Imago Hominis

El Hombre, símbolo de San Mateo. Evangelario de Echternach c. 750, Biblioteca Nacional, París

Ante diem undecimum Kalendas Apriles: Quinquatria, Festum Magnae Matris et Attidis, Hilaria

¿Qué extraña figura es esta? Imago hominis, en mayúsculas irlandesas, descendientes de la caligrafía uncial. Imagen del hombre, pero esto que vemos ¿Es un hombre? Algo que podemos identificar con una cabeza, con un rostro frontal, unos ojos estrábicos, una superficie curva amarilla que puede ser el cabello. Sin cuello. Y el cuerpo ¿Es esto un cuerpo humano? Curvas, palmetas, grecas con entrelazos, figuras curvas que acaban en punta como los estampados de cachemira. ¿Qué sostiene en esas manos de larguísimos dedos que terminan unos brazos sin huesos? Es un libro de caligrafía casi ilegible: libri. Imagen del hombre. Estamos en el siglo VIII, ante una pintura que abre el Evangelio de San Mateo, en un libro ilustrado y copiado en un monasterio que no era más que unas cuantas cabañas de piedra. Azotado por los vientos del Atlántico, sometido al terror de los ataques vikingos. En la lejana Irlanda, territorio que no fue influenciado por Roma, que nunca conoció la cultura visual grecolatina ni el sistema de representación clásica: el realismo, el volumen, la sombra, la figura humana en el centro, bella e idealizada.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo el arte ha podido cambiar tanto? Imagen del hombre. Pero qué lejos está esta imagen del retrato de Terencio Neo y su esposa, humanos reales que caminaron sobre la tierra. Qué lejos está de la Afrodita de Menophantos diosa de la belleza ideal femenina. Qué lejos estamos ya de ese momento único del que Flaubert dijo que el hombre estuvo solo. El hombre en el siglo VIII ya no está solo, Dios cuida, Dios vigila. Pero el hombre como tal ha desaparecido o casi, de la representación visual. El ojo de la carne engaña, lo que transmite el ojo puede ser obra del diablo.

¿Es esta una imagen bella? Hay simetría. Rígida. Hay armonía de líneas y colores: negro y rojizo de la caligrafía y los trazos que encierran la figura. Rojos, amarillos, ocres. Colores cálidos, colores antiguos, los viejísimos colores de la prehistoria. Fáciles de conseguir los pigmentos. Colores baratos, sin oros, sin azules. Entrelazos sin fin que se despliegan por la estructura rectangular cruciforme que encierra la figura. Entrelazos que se remontan al hierro de La Tène, al bronce final, al tejido de esteras y la confección de cestos de la más remota prehistoria. Ritmos repetitivos a los que se dará el significado de la eternidad. Una representación que apenas en nada recuerda a la realidad, que es un concepto de la figura humana. ¿Es bella? Sí, es bella. Pero su belleza viene no solo de la representación sino de la idea. La imagen se dirige más a la inteligencia que a los ojos. Hay que saber descifrar el código de una fea belleza que impide la idolatría.

Siglo VIII, Roma no existe ya. No existe el Imperio. Roma no ha desaparecido pero no es más que un villorrio cuyos pocos habitantes, si se compara con el esplendor del siglo II d.C., se apiñan en el gran meandro del Tíber, mientras los foros, los templos paganos, los arcos de triunfo van enterrándose. Los caminos, las calzadas, esas vías construidas para la eternidad, están tomadas por la maleza y los bosques. Europa occidental está aislada en sus regiones, las provincias que fueron del Imperio. Cada región con sus gobiernos bárbaros se tiene que sostener a sí misma. Es cierto que el Imperio no ha muerto del todo, pero Constantinopla está muy lejos y esa parte del Imperio sigue su propio camino y no va a escapar a la amenaza tampoco.

¿Cuándo comienza en verdad la Edad Media? Hay fechas simbólicas de acontecimientos que usan los historiadores, pero que nada o casi nada afectaron a los que vivieron ese momento. Y hay procesos largos que sin embargo cambian el mundo. A lo largo del siglo VII la unidad mediterránea, esa comunicación entre todas las orillas del Mediterráneo se rompió para siempre. Hasta ahora. Nosotros, los que vivimos entre el Ponto Euxino y las columnas de Hércules, estamos como ranas alrededor de una charca. Así veía Platón uno de los responsables remotos de esta imagen, a su mundo. Las ranas griegas, las ranas romanas seducidas por la cultura helénica, aportando su particular visión del mundo. La charca sigue siendo la misma, pero el cristianismo, primero en las regiones orientales donde tuvo sus primeras huestes, y nunca habían abandonado del todo su sistema de representación no realista, y el islam después con su feroz aniconismo, romperá esa unidad. No solo para el arte. Sí, la charca seguía siendo la misma, pero las ranas se mirarán como enemigas y levantarán unas contra otras la intolerancia de las religiones reveladas.

