la guerra.
Non fu d’amor già mai donna sì nova
Che, s’ i’ vorrò
E seguirò,
Con suo’ potenza Amor nolla dissera.

Non sia però l’ardir contra ’l dovere;
Anzi si vuol calere
Che sdegno di pietà nolla rimova.

Pastos

Junio. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Ante diem undecimum Kalendas Iulias
Solsticio de Verano

En el mes de Junio, con el jeroglífico solar en Cáncer, pasada la línea del solsticio de verano, entre las dos columnillas – postes torsas, el Maestro Wenceslao ha estrechado espacio y altura. Si miramos lo más cercano a la altura de nuestros ojos, seguidos por un grupo de músicos que tocan trompetas, y antepasados del óboe y el clarinete, un cortejo de cinco parejas elegantemente vestidas. Todos los hombres, excepto uno, llevan largas hopalandas y llama la atención que sean ellos quienes vayan del brazo de la mujer y no al revés. Son de diferentes edades y creo que la primera pareja que precede a los músicos son madre e hijo. La mujer, con su largo y cerrado vestido marrón, parece ser más la madre del hombre que su esposa.

No sé a qué puede deberse ese cortejo ya sobrepasado el 21 de junio. Todas las fiestas litúrgicas de la primavera, han pasado ya: Ascensión, Corpus, quizá Pentecostés la última, si la Pascua ha sido muy tardía. El cortejo tiene algo de solemne y no hay jóvenes o no se ve presencia muy joven como en el mes de mayo. Quizá es una fiesta o una celebración local pero que carece de la alegría y la espontaneidad de otras escenas nobles.

De nuevo vemos la elegancia de los vestidos influidos por la moda borgoñona. La corte de Borgoña es donde se inventó la moda tal como la conocemos: la necesidad creada de cambiar de vestido antes de que este estuviese inservible o deteriorado. Pero eso es algo que durante siglos se lo pudo permitir una minoría. La moda no fue sólo una cuestión femenina, pues no hay más que ver a los hombres del cortejo del mes de junio. Pero ya en el Renacimiento, la mayor parte de los críticos sociales consideraban que la moda era asunto de mujeres, confirmando así una asociación entre las ropas y el sexo femenino que habría de durar durante siglos: Doña moda y doña elegancia / son dos hermanas. Pero nada hay nuevo. Esta misma asociación también se observó en la Roma imperial, donde los autores satíricos y los moralistas desarrollaron todo un estilo burlón y ridiculizante sobre el apego de las mujeres a la vestimenta lujosa, que sería recogido y desarrollado por los primeros críticos cristianos, como Clemente de Alejandría y Tertuliano. Sus argumentos, perdieron fuerza y audiencia a lo largo de los siglos del asentamiento germano que produjo una Europa nueva y menos urbana. Y es que pesar de los panegíricos de Tácito sobre los germanos y sus “sanas costumbres” comparadas con las que él consideraba el corrupto modo de vida romano en el siglo II, pues siempre ha habido moralistas estúpidos y antipáticos partidarios del buen salvaje, los germanos acogieron los lujos de imperio con mayor placer que el que le hubiera gustado admitir a Tácito y dentro del mundo germano moralistas como San Adelmo y Alcuino de York, tendieron a describirlos como un vicio masculino.

Las mujeres tardarán siglos en acortar las faldas, pero los hombres no escatimaron metros de tela lujosa, probablemente paños flamencos teñidos de rojo, azul, verde, que no desmerecen de los de sus compañeras, para sus largas hopalandas de ceremonia, con mangas tan largas y amplias, y tan inútiles para cualquier trabajo como los vestidos de las mujeres que los acompañan. Y de nuevo, como en enero y en mayo, el mismo personaje con su largo traje de probable terciopelo rojo y su barba rubia. Es el primero del cortejo, lo vemos de espalda y perfil, acompañando a la mujer de vestido azul grisáceo y larga trenza rubia.

Junio cortejo

Es un misterio esa salida solemne del recinto de la ciudad, en fila que ya da la vuelta o se ha detenido. Rampantes, como en los antiguos sellos mesopotámicos, dos perrillos delgados, los galgos que veremos en otros meses, se enfrentan, y más hacia el centro de la pintura, persiguen a las perdices. En esta época entre mayo y julio, espontáneamente en el campo, han florecido las azucenas, el lilium candidum de los cuadros de la Anunciación y que la monarquía francesa eligió como flor heráldica.

El cortejo ha salido de la ciudad. Esta vez el Maestro Wenceslao ha pintado una ciudad menos detallada y más de juguete. Por la puerta de la muralla, habiendo cruzado ya el puente levadizo, tan alta como la misma puerta, una dama solitaria vestida de verde, acompañada por un perrito delgado lleva una caja o arqueta en las manos. ¿Se dirige al cortejo del que ha quedado rezagada? ¿Lo espera a que regrese? Acaso no tenga ver nada con él, como tampoco el elegante joven vestido de rojo, que se dispone a salir cruzando el puente.

Qué desproporción en los tamaños que no respeta la escala de las cosas. Porque a pocos centímetros de la puerta de la ciudad pero muchos kilómetros en la lejanía real y cientos de metros, quizá superando los mil metros de altura, hay otra escena. Nada que ver con los elegantes vestidos y las músicas que cierran cortejos de la nobleza. Ahora de nuevo como es habitual volamos sobre las escena y vemos los tejados de las cabañas. Cabañas que son un bloque rectangular, de paredes de troncos y techo de paja. Esas cabañas dan albergue a las mujeres y hombres que se ocupan del ganado en los pastos de montaña. El invierno ha quedado definitivamente atrás y las nieves perpetuas, están a mayor altura, pero entre junio y agosto la hierba es abundante, jugosa, y el ganado que ha pasado el invierno en los establos de las tierras bajas, alimentado con heno cortado en el verano anterior, sube a las montañas. Una trashumancia que se remonta desde la edad del bronce, quizá incluso antes, desde la misma domesticación del ganado vacuno. Las vacas son más exigentes en su alimentación que ovejas y cabras, que son ganado de zonas más pobres y secas.

Junio vaqueras

Durante tres, con suerte cuatro meses, el ganado vacuno podrá moverse libremente por los pastos, las vacas tendrán sus terneros y podrán alimentarse de la hierba nutriente y perfumada de los pastos alpinos, llena de plantas aromáticas como la aquilea almizclera que favorecen la lactancia. En otros tiempos, los animales se moverían ellos solos para buscar los pastos, domesticados ahora, son las vaqueras los que los cuidan. La escena que ha pintado el maestro Wenceslao es idílica. Las vacas están agrupadas, tranquilas, echadas sobre la hierba, con una expresión de felicidad animal en los ojos. Una mujer ordeña a una de las vacas, otra entre las cabañas, acarrea los cubos de leche, y otra con la mantequera, hace mantequilla, la grasa comestible y lujosa de estas tierras alpinas. Los animales pueden vivir unos meses de libertad en los pastos de altura, pero no están solos. No sólo porque hay que protegerlos de lobos, sino porque toda una explotación de recursos que serán necesarios para sobrevivir en invierno depende de ello.

