Black is the colour of my true love’s hair

Ante diem quintum Kalendas Martias: Sementina

El fondo es neutro, no hay ambiente, ni paisaje, como en el estilo ático. Nada distrae de los dos medios cuerpos, de sus rostros. Él ligeramente más alto, cabello negro, cejas y ojos separados. La frente, la línea de la nariz un poco ancha, la zona debajo de los ojos está iluminada, piel morena. Apoya un rollo en la barbilla, puede ser tanto un documento como un libro. Ella, más adelantada, la piel más pálida, con un tono rosado. Cabello castaño rojizo, peinado con raya central, rizos simétricos sobre la frente, junto a las orejas, en la nuca. De algún modo el pelo está recogido detrás, pero es imposible saber cómo es el peinado totalmente. Un rostro triangular, en forma de corazón. Cejas pobladas y juntas, frente iluminada en la piel que dejan ver los rizos, ojos grandes castaños, nariz más recta y fina que la de su compañero. Mano izquierda blanca, de dedos finos. Apoya en el labio inferior un cálamo y sostiene con su mano derecha un cuaderno de tablillas enceradas.

En el tablinum de una casa de Pompeya, la habitación que servía de estudio o despacho y daba al atrio. No son una representación de dioses u otras divinidades, no son el emperador y la emperatriz, no pertenecen siquiera a las clases más ricas. Conocemos el nombre de algunas mujeres que vivieron en Pompeya en el tiempo en que la ciudad fue destruida: Audia, Aesquillia, Clodia, Allelia Decimilla, Mamia, Eumaquia, Vertia Philumina, Clodia Nigella, grandes señoras, dueñas de negocios, libertas, esclavas, pero no sabemos el de ella. Sí sabemos el de él aunque ha cambiado con los años. Cuando yo vi por primera vez esta pintura en un libro hace mucho mucho tiempo, él se llamaba Paquio Proculo. En los últimos años, cuando me los encuentro de nuevo, se llama Terencio Neo. El nombre de su esposa sigue desconocido.

Sabemos distinguir un individuo de otro, así ha debido desde el origen de la especie, pero la representación del individuo tardó miles de años en aparecer. Esa representación se llama retrato y hay grandes culturas y civilizaciones que no la han tenido jamás. Hay sociedades del mundo que no han tenido retratos hasta la llegada de la fotografía. El que no haya retratos no quiere decir que no haya representación humana. Excepto las culturas anicónicas que abominan de la imagen reconocible, la representación humana existe desde la prehistoria, pero no había retratos. No son retratos las estatuas ni las pinturas de los faraones, no son retratos las figuras de Gudea, ni las de Asurbanipal, ni siquiera son retratos todavía las estelas funerarias áticas. Pero el retrato aparecerá muy pronto, hacia el siglo IV a.C., en el mundo helenístico. Por fin, ya sea en escultura o en pintura, ésta toda desaparecida, aparecen representados los rasgos singulares, únicos, de individuos. Y a veces sabemos sus nombres. Sabemos el nombre y reconocemos los rasgos de Alejandro Magno y de alguno de sus generales, luego reyes. Y en la Roma republicana tenemos esos retratos de viejos iracundos y desdentados: senadores, Catón el Censor; de generales y dictadores: de Escipión, de Sila, de Mario, de Julio César, de Cicerón, y luego el Imperio, los retratos de Augusto, de Octavia, de Livia…, y de seres anónimos con nombre. Nada sabemos quienes fueron ciertos hombres y mujeres de los que conservamos su retrato y su nombre.

Si se representa al individuo único es porque este tiene un valor. Podemos pensar que el valor del retrato de Alejandro, de Julio César o de Livia está en que son individuos con poder político. Poder y riqueza, dueños del mundo en su época, pero ¿cuál es el poder de esta pareja pompeyana del siglo I d.C.? Terencio Neo al parecer era panadero. Tendría una panificadora, es posible que fuera parecida a la de Modestus en el centro histórico de la ciudad, con muelas de piedra volcánica para la moltura del cereal, con una empastadora manual y un horno. Aunque parezca obvio no todos los romanos comían pan, especialmente las clases más pobres. Se distribuía grano a la plebe, pero el molerlo y el cocerlo era caro, así que los grupos más pobres comían el grano en gachas, pero el pan era un lujo. Ser panadero era un buen negocio, pero aunque el trabajo más duro, en la empastadora, acarreando sacos, trabajando en el horno, lo hicieran esclavos, Terencio Neo tendría seguramente que trabajar todos los días organizando y vigilando que se hicieran bien las funciones, no estaría siempre a cubierto y eso lo refleja su piel morena.