Pero antes del siglo VII, de nuevo la pregunta ¿Qué es lo que ha pasado en el arte? No se llega así de repente a tal cambio. Ya el arte del Bajo Imperio cambiaba. El Imperio era demasiado grande y muy diversas sus gentes. El arte plebeyo, popular, llegaba más a todas partes, era más comprensible. Ese arte llegó a contaminar el arte áulico, impregnando de plebeyez las imágenes de los emperadores. Y la idea, esa idea de que el mundo real es ilusión, de que los sentidos engañan, se desarrollaba en la obra de Plotino en el siglo III. Probablemente ningún artista leyó jamás las farragosas Enéadas y sin embargo estas ideas llegaron y cambiaron el arte durante casi mil años. Se rechazó el mundo sensible, se rechazó la belleza, se rechazó el retrato. Plotino se avergonzaba de su cuerpo, se preguntaba qué sentido tiene querer hacer una imagen del mismo que durará más que este. No tiene sentido hacer imágenes del cuerpo. La materia es tiniebla, el nous es luz. Esas ideas, que apenas influyeron en el arte todavía pagano de su tiempo fueron, sin embargo, recogidas por los cristianos. La carne es de Satanás el espíritu del Señor dirá San Pablo. A través de los escritos del Pseudo Dionisio el espíritu del Señor se asimiló al nous plotiniano. No tiene sentido hacer imágenes fenoménicas y el Uno, es incognoscible. Toda atención, todo amor al mundo de aquí abajo, a la existencia terrenal es sospechoso

La seducción anicónica, la tentación iconoclasta, están desde los inicios del cristianismo. Pero el cristianismo nació y se desarrolló dentro del marco grecolatino icónico, visual, glorificador de la figura humana. Un mundo el que sus habitantes estaban acostumbrados a las imágenes. Muy difícil lo habría tenido para triunfar si hubiese sido tan radicalmente anicónico como la religión judía o como el islam. Una visión de la divinidad totalmente mental, intelectual, solo podría seducir a ciertos individuos, quizá intelectuales de la época, pero no al conjunto de la población. Y el cristianismo, nacido en las provincias orientales del Imperio, pudo desarrollarse gracias a Roma. El dogma de la Encarnación y el de la continuidad entre lo divino y lo humano, son demasiado importantes en el cristianismo para que éste no rechace el dualismo y la iconoclastia como una nueva herejía, y ahí es donde comenzará la resistencia de Roma, de su arte, que se resistirá a morir, aunque necesitará casi mil años para imponerse de nuevo.

Volvamos al San Mateo irlandés. Siglo VIII, hay dos estéticas religiosas: una latina que preconiza la representación visible y una oriental que llevada a su último extremo proscribe toda representación material. En el siglo VIII la tentación anicónica también hará mella en Bizancio y desatará la terrible lucha iconoclasta. En la orilla sur del Mediterráneo y en casi toda la Península Ibérica se imponía el Islam. Entre medio está la representación bárbara, la representación céltica, que tiende a la abstracción y a la idea. Nunca como en siglo VIII se llegó a tal punto de desmaterialización visual, nunca estuvo más amenazada la tradición artística occidental. Pero no vencerá. En Bizancio, el aniconismo era propio de los grupos intelectuales no de las masas populares ni de los monjes. También la representación irlandesa, extraño retoño atlántico del neoplatonismo que dio a occidente las obras más abstractas antes del siglo XX será abandonada. A través del renacimiento carolingio, del románico y del gótico, con sincretismos, con nuevas aportaciones estéticas, Roma y su concepto de arte no claudicaron jamás y sobrevivieron.