Junio mantquera

Escena idílica de duro trabajo. Hay que ordeñar todos los días, no hay domingos ni fiestas, hay que acarrear la leche y estar horas y horas moviendo el mango de la mantequera. Convertir la leche en queso como hace el cuarto personaje de la escena. Personaje ambiguo que no podemos asegurar si es hombre o mujer. De todos los trabajos que vemos es el más prestigioso, depende al menos de otros dos: el ordeño y acarreo que hacen sin duda mujeres. Y sin ninguna duda, la elaboración de la mantequilla la hace una mujer. Como el huso, instrumento de la primera fase del proceso textil, necesario pero repetitivo y monótono, siempre se ve en manos de mujeres, la mantequera es algo similar. Trabajo de mujeres. Trabajo de horas y horas haciendo los mismos y monótonos movimientos. Trabajos necesarios y trabajos despreciados. ¿Acaso el queso no lo puede hacer una mujer? Sí puede hacerlo y de hecho lo haría, es posible que el personaje de rojo sea una mujer también. Pero seguro que en los pastos de altura no habría solo mujeres cuidando del ganado. Y el trabajo se repartiría y habría trabajos que de ninguna manera harían los hombres. Los hombres no harían mantequilla. Los hombres si podían evitarlo no ordeñarían a las vacas. Y también evitarían en lo posible el trabajo de bestia de carga con los baldes de leche. El personaje vestido de rojo claro con su tocado amarillo esperaría a que llegara la vaquera con la leche a la zona de las cabañas y allí comenzaría su trabajo de separar los distintos componentes de la leche para fabricar el queso que maduraría en las cabañas, serviría para comerciar y alimentaría el próximo invierno.

Junio elaboración del queso

Francesco Landini (c.1325 – 1397)
La bionda treçça

Brial

Mayo. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Idus Maiae: Mercuralia

La dama vestida de verde del mes de abril cuyo vestido es cruzado por la columnilla torsa se incorpora al cortejo del mes de mayo. La escarpada roca rojiza de abril es el terraplén en el que una muralla del mismo color tiene sus cimientos. Sol en Géminis. El horizonte alto de bosques y montaña da paso al cielo azul oscuro. No debió utilizar el Maestro Wenceslao, ni el carísimo lapislázuli, ni casi la menos cara azurita para el cielo. Probablemente utilizó el glasto o el índigo de los tintes textiles. El glasto y el índigo que oscurecen de una manera no muy atractiva. Han pasado seis siglos desde que se pintó el fresco. Muy avanzado está el mes de mayo ya en estas tierras al pie de los Alpes en las que la primavera es tardía.

El mes de abril ha sido de afanosa labor en los campos. En el mes de mayo las cosechas que se recogerán a partir de junio siguen su curso en la tierra. No es una estación muerta de trabajo agrícola, pero los trabajos más duros están hechos. Habrá que esperar a que el sol entre en Cáncer para que los trabajos que darán alimento en los meses del invierno se inicien de nuevo.

Pasado el día 20 de mayo, ya hemos dejado Tauro, la nieve y el frío han quedado definitivamente atrás, los prados y los jardines se cubren de flores. Verde es el color que predomina en esta escena. Estamos tan acostumbrados al paisaje campestre como lugar de esparcimiento que no nos damos cuenta que eso no siempre ha sido así. Fue la Edad Media la que nos enseñó la belleza de la naturaleza, algo que luego desarrolló tanto el arte del Renacimiento. En el arte griego, el cosmos helénico sólo se preocupa de lo humano o de lo divino con figura humana. El cosmos latino atiende más a la naturaleza, ésta se manifiesta en el arte, en la pintura, en los relieves de la escultura, y la Edad Media que hace desaparecer el paisaje de la representación visual durante casi mil años, sin embargo, presenta la naturaleza en la literatura. El bosque, el prado florido, el locus amoenus de la villa clásica se manifiestan en las letras, llena la poesía de los trovadores y las flores y las plantas treparán por los márgenes de los manuscritos, hasta que en el siglo XIV los árboles, las hierbas, las flores, el paisaje, comiencen a invadir los fondos de la pintura.

Con sus ropas más elegantes los habitantes del castillo, los vecinos de los castillos cercanos, las visitas de las cortes principescas italianas se disponen a disfrutar del tiempo al aire libre, de la belleza de los días primaverales. Jóvenes y menos jóvenes, todos los personajes de esta escena son cortesanos. No hay campesinos en esta escena del Maestro Wenceslao…, o sí. Por un sendero entre los rosales parece haber un personaje que empuja algo parecido a una carretilla alta. El deterioro del fresco lo hace casi invisible. Desde la poesía de los trovadores, la primavera, mayo, son los meses del amor. Se exalta tanto la naturaleza como el sentimiento. Ocho parejas se distribuyen el espacio de la escena. Y una figura femenina no emparejada, pero no sola.

Sigamos por el sendero que caminaban las damas de naranja y verde del mes de abril. De perfil con tocado azul y barba rubia, con un largo manto rojo de probable terciopelo forrado del mismo azul que su tocado vemos al primer personaje. El Maestro Wenceslao no ha escatimado en el color de sus ropas, el rico color rojo probablemente procede del bermellón de cinabrio, y el forro azul claro, su tocado, produce de la azurita. Color que se repite también a toques en las ropas, los forros y los tocados de otros personajes. Este caballero de barba rubia en primer plano, tiene un gran parecido con el que en el mes de enero lanza bolas de nieve. Hacia él se inclina como escuchando la figura femenina de vestido claro, casi blanco. La mano del hombre parece estar sobre el brazo de la figura femenina que los precede y a la que parecen acompañar. Éste es el único personaje no emparejado, y que con estos dos forma trío. Vestida de blanco, ligeramente más baja, podría ser la hija adolescente, la jovencita de doce o trece años, a la que sus padres acompañan y dejan por primera vez ir a las fiestas de mayo en la pradera.

Muy cercanos a este trío, una pareja, vestido de verde él, un deterioro del fresco nos impide ver su cara, también de perfil, también con barba rubia. La mujer, vestida de rojo brillante se inclina al escucharle.  En un ligero plano más al fondo otra pareja: ella con vestido naranja, él con traje negro y tocado con cintas azules, inclina la cabeza para hablar o indicar algo a la mujer. Ella lleva en sus brazos un perrito blanco, probablemente un perrito maltés. Estas tres parejas, todas en pie, la que acompaña a la jovencita, la vestida de rojo y verde, y la de naranja y negro con el perrito, son las que parecen más maduras, las que ya llevan tiempo juntos, incluso el perrito que lleva la dama puede ser uno de esos perritos de lanas malteses que se ponían al pie de los sepulcros de las damas como alegoría de la fidelidad. Llevan años juntos, pero también para ellos mayo es estación del amor, donde pueden revivir los recuerdos de un mayo ya lejano en que se encontraron en la situación de las otras tres parejas de la escena.