Sí, esta pareja era lo bastante rica para encargar a un pintor su retrato y también instruida. Una característica del retrato es que muchas veces no están representados solo los rasgos de la persona, también hay otras cosas que le acompañan, incluso pueden convertirse en símbolo. Ambos llevan objetos que se asocian con la lectura y la escritura. Quizá en el caso de él es una lista de los clientes que le deben dinero y en el de ella el cuaderno en el que lleva las cuentas de la casa, pero…, solemos retratarnos con lo que nos gusta, con lo que queremos que se nos asocie. Es muy posible que a Terencio Neo y a su esposa les gustase leer, les gustase la literatura, es posible que incluso ella escribiera poemas.

Volvamos a mirarlos. Cuando veo estas pinturas pompeyanas u otras que se han conservado de la antigua Roma, pinturas que a veces reproducían modelos griegos perdidos de los grandes pintores, Apeles, Zeuxis, no dejo de agradecer que no fueran descubiertas hasta al menos al cuarta década del siglo XVIII y otras mucho después. Este retrato es extraordinario, tiene una cualidad impresionista como otras pinturas de Pompeya. Los rizos de la frente de ella, los cuatro pelos de la barba y el bigote de él, unas manchas de pintura más clara para iluminar y dar forma a la nariz, a los ojos, la barbilla, el dedo. Sí, fue una suerte que esta pintura no la conocieran los artistas del final de la Edad Media y el inicio del Renacimiento y pudieran crear ellos una pintura nueva, y la visión de estas obras del mundo clásico no les paralizara y en su admiración quisieran imitarlas. Porque mil cuatrocientos años más tarde el individuo volvió a tener valor.

Es el valor del individuo particular lo que hay en este retrato doble. Su gesto, su mirada al espectador, su apariencia cuidada, sus rasgos en una edad joven, no creo que llegasen a la treintena cuando se pintó el retrato, la toga de él, la túnica roja de ella, están diciendo que ellos son valiosos. Son valiosos y dignos para sí mismos y el uno para el otro representados en igualdad, y son valiosos para otros, para los hijos que si los tenían serían niños pequeños, para los parientes, para los amigos, y quisieron dejar constancia de ello. Avanzado el siglo I d.C. lo que había comenzado cuatro siglos antes en Grecia con función glorificadora había llegado a buena parte de la sociedad simplemente por el valor del individuo único.

Hay una frase de Gustave Flaubert que suele citarse con respecto a esta época: Cuando los dioses ya no estaban y Cristo aún no había aparecido, hubo un momento único entre Cicerón y Marco Aurelio en que el hombre estuvo solo. No es completamente cierto Monsieur Flaubert, los dioses estaban. Estaban por todas partes, pocas sociedades han tenido tantos dioses como la romana, en que había dioses para todo. Y los romanos creían en ellos, en el larario de la domus, las serpientes agathodemon, benéficas, se enroscaban en los altares pero no interferían en la percepción de lo humano ante sí mismo. No es que los romanos no creyeran y luego llegara el cristianismo para reparar tan calamitosa situación espiritual. Pero con todos los defectos de la cultura y la sociedad de la vieja Roma, no se podía decir que fueran intolerantes religiosos. Fueron intolerantes precisamente con quien no toleraba. El paganismo antiguo de Grecia y Roma era por su propia naturaleza tolerante, se podía creer supersticiosamente en los cientos de dioses que aparecían por todas partes o en un demiurgo filosófico, no hubo un libro con copyright divino y eso nunca se lo podremos dejar de agradecer bastante. Fue en ese crisol donde Terencio Neo y su esposa, como muchos otros cuyas imágenes no nos han llegado, pudieron perpetuar sus rasgos en un momento dado sin que fuera pecado de soberbia. Luego vendría Cristo y los rostros y los cuerpos se desmaterializarían y habrá que esperar más de mil años a que los rasgos adquieran individualidad de nuevo. A que los rasgos únicos, amados, se materialicen de nuevo en la pintura.

