Thanatos clásico

Estela funeraria de Hegeso c. 410 a.C. Museo Arqueológico Nacional. Atenas

Ante diem tertium decimum Kalendas Februarias

Es tan bella, tan equilibradamente clásica que no nos damos cuenta en un principio. No nos damos cuenta de la desproporción, de que la adaptación al marco no es cosa solo de artistas medievales. El perfil griego, con la línea continua entre la frente y la nariz. El gesto contenido, la sencilla túnica con los pliegues precisos, el elegante peinado de ambas mujeres. Hegeso, hermosa, de familia eupátrida, muerta no sabemos por qué razón tan joven, se sienta en una silla ergonómicamente perfecta. Casi dos mil años, cuando las águilas de Roma vuelen, se tardarán en volver a realizar sillas de ese tipo

Hegeso, como la Ártemis que se sienta entre Poseidón y Apolo en el friso del Partenón, serena, extrae una cadena, un collar del joyero que le presenta su esclava que está en pie frente a ella. La esclava lleva un sencillo quitón que recuerda a la Afrodita de Fréjus de Calímaco. Su cabeza llega hasta el final de la estela. Si Hegeso se levantara de la silla sería cuarenta centímetros más alta que su esclava que no es una niña, sino una mujer adulta. Pero no nos damos cuenta al mirar por primera vez, al sorprendernos de ver que está ahí, en esas salas de la Museo Arqueológico de Atenas. Varias salas, pero no las más concurridas. Como si el silencio y la serenidad de las estelas funerarias se trasladara a los visitantes del museo.

La costumbre de realizar estelas funerarias, un símbolo de riqueza, dado que no todos podían pagar estos monumentos privados hechos con los mejores mármoles, reapareció en Atenas y no solo allí, en la primera década de la Guerra del Peloponeso (431 – 404 a.C.) después de un largo paréntesis debido a la prohibición de Clístenes. La costumbre volvió asociada a la epidemia que se desencadenó en el 430-429 y regresó el 425 a.C. La mayoría de la población del Ática vivía hacinada dentro de los muros de Atenas, mientras la ciudad era asediada por los espartanos. Atenas no debía ser la ciudad más limpia y con mejores condiciones higiénicas y probablemente el tifus mató entre ambos brotes a un tercio de la población, estando Pericles entre sus víctimas.

Llenos de dolor y miedo, intentando atajar la plaga, los atenienses quemaron sin ceremonias a esos cadáveres en masa. Los cambios políticos y económicos que provocó la guerra se manifestaron paralelamente en la moral y en las costumbres religiosas. Como resultado de la epidemia y de la muerte de Pericles los conservadores llegaron al poder político y se resucitó la vieja costumbre de los monumentos privados. La práctica duró hasta el 317 a.C. cuando la costumbre fue abandonada de nuevo tras la ley promulgada por Demetrio de Falero.

En contraste con el período arcaico, con sus kouroi y korai, en el período clásico no es común usar estatuas. La costumbre eran los grandes vasos de mármol, el vaso lutróforo en la tumba de las jóvenes solteras, grandes lekitos marmóreos y los relieves. La forma y la decoración varían según la edad y el sexo del difunto. Mientras se pasea por las salas sorprende la cantidad de difuntos jóvenes. Los griegos apreciaban la juventud y es muy posible que algunas de estas estelas en las que el difunto es representado joven, la muerte ocurriera a una edad más avanzada, pero no engañan las dedicadas a los niños, las de los padres a las hijas difuntas, a las mujeres muertas en el parto o a los hombres jóvenes caídos en la batalla.

Sin embargo lo que se presenta en esos relieves, con una serenidad idealizada es la vida no la muerte. Los niños con sus mascotas o sus juguetes, las pequeñas cosas que tuvieron importancia, no importancia material, no es de la riqueza de sus joyas lo que mira con serena tristeza Hegeso, sino los momentos que le recuerdan esos objetos, el apretón de manos de la amistad y la despedida.

Muerte que no parece muerte, sino una melancólica despedida.

 

Y la única obra musical griega que nos ha llegado completa. El como sonaba no es más que una conjetura.

12 pensamientos en “Thanatos clásico

  1. Feliz 2013, Hesperetusa. Un artículo precioso, a pesar de ser sencillo. Tienes razón, parece que nos hallamos ante melancólicas despedidas. Melancolía es la palabra. Esas esculturas por fuerza tenían que hacer pensar en la alegría de la vida perdida y provocar la añoranza del ser querido. Te parecerá una idiotez, pero, junto con la música me han transmitido la menacolía.