Parecen recortados, como flotando en la pradera, entre las flores, los matorrales y los arbustos que probablemente son rosales blancos. Cercanos al espectador, entre la parte abierta del imaginario pabellón, las otras tres parejas repiten la misma situación: el hombre arrodillado ante la mujer sentada como rindiéndoles homenaje feudal, en dos ellas. Más al fondo, otra pareja, ambos arrodillados unen sus manos. Mayo es mes propicio al amor y a buscar novia, que será la esposa futura. Las formas del amor cortés han suavizado las costumbres. La mujer adopta el papel del señor, es el hombre el que se inclina ante ella, incluso ella lo corona. La situación social de las mujeres está muy lejana de tan idílica escena.

Estos personajes sí parecen más jóvenes. También cambia el vestido. A las largas hopalandas de los caballeros que pasean acompañados por sus esposas, estos llevan, excepto el hombre arrodillado de primer plano, quizá un letrado o un erudito, el jubón o jacquete, y las calzas. Incluso calzas a la italiana, de diferente color en cada pierna. Y varios de los personajes de le escena llevan los zapatos de larguísima punta.

Los vestidos de ellas oscilan entre el vestido ceñido de cintura alta y el brial suelto desde los hombros, que recuerda las modas del siglo XIII. Blanco color de luz. Blanco que difícilmente sería completamente blanco por la imposibilidad de lograrlo en esos momentos. Las mangas, tanto en hombres como en mujeres, se ensanchan exageradamente a partir del codo.  El vestido cambia, no hay la uniformidad que tenemos ahora cuando parece que hay tanta variedad. Viendo a estas damas no puedo dejar de recordar los versos del Romance de la Condesita:

Se retiró a su aposento,
llora que te llorarás;
se quitó medias de seda,
de lana las fue a calzar;
dejó zapatos de raso,
los puso de cordobán;
un brial de seda verde
que valía una ciudad,
y encima del brial puso
un hábito de sayal;
esportilla de romera
sobre el hombro se echó atrás,
cogió el bordón en la mano
y se fue a peregrinar
.

La moda no fue sólo cuestión femenina. A finales del siglo XIV, las mujeres, en general, iban vestidas de manera menos extravagante que los hombres. Los zapatos de punta exagerada eran generalmente zapatos masculinos. Todavía estas damas trentinas no van encorsetadas, incluso una de ellas, con el vestido rosa pálido, coronada, lleva su túnica suelta sin ceñir, como en el siglo XIII. Aunque ya comienza a existir lo que conocemos como “moda”, ésta se nutre de las aportaciones de distintos lugares de Europa. Por esta misma época en que se pintó el fresco, llamaban la atención los jóvenes caballeros genoveses que aparecían en la corte de Milán con sombreros y botas alemanes, cinturón catalán, jubón italiano y bata al estilo borgoñón de tela inglesa.

Hay una escena que me llama especialmente la atención porque es la primera vez, que yo sepa, que aparece en la pintura. A medida que vamos avanzando hacia, es un decir, al que nos tiene acostumbrados la pintura desde el Renacimiento, el fondo. Para el mundo de la nobleza el campo no es el lugar del duro trabajo, la maldición de Adán con la azada y el arado. El campo es el lugar de esparcimiento. En los dulces días de mayo de finales del siglo XIV es posible ver una mesa puesta en el campo con su mantel blanco y su servicio. Cercana a una fuente. Una escena cotidiana, que seiscientos años después podemos ver en tantos lugares de Europa. Creo que el Maestro Wenceslao ha pintado el primer picnic conservado de la historia de la pintura.

Si antes hemos visto a las parejas caminar entre las flores y ofrecerse sus promesas de amor en el prado mirándolas de frente, ahora ante este grupo de cuatro, los dos hombres y la mujer sentados a la mesa, la mujer que se acerca a la fuente, que disfrutan de su comida al aire libre, cercanos a la ciudad, de nuevo vemos las cosas a vista de pájaro. La perspectiva caballera que usa el Maestro Wenceslao. A ellos los vemos de frente, pero la mesa servida, la fuente, los tejados rojos de la ciudad, la iglesia blanca gótica con sus torres en la fachada y sus contrafuertes, los vemos como si voláramos. De nuevo el punto de vista cambiante, el ojo saltarín y la desproporción de los tamaños.

Tan altos como las murallas de la ciudadela son los comensales del picnic. En las tierras del Trentino no había ninguna ciudad con esas características. El obispo moravo que encargó los frescos al Maestro Wenceslao debió describirle algún lugar amado. Un foso o río, un puente levadizo de madera suspendido sobre él. Murallas con almenas y barbacana para defender la puerta. En la ciudad, en el piso superior de los edificios, amplias ventanas típicas del gótico. La ciudad es imaginaria, pero si nos fijamos, cercano a la iglesia, en la plaza, hay un pórtico con columnas cuyo capitel podría ser tanto toscano como jónico, y detrás de la iglesia blanca, hay una columna, sobre la que se yergue una estatua. Estamos en el Otoño de la Edad Media y estamos muy lejos de Roma y de Florencia, sin embargo, en pequeños detalles, parece que el Renacimiento está llegando también a estas tierras del norte.

Detalle del mes de mayo.

Detalle del mes de mayo.

Francesco Landini (1325-1397) – Ecco la primavera

Ecco la primavera, / Llega la primavera
Che’l cor fa rallegrare, / que alegra el corazón,
Temp’è d’annamorare / tiempo de enamorarse
E star con lieta cera. / Y estar con la cara feliz.

Noi vegiam l’aria e’l tempo /Vemos que el aire y el tiempo
Che pur chiam’ allegria / que también llaman a la alegría
In questo vago tempo / En este bello tiempo
Ogni cosa vagheça. / todo es belleza.

L’erbe con gran frescheça /La hierba con gran frescura
E fior’ coprono i prati, / y las flores cubren los prados,
E gli albori adornati / y los árboles se adornan
Sono in simil manera. /de similar manera.

Ecco la primavera /Llega la primavera
Che’l cor fa rallegrare /que alegra el corazón,
Temp’è d’annamorare /tiempo de enamorarse
E star con lieta cera. / Y estar con la cara feliz.

Traducción propia.

Ahora sí. Me callo hasta más allá de las nonas, quien sabe si hasta los idus de junio. Gracias a todos los que seguís visitando en este lugar.

Arado

Abril. Ciclo dei mesi. Maestro Wenceslao, c. 1400. Castello del Buonconsiglio, Trento.

Ante diem septimum Kalendas Maias: Robigalia, Serapia

Contemplamos un paisaje y con nuestra percepción educada por el arte desde hace más de 500 años lo vemos normalmente en formato horizontal. Si queremos hacer una foto, usamos la forma “landscape”, pero hay paisajes en vertical. Miremos el que se abre al mes de abril en el Trentino. Es un paisaje en formato vertical. Casi todos los paisajes del gótico, donde el paisaje comienza a colonizar los fondos de la pintura, ya fuera en las miniaturas o en frescos, son verticales. Hay excepciones, claro. Como también las hay en épocas posteriores.