No sabemos la fecha cierta del retrato, se ha datado entre los años 45 y 75 d.C. Los retratos escultóricos femeninos es posible datarlos gracias al peinado. La emperatriz, las mujeres de la familia imperial dictaban la moda. Los peinados salían del Palatino y llegaban a todo el territorio romano en forma de estatuas o más rápidamente aún en esas alas de Mercurio que eran las monedas. Ahora dicta la moda la antipática trenza de Livia que desciende de la frente hasta la nuca y acaba en un sobrio moño, luego vienen los cabellos de Popea, cortos sobre la frente y en largas trenzas reunidas en un nudo sobre el cuello, algo parecido en los rizos de la frente es el peinado de la joven retratada. En el verano del año 79 las damas de la dinastía Flavia se peinaban diademas de ricillos postizos, porque no hay cabello natural que aguante tanta tenacilla. Todas las mujeres recibían el mensaje y luego cada una de ellas seguía el dictamen según sus posibilidades económicas y supliendo con habilidad personal la falta de medios. En la pintura no es posible ver como era el peinado por detrás. Quiero pensar que esta joven, aunque siguiera la moda, era lo bastante inteligente para no adoptar lo más absurdo y que le pudiera quedar peor. Tampoco va maquillada, ninguna mujer de las que aparecen en las pinturas de Pompeya lo está, dado que el maquillaje tal como aparece en los textos, harían parecer sus rostros como grotescas máscaras de teatro.

Si el retrato es de los años 40 ó 50, es casi seguro que Terencio Neo y su esposa ya no estaban en este mundo cuando ocurrió la erupción del Vesubio que enterró Pompeya durante más de mil seiscientos años. Un mal parto, una infección puerperal, para ella; un accidente, una infección, cualquier tipo de enfermedad hoy curable o una incurable, para ambos, la edad, podía haberlos hecho desaparecer ya de la tierra. Es raro que pudieran llegar a una edad tan avanzada entonces. Pero si el retrato se pintó hacia el año 75, el 24 de agosto de año 79, a las 10 de la mañana, Terencio Neo llevaría ya unas horas trabajando en la panadería y los primeros panes haría rato que habrían salido para la venta. Su esposa, si ese día tenía que salir a algún asunto fuera de casa, a visitar a una amiga recientemente madre, por ejemplo, o a hacer unas compras, aún estaría con la ayuda de la ornatrix dando los últimos toques a su vestido y a su peinado. No hubo tiempo de terminar de arreglarse. La erupción comenzó, primero la lluvia de piedra pómez y después, los dos flujos piroclásticos que salieron del cráter, asfixiaron a los habitantes de Pompeya, y enterraron la ciudad. Cuando las cenizas cubrieron el atrio de su casa y taparon su retrato, Terencio Neo y su esposa no serían un recuerdo de sus nietos, no habrían muerto años antes. Terencio Neo y su esposa probablemente murieron juntos ese 24 de agosto del año 79 en la plenitud de la vida.

Anónimo
Black is the colour of my true love’s hair

Black is the colour of my true love’s hair.
Her face is something wond’rous fair
The clearest eyes and the dearest hands.
I love the grass whereon she stands.

I love my love and well she knows,
I love the grass whereon she goes
And still I hope the time will come
When she and I will be as one.

Black is the colour of my true love’s hair.
Her face is something wond’rous fair
The clearest eyes and the dearest hands.
I love the grass whereon she stands.

Galería de jrcastro en Flickr

Terencio Neo y su esposa, Pompeya S-I d.C. Museo Archeologico Nazionale, Nápoles

Galería de jrcastro en Flickr

Continuará.

19 pensamientos en “Black is the colour of my true love’s hair

  1. ¡Que no me admitan el currículum que he echado para la agencia Método 3 si no acabo de descubrir que eres una enamorada de Pompeya! Es una historia fascinante la de esa ciudad, su destrucción, su hallazgo, las cosas tan maravillosas que gracias a la catástrofe nos dejó. Sí: yo también soy un enamorado de Pompeya. Algo me dice que has estado allí, y quizás más de una vez, por lo que seguro que no te dirá muchas cosas nuevas la exposición que ha organizado el Ayuntamiento de Madrid, que va a estar hasta el 5 de mayo. Me parece interesantísima tu explicación, no solo por lo bien documentada, sino por las reflexiones que nos ofreces en torno a la vida, la muerte, el destino, el misterio acerca de cómo acabarían Terencio y su esposa… a quienes has individualizado. Hay cierta melancolía en su historia, como en todo lo relativo a Pompeya. Bueno, a cuadernoderetazos el retrato le transmite armonía y sosiego; a mí, metidos ya en el terreno de lo subjetivo (prepárate), me parece un retrato… ¡realista!, y creo que algo de eso se ha dicho acerca de algunas pinturas pompeyanas. La melancolía de la que te hablaba antes la ponemos los que, dos mil años después, conocemos el trágico destino de Pompeya, el cual ignoraban Neo y su mujer. ¿Has visto esas fotos de Viéitez en las que los personajes miran al fotógrafo que los está retratando para que esa imagen quede? Neo y su mujer (más él) parecen mirar al retratista como esos personajes, como pensando: “Sácame guapo, que esto luego lo van a ver todos”. Hasta el hecho de salir con objetos de su predilección (que ocurría también en las estelas áticas) los asemeja a esos campesinos gallegos que salen con la radio o la moto recién comprada, esto es eterno. ¡Ya es casualidad que haya ahora aquí en Madrid también una exposición de Viéitez! Al final, lo que muchos celebran de este gran artista de lo cotidiano es que en esas miradas, en esos objetos, retrataba la verdad de esa gente, su alma, sus verdaderos anhelos, sus vidas auténticas. Por eso era realista, y por eso me parece realista este retrato de la normalidad: una pareja joven, bien situada, agraciada, vital, que se puso delante de alguien con sus objetos preferidos para que dejase fijadas sus caras para siempre, que seguro que era lo que se llevaba. Por cierto, vistas ahora, muchas de las fotos de Víéitez también resultan melancólicas. Ya me he vuelto a pasar, perdona.