Cum sederit Filius Hominis
Antífona de procesión de Rouen,  conservada en un códice del Siglo XIII

Cum sederit filius hominis / Cuando el Hijo del Hombre
in sede maiestatis sue et ceperit / se siente en el trono de su majestad
iudicare seculum per ignem, tunc / y comience a juzgar al mundo por el fuego, entonces
assitent ante eum omnes chori / se pararán ante él todos los coros
angelorum et congregabuntur / de los ángeles y serán reunidos
omnes gentes. Tunc dicet his qui a / todos los pueblos. Entonces dirá a
dextris eius erunt: / los que están a su derecha:
Venite benedicte patris mei, / Venid, benditos de mi padre,
possidete preparatum vobis regnum / poseed el Reino preparado para vosotros
a constitutione mundi. / desde la creación del mundo.
Et ibunt impii in supplicium / Y los impíos irán al suplicio
sempiternum. / eterno.
Iusti autem in vitam eternam et / Ellos, los justos, irán a la vida eterna
regnabunt cum deo in secula. / y reinarán con Dios por los siglos de los siglos.

Traducción propia.

La composición es de alrededor del año mil aunque conservada en un códice posterior

8 pensamientos en “Imago Hominis

  1. Hespertusa, tu si que eres buena docente…
    llevas al entendimiento de una obra poco comprensible seguramente a mas de uno, haciendole ver su belleza. Gracias

    • Gracias a ti Andrea Mariano.
      A veces tengo mis dudas, con los temas que se van desarrollando en los borradores y con este escrito he tenido bastantes, de que mi lectores salgan corriendo en dirección contraria cuando se encuentren con temas como este. Pero parece que no es así🙂.

  2. ¡Qué placer leerte, seguirte en tus reflexiones que nos introducen en tan compleja y apasionante temática!
    También en la Roma pletórica por el gusto neoático, por los cánones de belleza griega y la perfección técnica, existía un arte más popular, directo, menos costoso o de ‘alta moda’, más simbólico y cercano a los detalles, a las imperfecciones cotidianas, a la humanidad. Esa corriente continua, casi humilde y más encarnada, que busca las verdades sea corporales o espirituales, es la que percibo también el arte altomedieval. Cuando las grandes certezas, y el Imperio Romano era ‘La certeza’ se desmoronan se buscan verdades, quizás no sólo la verdad. Como ampliamente escribió Agustín la Civitas Dei, el reino de Dios, no coincide ni con el Imperio Romano, el signo más grande e importante de unidad y poder, ni coincidirá luego con el Carolingio, el Germánico, el hispánico… Es curioso ver cómo estos cristianos, criticados por Celso, Plotino y Porfirio como gente primitiva y recién llegados al mundo de la alta especulación y acusados por su baja extracción social, se identifiquen en tal modo con el imperio romano que cuando este se resquebraja el De Civitate Dei tenga que hacer teología del tiempo y avisar que no ha llegado el fin del mundo sino de un mundo, la siega que deja en los campos tantos granos. Bajo la tierra del tiempo y los siglos, esas semillas siguen germinando.

    • Sí, hay dos corrientes en el arte romano, esa corriente aúlica, refinada, influida por el arte griego y la más popular y plebeya, la que vemos en las estelas y relieves e la gente humilde, los herreros, los carpinteros, los panaderos, que se hacen representar con los instrumentos de su oficio e incluso trabajando. O incluso en las columnas de Trajano y Marco Aurelio. Esa corriente que se fija en los detalles y tan bien está representada en la pintura, la corriente alejandrina. Es normal que es segunda postura se acabara imponiendo pues es la que más llegaba a todos.

      Yo me digo cuando estoy en Roma, que esas dos posturas del arte romano están en distintos museos. La postura refinada, aúlica, neoática, en los Museos Capitolinos, el Palazzo Altemps y en bastantes salas del Palazzo Massimo alle Terme, la otra en salas de este mismo museo y en Las Termas de Diocleciano y la Cripta Balbi. Esa corriente popular atenta al detalle cotidiano o gracioso, yo la veo también en el románico y sobre todo en el gótico, con la humanización de los temas religiosos. Pero cuando veo este ejemplo de escultura románica o de esta gótica, creo que ante lo que estamos es precisamente ante la gran corriente romana refinada, aúlica, que ha podido sobrevivir a todas las tentaciones anicónicas y su influencia no se perdió a pesar de los siglos pasados desde la caída del Imperio.

      Otra cosa es la imagen que he puesto en la entrada, que es un caso extremo. Aunque me fascina el arte de la miniatura irlandesa, la de este evangelario (tengo otra imagen para usarla en otra entrada más adelante) y que culmina en el maravilloso Libro de Kells…, pero eso será, si puedo, para más adelante.

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