Un paisaje vertical, no sabemos lo que representaba el mes de marzo perdido en un incendio, pero este del mes de abril está separado del siguiente del mes de mayo por una fina columna torsa, rematada por un capitel vagamente corintio. Pero no es una columna, sino el poste de un pabellón. Un pabellón al aire libre que sostendría un techo y unas paredes de tela, como una tienda de campaña. Entre un poste y otro se abrían las telas y se contemplaba el paisaje. Entre dos postes un mes distinto y una estación del año. De ahí que fuera vertical, pero solo es una excusa, un artificio del pintor. Pero de eso quizá escriba en otro mes, no en este.

Dirijamos la mirada al lejano horizonte. De nuevo tenemos ese cielo azul oscuro y el jeroglífico solar. Sol en Aries. Ya en la tierra, el bosque y su señor, el oso. Junto a un gran haz de madera o leña cortada. El oso escarba entre la madera cortada, muy cerca de la aldea. Seis casas, paredes de madera o entramados de madera y cascajo, tejados de paja, a pesar de estar en una zona de nieves. Una de ellas, con ventanas ojivales y balcón, otra con perrera y su habitante canino dentro. Un perro blanco, desproporcionado su tamaño, en la plaza. Una iglesia encalada de tejado rojo, con ábside semicircular y espadaña sobre la cabecera. Un pozo con cigüeñal. Como en las casas de la aldea, como en la iglesia de tejado rojo, lo vemos desde arriba. Vemos el brocal circular, así como vemos los tejados como si estuviésemos volando. Un poco más allá la construcción de madera y la rueda vitrubiana de un molino hidráulico. El molino de la aldea, propiedad el señor, probablemente del obispo de Trento. Todo tiene un aire de pesebre navideño, de juguete. Cerca del molino, un caminante con su bastón, sentado, descansando del camino. Es tan grande como la casa de la perrera y más grande que el molino.

Miremos hacia la derecha. El horizonte está cerrado por dos zonas de roca o tierra de distinto color, amarillenta una y rojiza otra. Algunos árboles crecen entre ellas. Y un cercado hecho con estacas y juncos entrelazados. Tierra negra, fértil. Quizá traída de otro lugar. Nada que ver con lo que quizá sean arcillas o margas amarillentas o arenisca roja. Dos hombres. Mas grande, con ropas pardo mostaza, con una bolsa de grano en la cintura, uno de ellos siembra. Más pequeño, inmediatamente detrás, otro, montado en un caballo arrastra la grada de dientes de madera para romper los terrones y enterrar el grano. El caballo es rápido y fuerte y ese no es un trabajo pesado como tirar del arado. Hay que enterrar rápidamente el grano antes de que los pájaros que estarán acechando, pero que no se ven en esta pintura como se ven en tantas miniaturas, devoren el grano.

Mes de abril, una primavera todavía fría en estas tierras que son bisagra entre el mundo mediterráneo y Europa central. En las tierras mediterráneas no se puede sembrar en abril. Antes de que las espigas granasen el calor las agostaría. Pero tampoco en estas tierras más frías y húmedas se sembraría trigo o centeno para hacer pan en abril. Son cereales lentos que precisan más tiempo para madurar. El trigo y el centeno despuntarán en marzo o abril sus brotes pero se han sembrado meses antes, en otoño, y han dormido bajo la nieve. Los granos que están en la bolsa del sembrador serán probablemente cebada o avena. Cereales de segunda categoría conocidos, como los otros dos, desde el neolítico, no aptos para el pan pero sí para las gachas y la cerveza. Se los conocía como cereales tresmeses, en junio sería posible su siega. Si los tiempos son buenos y la cosecha abundante incluso servirán para alimentar el ganado, sobre todo esos dos caballos campesinos, animales caros y exigentes.

Un camino de tierra rojiza y dos hombres más. Uno de ellos con un saco a la espalda, otro descalzo, delante, conduce una yunta de bueyes que parece arrastrar una carreta.  A la izquierda del camino otro cercado de juncos. Dos árboles, probablemente manzanos en flor. Dos mujeres, vestida de rojo una y otra de blanco, agachadas, casi arrodilladas, trabajando. ¿Nos engaña el Maestro Wenceslao? En este cuadro de la vida campesina ¿ha querido hacer más bonita la escena? Meses tendré para hablar del trabajo de las mujeres en el campo. Estas dos mujeres no son campesinas, están plantando y regando un jardín de hierbas pequeñas, di erbe piccole, como decía Pietro di Crescenzi. Sutiles y diminutas: salvia, menta, albahaca, mejorana, violetas, azucenas, rosas e iris. La mujer vestida de rojo siembra las plantitas, la de blanco con un cuenco de terracota, con su pulgar e índice las riega. Las campesinas no se dedican a la jardinería y ninguna campesina ni dama trabajaría en el jardín con su mejor vestido, de color rojo, el color de la fiesta. Pero ese color es el que nos dice que estás mujeres no viven en la aldea sino en el castillo.

Sigamos avanzando y llegamos casi al primer plano. Un bosquecillo con los árboles con sus hojas. Estamos en abril, el invierno no es excesivamente largo en el Trentino, pero es duro. Estos árboles con todo su follaje serán probablemente encinas. Los robles son lentos y aún estarán desnudos. En el bosque un zorro persigue una libre o un conejo. Las lluvias de primavera han llenado el sotobosque de setas blancas.

Ya estamos en el primer plano. Cuando se abren las imaginarias colgaduras verticales de este pabellón pintado, a la altura de nuestros ojos es lo primero que vemos: otro recinto cercado, en este acaso de árboles frutales. Árboles que aún no tienen flor. Dos mujeres, estas sí, dos damas, las figuras más grandes de toda la imagen, con elegantes vestidos borgoñones de talle alto y amplias mangas. Una, verde amarillento, tinte dificilísimo de obtener en esta época de finales del siglo XIV.  La otra, con su vestido escotado de color naranja, pues no es totalmente rojo ni es amarillo. Otro color casi imposible. ¿Nos engaña de nuevo el Maestro Wenceslao? ¿Pintó con los colores que prefirió en ese momento? ¿Utilizó los pigmentos de que disponía sin tener en cuenta la realidad? Un pintor de esa época no hace realismo, en verdad, ningún pintor tiene por qué hacerlo. El verde es un color inestable y conseguirlo en los tintes en aquella época era prácticamente imposible. De verde, de verdes parduzcos, podrían vestir los campesinos pero no la gente pudiente. Los tintes no se mezclaban, pues la Edad Media abomina de la mezcla y tampoco sabe nada del espectro. Para un pintor, para un tintorero de la Edad Media, el verde no es un color que esté entre el amarillo y el azul. Como el naranja no es un color que esté entre el amarillo y el rojo. Y no se mezclan los tintes no sólo porque la mezcla se considere algo indeseable, sino porque los tintoreros trabajan con unos colores y todo está perfectamente reglamentado. Los tintoreros de rojo no tiñen de azul, lo tienen prohibido, y al revés. Los tintoreros de rojo podían teñir de amarillo y los de azul de negro, pero sus lugares de trabajo y las cubas de los tintes estaban muy alejadas unas de otras. El vestido naranja se podía conseguir con manipulaciones de la rubia, el tinte más abundante y barato para el color rojo, pero el vestido verde tuvo que salir de experimentos que hicieran los tintoreros de azul, o de que el Maestro Wenceslao quiso pintar un vestido verde…, o que los restauradores del Ciclo dei Mesi tras el incendio repintaran los frescos como les dio la gana.