    • Pablo, una enamorada de Pompeya soy, pero no le he visitado más que con la imaginación, los sueños, los libros…, todavía no he podido ir allí. Y con los problemas que tiene ahora de falta de financiación, quien sabe. Ojalá no pasara este 2013 sin que al fin pudiera visitarla, no sólo Pompeya, sino también Herculano, Stabies, Oplontis, que seguro que tienen mucha menos presión de visitantes.

      En cuanto a la exposición madrileña, si la has visto, dime si vale pena una escapada en abril.

      No conocía al fotógrafo Viéitez y veo que, en efecto, hay ciertas cosas que no importa que hayan pasado dos mil años y que probablemente son universales en la forma en que se quiere que se vea la imagen de uno, ya sea ante el pintor o ante el fotógrafo.

      Yo también pienso que es un retrato realista, la forma de pintar suelta, casi impresionista del pintor pompeyano no resta realismo. Terencio Neo y su esposa, podían haber pedido que se les representara como personajes literarios o mitológicos y sin embargo están representados con sus ropas normales, aunque fueran las más bonitas, al menos es lo que se ve en el túnica de ella, el rojo era el color de la ropa de fiesta, de las grandes ocasiones, él lleva toga, que era el equivalente romano del traje actual. El peinado de ella no es demasiado complicado y aunque en esa época no se habían puesto todavía de nuevo de moda las barbas a la griega, lo hizo el emperador Adriano, Terencio Neo no está completamente afeitado, cosa que no debía ser fácil entonces. Es así como sería su aspecto habitual. No quisieron cuando fueron pintados dar una imagen falsa de sí mismos…, y creo que les gustaba la literatura. A veces he imaginado que en su casa, de cuando en cuando, reunirían una tertulia de amigos también aficionados, una de esas cenas que aparecen de manera tan falsa en el cine y ella leería sus poemas.

      • Sobre la expo de Pompeya en Madrid, yo la he visto la semana pasada. Creo que está bien y que merece la pena y hay unas cuantas piezas originales del Museo Arqueológico de Nápoles (por ejemplo está el retrato considerado como “de Safo”, pero no el de Terencio Neo y su esposa, que tras leer tu entrada yo irracionalmente esperaba ver aparecer tras cada esquina). Cuando tengas la oportunidad de visitar Pompeya, —ojalá pronto, que realmente merece una visita a fondo—, tienes razón en que la presión de visitantes es un incordio (y la gestión de las visitas es digamos corrupta, según me aseguraron amigos italianos que conocen el tema, aunque esto no se percibe a simple vista, claro). Es casi mas gratificante Herculano, con una zona excavada mucho más reducida que te permite dispersarte menos y ver todo a fondo. Además de Stabies y Oplontis, también Pozzuoli, muy cerca de Napoles al Norte, tiene un anfiteatro magnífico cuya visita se puede realizar prácticamente en soledad, algo que tras Pompeya se agradece (y puedes vagar por los impresionantes corredores bajo la cavea; en la entrada de la Wikipedia

        http://it.wikipedia.org/wiki/Anfiteatro_Flavio_%28Pozzuoli%29

        hay una buena vista panoramica de los corredores).
        Y un poco mas lejos, al sur de Salerno, aunque bien comunicado por tren desde Napoles, está Paestum, que tiene muchos menos visitantes al estar fuera de los circuitos ordinarios (a nosotros se nos paso la hora de cierre por bastante, ya que no había nadie en los alrededores y al cabo nos lo indico educadamente un guarda a caballo que recorría el yacimiento para expulsar de aquel paraíso a los pocos recalcitrantes que nos demorábamos con excesivo afán por la piedra). Paestum, como Pozzuoli merecen la visita tanto como Il ballo delle Ingrate una audición (por lo que he visto en otro post, tu también tienes a Monteverdi en tu panteón particular). Aunque claro, hay allí tantas cosas que la merecen!

        • Gracias por la información MarianoS. Espero que sea posible pronto visitar la zona. Y me sorprende que Paestum tenga pocos visitantes. Es uno de los lugares que está en mi lista de visitas imprescindibles desde que iba al instituto, hace mucho, mucho tiempo🙂. Lugar parecido que conozco que sí tenía visitantes pero no excesivos, y por suerte se cansaban pronto de las piedras fueron los templos de Selinunte en Sicilia.

          Me alegra especialmente que alguien haya visto la exposición de Madrid teniendo en el recuerdo este escrito. Y si ha venido, Safo o la poetisa, ya sé que tengo que verla.

  2. Magnífica reflexión, erudita y amena. Lo que más me ha impactado: los 1400 años (¡catorce siglos!) en que el ser humano no tuvo relevancia alguna, como no la tuvieron sus miedos y obsesiones, sus impulsos y pasiones, su dolor y su gozo.
    Qué siglos más oscuros y llenos de penalidades. Para compensar, nos hemos ido al otro extremo y ahora impera el yo-mí-me-conmigo.
    Un abrazo,

    AG

  3. Y ahora nos llevas a Roma. Pero no a esa Roma de los libros de texto, de las novelas o de las películas que en algún momento todos hemos estudiado, soñado o pensado. No a la Roma imperial, ni a la Roma decadente, tan atractiva por lo vieja. Nos llevas a una Roma que ni siquiera es Roma, sino una ciudad de provincias, y nos presentas a un panadero y a su esposa. Y esta no es una Roma menor.

    Nos retratas de nuevo a los retratados: nos cuentas quiénes pudieron ser, qué costumbres tendrían, y cómo debieron transcurrir sus últimas horas. Nos explicas que un peinado es además una herramienta para historiadores. Muestras tu agradecimiento porque el retrato de Neo y su esposa haya estado oculto a los ojos de los artistas tardomedievales y renacentistas, mientras nos recuerdas que fueron necesarios muchos más de mil años para que el individuo volviera a reconocerse en un retrato y, ya puestos, sueltas una andanada contra aquellos que no toleraban lo que toleraban los romanos.

    Y, hablando de peinados y de cabello, maravillosa la canción que terminas regalándonos. Sólo conocía una versión -estremecedora- de Nina Simone… Aquí te la pongo:

      • Jajaja, gracias, Pablo. Me alegra que te haya gustado esta versión. Sobre esos individuos que citas, seguro que tienen más dinero, más poder y hasta más desvergüenza, pero no tienen un sitio para enriquecerse como este bosque..

  4. Gracias por vuestro comentarios, especialmente a cuadernoderetazos y bibliobulímica que comentan por primera vez y casi casi es el caso de voltariano. Alpuymuz, Alberto Granados, Pablo López Gomez y Albertobé son viejos conocidos del blog.

    La estancia veneciana de estos días ha retrasado tanto el responder como el escrito que continúa este. Me gustaría publicarlo antes de acabar la semana pero no sé si será posible. Precisamente, el domingo pasado, estando en el museo Gallerie dell’Accademia en Venecia, en la sala recoleta donde está el espléndido y estremecedor retrato de una anciana por Giorgione, mi acompañante volviéndose hacia otro retrato de la sala dijo: es maravilloso. Era un retrato masculino de Hans Memling. Le dije que dentro de poco iba a publicar algo sobre ese pintor. Pero antes será sobre esos más de mil años sin retratos.

    Albertobé no conocía la versión jazzística de esta canción. De hecho sólo conocía esta de Alfred Deller, en un Cd, Folksongs, que todavía está en catalogo, yo lo tengo desde hace mucho. La canción por lo que veo dependiendo de quien la cante puede ir dirigida tanto a una mujer, la versión de Alfred Deller, como a un hombre, la de Nina Simone. Y creo que es mucho más adecuada que haber buscado una improbable música de la vieja Roma.

  5. ¿Seria posible conseguir esa canción o por lo menos saber el interprete? Muchas gracias.

    Que blog mas fantástico, siempre me sorprende😀

    • Muchas gracias.
      El intérprete es Alfred Deller. La canción está un Cd de Harmonia Mundi titulado Folk Songs. Está editado desde hace mucho tiempo en la línea económica de Harmonia Mundi

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