La dama de verde ya se aleja, el poste-columnilla torsa cruza su vestido, pero sin embargo, aunque ellas son más grandes, en primer plano tras el huerto de frutales hay otros personajes: hombres y animales. Otro campo de tierra negra, una yunta de bueyes, un caballo que tira de ella, algo inusual, dos hombres. El que conduce el arado y el “timonel” del tiro de animales que conduce al caballo. Esta parte de la pintura seguro que ha hecho las delicias de los historiadores de la economía medieval, pues aquí en todas sus partes, está representado un arado pesado. Un arado con ruedas, cuchilla, reja y vertedera. Con sus partes metálicas, tan importantes que se dejaban en los testamentos, pues estamos muy lejos de la sociedad de consumo. Tan pesado e incómodo que para tirar de él, se necesita en este pintura una yunta de bueyes y un caballo. El arado que libro tras libro se dice que aparece hacia el año mil en la zona de Normandía. El arado que introducen en Inglaterra los hombres de Guillermo el Conquistador, el arado de la Europa central y atlántica, la revolución agrícola de la Edad Media, bla, bla, bla…

En estas mismas tierras fronterizas con Suiza, Austria y el sur de Alemania, en el siglo I d.C. Plinio el Viejo en su Historia Natural, menciona un arado que se utilizaba en el norte de Italia tirado por ocho bueyes. No se trataba del arado ligero mediterráneo que también se ha usado hasta tiempos recientes. Plinio también hablaba de un arado montado sobre dos ruedas que se usaba en los Alpes, llamado plaumorati, una palabra no latina que ha sido interpretada como plovum raeti, arado de los Recios, la provincia Raetia del Imperio Romano. Esto desmonta la hipótesis del atraso del mundo clásico con sus arados ligeros que apenas arañaban la tierra, incapaz de inventar un arado más eficaz para las tierras profundas y pesadas…, pero este escrito es ya demasiado largo y el Maestro Wenceslao me dejará seguir escribiendo sobre el arado en otro mes.

He hecho algo de trampa comenzando por el horizonte que no es tal. He hecho trampa porque también el Maestro Wenceslao la hace, mejor dicho, no se trata de trampa sino que todavía estamos en el gótico y la pintura hace diversos ensayos aunque tampoco este término es correcto. Esta pintura sería considerada una aberración cincuenta años más tarde cuando ya haya comenzado el Renacimiento y se apliquen las leyes de la perspectiva cónica. Porque en el mes de abril, el Maestro Wenceslao aparte de utilizar la perspectiva caballera, y un punto de vista alto casi siempre, por eso parece que estemos volando sobre la escena, utiliza un procedimiento muy arcaico, que nos hace retroceder más allá del año mil. El mes de abril es demasiado importante para la supervivencia de todos y casi todas las escenas tienen que ver con trabajos del campo. No tenemos castillo, no tenemos de hecho, escenas cortesanas. Solo están esas dos jardineras y las damas que pasean y se alejan por la derecha…, pero esas dos damas pese a estar en un plano posterior al arado pesado y los dos campesinos que trabajan con él, están representadas en tamaño más grande. El Maestro Wenceslao ha dado toda su importancia al campo y a sus habitantes pero no ha podido evitar utilizar la perspectiva inversa para que estas damas de la nobleza destaquen sobre los demás personajes.

Anónimo siglo XIV – Rotta della Manfredina

El padre del autor de “En la forêt de Longue Attente”

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans (después de la restauración), ¿Colart de Laon? Temple graso, 56,5 x 42 cm, 1405 -07 – 1408. Madrid, Museo Nacional del Prado

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans (después de la restauración), ¿Colart de Laon? Temple graso, 56,5 x 42 cm, 1405 -07 – 1408. Madrid, Museo Nacional del Prado

Fuente de la imagen: Museo del Prado

Ante diem tertium Nonas Apriles

En los últimos tiempos me enfado bastante con el Museo del Prado. Las restauraciones, los cambios de atribución, la atribución a grandes maestros de según que cosas. Pero sobre todo las restauraciones. Y también los cambios de lugar de los cuadros y cierta ordenación caótica. Pero he de admitir que esta restauración la encuentro modélica. Y el museo de enriquece con una obra de las que tiene muy pocas, por no decir prácticamente ninguna, del gótico internacional francés.

He de admitir que me encantó verla ayer. Aunque sea pequeña merece un tiempo para disfrutarla. Pero yo tengo especial predilección por el gótico internacional y esta época como se puede ver por este blog.

No hace falta que sea yo quien cuente las cosas. Mientras El Prado mantenga los vídeos y la información, está aquí:

La Oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans, de Colart de Laón (?), (1405-1408)

John Dunstable (c.1390 – 1453) – Agnus Dei

WordPress, continúa muy tonto con el reproductor de audio.

Solsticio

Algarrobo, dedal del sol

Ante diem duodecimum Kalendas Ianuarias: Divalia, Angeronalia, Saturnalia, Hercules et Ceres

Amarillo, amarillo hacia el naranja, de un color con nombre, al nombre de una fruta. Color de sol. Pétalos casi tan sutiles, casi tan frágiles como las amapolas boreales. Amapolas de rojo encendido con pétalos como seda. Flores que no soportan ser cortadas. Amapolas en las lindes, de los trigales, de los campos de cereal del hemisferio norte. Amapolas anaranjadas de los campos del hemisferio sur.

Me levanto en la oscuridad de los días cortos del año, antes de que me de cuenta, en la tarde, ya es oscuro de nuevo. Simétricamente al otro lado del ecuador todo es diferente.

Al sol siempre se le celebra. Se le celebra en los días de oscuridad hasta que llega el momento, esos rayos perpendiculares al Trópico de Capricornio, que poco a poco remontará la luz. Se celebra con hogueras cuando esos rayos perpendiculares al Trópico de Cáncer nos den el día, aquí arriba, más largo de luz, y sin embargo, comiencen a alargarse las noches.

Trópico de Capricornio, 23º 26′ 16” S, en el Desierto de Atacama (Chile)

Pero en nuestro solsticio de invierno, mientras celebramos al sol invicto, también invicto es el sol en el verano astronómico del hemisferio sur.

Una pregunta, a mis lectores de más allá del Ecuador hacia el Sur ¿Canta el cuclillo en el paralelo 40º S y más allá hacia la Antártida?

Sumer Is Icumen In – Anónimo inglés c. 1240

Sumer is icumen in,
Lhude sing cuccu!
Groweþ sed and bloweþ med

And springþ þe wode nu,
Sing cuccu!
Awe bleteþ after lomb,
Lhouþ after calue cu.
Bulluc sterteþ, bucke uerteþ,
Murie sing cuccu!
Cuccu, cuccu, wel þu singes cuccu;

Ne swik þu nauer nu.

Sing cuccu nu. Sing cuccu.
Sing cuccu. Sing cuccu nu!

Traducción: el inglés medieval no está entre mis habilidades.

Y otra pregunta: ¿Se ha acabado el mundo?

Can vei la lauzeta mover

Paul, Hermann y Hanequin de Limbourg. Mes de Agosto. Muy Ricas Horas del Duque de Berry. Museo Condé. Chantilly

Kalendae Augustae: Festum Spei et Martis

Agosto, agosto, dulzura del verano, qué lejos parecemos estar de la caída de las hojas, de la mengua de la luz, de los fríos del invierno. Es cierto que entre Leo y Virgo faltan los datos astronómicos, ya no llegaron aquí los calígrafos, pasó el aciago 1416, el manuscrito inacabado comenzó su odisea, pero Leo y Virgo brillan en el cielo del verano.

Al fondo, ocre, siena, tostado, amarillo de los trigales, está el castillo de Étampes, del que aún hoy día quedan restos. Étampes, nombrada por Felipe Augusto una de las doce buenas ciudades de Francia, posesión amada por Jean de Berry, tomada en 1411 por los borgoñones. Es nostalgia de la ciudad, del castillo perdido lo que pintan Pol, Hannequin y Hermann. Sólo muchos años más tarde, en 1478, cuando Jean de Berry yacía en Bourges junto a su oso de piedra, la ciudad volvería a ser del rey de Francia.

Azul ultramar en la línea del cielo que dibuja el castillo, verde jugoso en las copas de los árboles.  Se distinguen las torres, la capilla con sus contrafuertes, los edificios cubiertos de tejas, la alta torre del homenaje, la torre de Guinette cuadrangular rodeada de torres en ángulo que existe hoy día. Amaba este lugar, perdido cuando lo pintaron los hermanos, el Duque de Berry.

Los campesinos en este agosto caluroso para tan alta latitud, engavillan el trigo en un campo en pendiente que acaba de ser segado. Hace tanto calor que no bastan los sombreros de paja, el río Juine ofrece un inmediato frescor. Una campesina se apresta a desnudarse en la orilla. Como ranas, deformados por la refracción del agua, dos más se refrescan. Tarde de verano con el sol radiante, el trabajo está casi hecho, no hay tributos que pagar, la vida se encuentra en cada rincón, el invierno, la desesperanza y el hambre están muy lejos.

Por el camino, ante el prado, dos perros, tres caballos, cinco personajes montados. Un caballero ricamente ataviado con capa roja y azul ultramar, dos colores imposibles unir en tintes en esa época, con caperuza blanca, porque los nobles no están exentos del poder del sol, conduce a dos parejas, caballero y dama, que llevan como él, el halcón al puño. Caza ligera, sin peligro, en la que podían participar las damas. Ambas tocadas de blanco, una vestida de rosa, la otra con vestido marrón con volante blanco. El caballero de ésta, con sombrero de paja que le acerca a los campesinos, lanza el halcón.

De nuevo, aunque estemos en el campo, aunque veamos a los campesinos trabajar, estamos ante una escena cortesana. Si, los campesinos siegan y gavillan, nadan en un descanso en la tarde calurosa, el caballero se cubre con un sombrero de paja y el halconero, también con sombrero de paja, con dos halcones en el antebrazo, con la túnica ligera y las piernas semidesnudas conduce la comitiva. Algo en esta escena nos dice que no estamos en el tiempo jubiloso de abril y mayo. Estamos lejos. Lejos de Étampes, en manos del Duque de Borgoña, lejos del sobrino nieto querido, Charles de Orléans, prisionero en Inglaterra.  Lejos de la juventud, aunque la guerra estaba ahí presente e intermitente, la juventud que podía afrontarlo todo porque para todo había tiempo. Ahora, en agosto, cuando la luz de verano aún se prolonga en la tarde, cuando todavía canta la alondra, es tiempo de hacer balance y afrontar lo que queda de la vida, como en una cacería de halcones en la que no se quiere ser la presa.

Bernart de Ventadorn (…1147 – 1170…)
Can vei la lauzeta mover

I.

Can vei la lauzeta mover / Cuando veo la alondra que mueve
de joi sas alas contral rai, / de alegría sus alas contra el rayo de sol
que s’oblid’ e.s laissa chazer / y que se olvida y se deja caer
per la doussor c’al cor li vai, / por la dulzura que le entra en el corazón,
ai! tan grans enveya m’en ve / ¡ay! entonces siento tal envidia
de cui qu’eu veya jauzion, / por cualquiera que vea alegre,
meravilhas ai, car desse / que me admira como al instante
lo cor de dezirer no.m fon. / el corazón no se me funde de deseo.

II.

Ai, las! Tan cuidava saber / ¡Ay desdichado! ¡Creía saber tanto
d’amor, e tan petit en sai, / del amor y sé tan poco!
car eu d’amar no.m posc tener / pues no puedo abstenerme de amar
celeis don ja pro non aurai. / a aquella de la que no tendré beneficios.
Tout m’a mo cor, e tout m’a me, / Me ha quitado el corazón y a mí
e se mezeis e tot lo mon; / y a sí misma y a todo el mundo;
e can se.m tolc, no.m laisset re / cuando se me fue, no me dejó nada,
mas dezirer e cor volon. / sino deseo y un corazón anhelante.

III.

Anc non agui de me poder / ya no tuve dominio sobre mí
ni no fui meus de l’or’ en sai / ni fui mío desde el momento
que.m laisset en sos olhs vezer / que me dejó mirar en sus ojos,
en un miralh que mout me plai. / en un espejo que me agrada mucho.
Miralhs, pus me mirei en te, / Espejo, desde que me miré en ti,
m’an mort li sospir de preon, / me han matado los profundos suspiros,
c’aissi.m perdei com perdet se / de modo que me perdí igual que se perdió
lo bels Narcisus en la fon. / el hermoso Narciso en la fuente.

IV.

De las domnas me dezesper; / De las damas me desespero
ja mais en lor no.m fiarai; /nunca más confiaré en ellas;
c’aissi com las solh chaptener, / así como las solía defender,
enaissi las deschaptenrai. / así las atacaré;
pois vei c’una pro no m’en te / pues veo que ni una sola me ayuda
vas leis que.m destrui e.m cofon, / para con aquella que me destruye y confunde
totas las dopt’ e las mescre, /dudo de todas, en ninguna creo,
car be sai c’atretals se son. / porque sé que son todas iguales.

V.

D’aisso’s fa be femna parer / En eso parece mujer
ma domna, per qu’e.lh o retrai, / mi señora, y se lo reprocho,
car no vol so c’om voler, / pues no quiere lo que se debe querer
e so c’om li deveda, fai. / y hace lo que se le prohíbe.
Chazutz sui en mala merce, / He caído en desgracia
et ai be faih co.l fols en pon; / y hago como el loco en el puente;
e no sai per que m’esdeve / no sé por qué me ocurre,
mas car trop puyei contra mon. / sino porque subí demasiado alto.

VI.

Merces es perduda, per ver, / En verdad, se ha perdido la compasión
– et eu non o saubi anc mai -, / – y no lo supe nunca -,
car cilh qui plus en degr’aver, / pues aquella que debía ser compasiva,
no.n a ges, et on la querrai? / no lo es; ¿dónde la buscaré?
A! Can mal sembla, qui la ve, / ¡Ay! Qué mal parece, a quien lo ve,
qued aquest chaitiu deziron / que, a este desgraciado deseoso,
que ja ses leis non aura be, / que sin ella no tendrá ningún bien,
laisse morrir, que no l.aon. / que lo deje morir, sin ayudarle.

VII.

Pus ab midons no.m pot valer / Ya que con mi señora no me valen
precs ni merces ni.l dreihz qu’eu ai, / ruegos ni compasión, ni mi propio derecho,
ni a leis no ven a plazer / y a ella no le agrada
qu’eu l’am, ja mais no.lh o dirai. / que la ame, nunca se lo volveré a decir.
Aissi.m part de leis e.m recre; / así me alejo de ella y me aparto;
mort m’a, e per mort li respon, / Me ha muerto, y como muerto respondo,
e vau m’en, pus ilh no.m rete, / me voy – ya que no me retiene
chaitius, en issilh, no sai on. / desdichado, al exilio, no sé a dónde.

VIII.

Tristans, ges no.n auretz de me, / Tristán, no tendréis nada de mí,
qu’eu m’en vau, chaitius, no sai on. / pues me voy, desdichado, no sé a dónde.
De chantar me gic e.m recre, / Abandono y dejo de cantar,
e de joi e d’amor m’escon. / y me escondo ante  la alegría y el amor.

Traducción procedente de: Poesía de Trovadores, Trouvères, Minnesinger. (De principios del siglo XII a fines del siglo XIII). Alianza Editorial, 1981.

Er, quan renovella e gensa

Paul, Hermann y Hanequin de Limbourg. Mes de Junio. Muy Ricas Horas del Duque de Berry. Museo Condé. Chantilly

Nonae Iuniae: Semo Sancus Dius Fidius.

Miremos el mundo celestial con los siete orbes. Parece completo, están los datos astrológicos, los decanatos, las fases lunares, los días del mes y Géminis cede el paso a Cáncer, en un cielo más profundo y con más estrellas. Helio-Heraclio conduce su carro de caballos alados de fuego sobre un cielo sin nubes. Durante diez meses Helio ha llevado su carro sobre nubes de oro. En junio, cuando el verano se hace presente, cuando la luz juega con todas las superficies, el carro de Helio se desliza sobre un cielo liso, tranquilo. Pol, Hermann y Hannequin no terminaron esta miniatura. Quizá el día en que la estaban terminando faltó polvo de oro, quizá los pinceles estaban ya limpios, quizá la próxima vez se ocuparan en otra miniatura pensando que ya habría tiempo, con la lupa, con los pinceles de marta de un solo pelo, de volver sobre junio para dar los últimos y sutilísimos toques que separan el mundo de la mitología del mundo cotidiano. No volvieron nunca. Llegó 1416. En un tiempo indeterminado que no sabemos, las manos, la extraordinaria sensibilidad de los tres hermanos desaparecieron de la tierra. Entre el mundo celestial y el terrestre, en un día de junio en París, no habría fronteras.

Como en ninguna otra miniatura del calendario se juega tanto con dos colores, el azul y el verde. El cielo tranquilo sin nubes de un día de verano en Île de France, el verde del prado, de las hojas de los árboles frutales, de las pérgolas con plantas trepadoras del jardín tras las murallas. Es un mes de junio caluroso pese a estar a 48º N y ser el siglo XV una época de enfriamiento climático. Pero el tiempo, el discurrir de la Tierra nada sabe de estadísticas y de climatología histórica. Es la época de la siega del heno, algunos campesinos vestidos ligeramente con la camisa blanca, rosa, gris, y las piernas desnudas, con sombreros de paja y pañuelo en la cabeza siegan con guadaña un prado. La parte recién segada del heno se destaca en un tono verde más claro de la hierba que aún no se ha cortado. En la parte de delante, dos mujeres rastrillan el heno cortado y lo amontonan en las parvas. Ambas llevan vestidos azules aunque de tonos distintos.

La vista del paisaje está tomada desde el Hôtel de Nesle, la residencia de Jean de Berry en París. Por la mitad izquierda de la miniatura vemos el Sena con un barca, una curiosa puerta con una casa sobre ella nos abre la muralla que rodea la isla de La Cité. Estamos en el siglo XV pero los edificios son reconocibles y existen hoy día apenas modificados. Al fondo se yerguen las torres de la Conciergerie, palacio de los reyes de Francia y ya en esta época convertido en prisión. Muchos siglos más tarde el recinto de la Conciergerie sería para muchos prisioneros, para una reina de Francia, la antesala de la guillotina. Hacia la derecha dentro del recinto amurallado, donde hoy sigue en pie, la Sainte Chapelle, la joya del gótico que mandó construir San Luis.

De nuevo, en alternancia, los Hermanos Limbourg han representado una escena campesina. La postura de los hombres segando con la guadaña está minuciosamente observada, pero las dos campesinas del primer plano no desmerecen de las damas de otras miniaturas. Bajo los pañuelos que las defienden del sol, un fino rostro de pómulos marcados. De esbelto talle y pies pequeños en los que se enreda la hierba, se mueven con el rastrillo y la horca como en el salón de un castillo. Vestida de azul ultramar, con la falda recogida por delante, con la blanca camisa, la campesina tiene algo de dama de la realeza, cuyo color comparte. Ese azul que en siglo XV era imposible conseguir en un tinte textil.

El azul profundo del tímpano astronómico, el azul del cielo, el gris azulado de los tejados, el vestido de las campesinas; el verde de la hierba, el verde tierno de las hojas de los árboles, forman un dúo donde el lapislázuli y la malaquita entretejen una melodía que podemos ver hoy tal como fue en el tiempo en que los hermanos la plasmaron sobre la vitela. Códices miniados, amorosamente, celosamente conservados durante siglos. Cerradas sus tapas de rica encuadernación, en los anaqueles de las bibliotecas reales, nobiliarias, universitarias. Es allí donde están los colores de otro tiempo. Los colores que no han sido alterados por la luz, los repintes, las modas. El único lugar donde nos podemos asomar a un día de verano engalanado de hojas y flores de un tiempo perdido para siempre.

Sordello di Mantova (…1220…)
Er, quan renovella e gensa

Er, quan renovella e gensa /Ahora, cuando se renueva y engalana
estius ab fuelh’et ab flor, /el verano con hojas y flores,
pus mi fai precx, ni l’agensa / me ruega, pues le agrada
qu’ieu chant e⋅m lais de dolor, / que yo cante y deje el dolor,
silh qu’es domna de plazensa, / la que es  mi gentil dama,
chantarai, sitot d’amor / cantaré, aunque de amor
muer, quar l’am tant ses falhensa, / muera, porque la amo sin fallarle,
e pauc vey lieys qu’ieu azor. / y pocas veces veo a la que adoro.

Ai las, e que⋅m fau miey huelh, / ¡Ay! ¿de qué me sirven mis ojos
quar no vezon so qu’ieu vuelh? / si no ven a la que yo quiero?

Sitot amors mi turmenta / Aunque el amor me atormenta
ni m’auci, non o plane re, / y me mata, no me quejo,
qu’almens muer per la pus genta, / porque muero por la más noble,
per qu’ieu prenc lo mal pel be. / por la que tomo mal por bien.
Ab que⋅l plassa e⋅m cossenta / Si al menos, le placiera y me consintiera
qu’ieu de lieys esper merce, / que tuviera de su parte alguna esperanza de merced,
ja per nulh maltrag qu’ieu senta, / porque por más dolor que sienta,
non auzira clam de me. / no oirá queja alguna de mí.

Ai las, e que⋅m fau miey huelh, / ¡Ay! ¿de qué me sirven mis ojos
quar no vezon so qu’ieu vuelh? /  si no ven a la que yo quiero?

Mortz sui si s’amors no⋅m deynha, / Muerto soy si su amor no me concede,
qu’ieu no vey ni⋅m puesc penssar / porque no veo ni puedo pensar
vas on m’an ni⋅m vir ni⋅m tenha, / dónde puedo ir, ni mantenerme
s’ilha⋅m vol de si lunhar; / si me quiere alejar de ella;
qu’autra no⋅m plai que⋅m retenha, / porque a otra no me place servir,
ni lieys no⋅m puesc oblidar; / y a ella no la puedo olvidar;
ans ades, quon que m’en prenha, / al revés, lo que me pasa
la⋅m fai mielhs amors amar. / es que el amor me hace amarla más.

Ai las, e que⋅m fau miey huelh, / ¡Ay! ¿de qué me sirven mis ojos
quar no vezon so qu’ieu vuelh? / si no ven a la que yo quiero?

Chantan prec ma douss’amia, / Cantando ruego a mi dulce amiga,
si⋅l plai, no m’auci’a tort, / si le place, que no se equivoque y me mate,
que, s’ilh sap que pechatz sia, / que ella sabe que es pecado,
pentra s’en quan m’aura mort; / y se arrepentirá si me da muerte;
empero morir volria / pero morir querría
mais que viure ses conort, / antes que vivir sin consuelo,
quar pietz trai que si moria / porque sufre peor que si muere
qui pauc ve so qu’ama fort. / quien poco ve a la que tanto ama.

Ai las, e que⋅m fau miey huelh, / ¡Ay! ¿de qué me sirven mis ojos
quar no vezon so qu’ieu vuelh? / si no ven a la que yo quiero?

Traducción propia.

El tiempo y la eternidad

Ante diem undecimum Kalendas Maias: Parilia, Natalis Romae.

Ciento treinta años son los que separan una obra de otra. En el Evangelio de San Juan 19, 38-42 ambas escenas están separadas por unos minutos. La más moderna antecede a la antigua que es posterior en el tiempo de la historia, en ese tiempo de minutos.

Giotto y Roger van der Weyden, Italia y Flandes, uno, abriendo camino, un nuevo modo expresivo, separándose de la maniera greca, el otro, en esa bisagra del Otoño de la Edad Media y el Renacimiento, siendo de hecho, ya, Renacimiento, un Renacimiento diferente del italiano.

Giotto, sus rostros, sus ojos rasgados, los cuerpos con volumen, pesados. Las ropas, los mantos que caen y envuelven. El duro y seco suelo, el atisbo de paisaje, ese fragmento de loma con su árbol seco. Un árbol seco en primavera, en la época de la Pascua ¿Qué le ha pasado a ese árbol para estar sin verdor? Quizá es la higuera que se negó a dar fruto, quizá es el árbol que sirvió al suicidio de Judas. Seco el paisaje, prolongándose más allá donde no vemos estará la puerta del sepulcro. La escena es triste, patética. Los personajes no los ven, pero en el cielo azul ultramar, no escatimaron gastos los Scrovegni, lloran con desesperación diez ángeles. La misma desesperación de San Juan Evangelista, que abre sus brazos bajo su manto rosa y bermellón, el bermellón es la sombra de los pliegues, el rosa la luz. La desesperación de María Magdalena, con su rubia cabellera suelta, ungiendo con sus lágrimas por última vez los pies, con su rojo vestido de pecadora. Y como en la realidad de cualquier tiempo y lugar, las personas rodean, las personas nos dan la espalda, nos impiden ver toda la escena. Esa escena durará un poco más. Los personajes se moverán, colocarán el cuerpo en el sepulcro y se marcharán. Quedará la loma seca, el árbol desnudo, el cielo azul ultramar.

Roger van der Weyden, maestro genial de la escuela flamenca, contemporáneo de Jan van Eyck, viajero a Italia y quizá conocedor de la obra de Giotto. También su escena que precede a la de Giotto en el tiempo de la historia evangélica tiene cualidad escultural, hay que detenerse en la puerta de la sala del Museo del Prado en dónde está, verla despacio desde allí. La corporeidad de un bajorrelieve. El suelo no es seco, tiene la hierba jugosa de la Europa donde llueve, y esos personajes que son verdaderos retratos, Cristo, María, Magdalena, Juan, José de Arimatea, Nicodemo…, los mismos de la escena de Giotto. Una cruz tan pequeña que no ha podido tener ese cuerpo colgado, Una cruz que es el eje de simetría de la escena. Pálido es el cuerpo de Cristo muerto y más pálidas aún las manos y el rostro de María desmayada. Cuerpos que forman una paralela sinuosa. Ese vestido azul, de nuevo el azul ultramar, que no escatimó tampoco el gremio de ballesteros de Lovaina. Un vestido imposible porque en ese tiempo ningún tinte textil podía producir un azul de ese tipo. El vestido de María pertenece al mundo celestial, no al terreno.

La hierba es verde y fresca y en el suelo están la calavera y los huesos del Gólgota, pero no estamos en Jerusalén, no hay tierra, ni paisaje, ni árbol seco. Estamos fuera del tiempo, del tiempo y del espacio terreno. Diez personajes, con sus rasgos individuales y sus diferentes actitudes en una estrecha franja de espacio verde, y al fondo, tan cercano, el oro. El fondo dorado sitúa la escena fuera del tiempo. José de Arimatea tiene la barba gris, Nicodemo y San Juan Evangelista no se afeitan desde hace varios días. Magdalena, vestida con la moda del siglo XV llora en una postura imposible para cerrar el paréntesis que ha abierto Juan. Congelada en el tiempo sin tiempo quedará esta escena. Ciento treinta años. Ciento treinta años entre el tiempo que abre Giotto hacia el Renacimiento y la eternidad medieval de Roger van der Weyden. En una sala del Museo del Prado los veremos siempre en su eternidad dorada.

Texto y traducción del Stabat Mater