    • Hola Pablo. Feliz año para ti también.
      Creo que voy a editar esta entrada. Anoche, con las prisas de terminar la carga de fotografías a Flickr y publicar, pues tendré pronto unos cuantos días mudos, no me dejó desarrollar el tema. Creo que estas estelas áticas se merecen unas cuantas palabras más.

      • Y con interesantes aclaraciones que explican y recalcan detalles llenos de sentido. No son frías figuras anónimas, son Hegeso y su esclava. Tienen nombres, fueron personas y ambas se representan con rasgos bellos y serenos. Existieron y sabemos quienes son. ¿Serían relamente así? Seguro, o muy parecidas (tú sabrás mejor que yo si puede esperarse alguna fiabilidad de estos retratos). ¿Estuvieron algún día de sus vidas mirando con seriedad un tanto excesiva -idealizada, apuntas tú- un collar sostenido por Hegeso? Voy a especular: sin duda; alguien que amaba a la fallecida Hegeso, la vio un día en esa escena exacta, que eligió para perpetuar su memoria. Eligió ese momento para presentar la vida sin que pudiera arrebatarla la muerte. Es lo que dices en la última línea: muerte que no parece muerte, sino una melancólica despedida. Entristece y desconcierta, la verdad es que este artículo, además de ser muy bonito, me ha impresionado, y creo que es por la vecindad entre la vida y la muerte que presenta y por la refinada naturalidad con que lo hace.

        • Pablo, las estelas áticas todavía no son retratos. El retrato está a punto de aparecer, de hecho ya existe alguno, el de Pericles, el de Sófocles. Pero aún no ha aparecido. Tengo un borrador, que espero darle salida pronto, que trata ese tema.

          Pero sí que creo que hay algo de los difuntos que está en las estelas, porque no están hechas en serie, por decirlo de alguna manera. Hay diferencias. Probablemente la familia o las personas que amaron a esos difuntos le dijeron al escultor lo que querían. Es muy probable que el marido de Hegeso le dijera al escultor como quería que se la representara, como era su gesto al mirar las joyas.

          Y sabemos sus nombres en bastantes caso aunque nada sepamos de esas vidas. La estela de Polixena, no representa precisamente la belleza griega con esa nariz, y en la estela de Arystilla vemos como la chica se despide de su madre.

    • Hola Alberto. Si he visto tu entrada, y que has usado El triunfo de la Muerte de Pieter Bruegel que yo también usé en una entrada antigua.

      He tenido unos días difíciles, a ver si me paso de nuevo a comentar por los blogs amigos.

  2. No voy a darte más la lata, Hesperetusa, porque tampoco sería razonable que me pusiese a tirar y tirar del hilo, solo añadiré una última reflexión acerca de estas estelas áticas que, queda claro, me han impresionado bastante. La primera clave la diste tú en la primera versión del artículo: son estelas funerarias, pero no son muerte, sino añoranza del ser perdido y querido, así que parecen más bien melancólicas despedidas, por el hecho de representar a ese ser en una actitud tan cotidiana y familiar que la hace muy vital. Decía yo antes que era este factor el que me impresionaba, pero luego está el ya mencionado del sentimiento. Esta es la clave; sin duda tiene que ver su carácter funerario, pero lo cierto es que estas obras comunican mucho sentimiento, más, al menos a mí, que obras de mayor perfección artística, y esto constituye un gran mérito. Lo dices tú: no están hechas en serie como las cruces de La Almudena, están individualizadas: Hegeso con su collar (seguro que era la joya de la que estaba más orgullosa y la que mejor le sentaba); Arystilla despidiéndose de su madre (seguro que era una niña buenísima que la veneraba, y que todas las noches o cuando fuera se despedía de ella así); Polixena, el colmo, ni siquiera respeta los canones de belleza y aparece no muy agraciada, pero sonriente y abriéndose el velo (seguro que entre los suyos era recordada como una mujer de carácter alegre). Y lo que las individualiza es lo que quienes las amaban quisieron que quedara como su imagen perpetua. Así las recordaban, así fue como las amaron: ahí está la sal de estas estelas. ¿No fueron razones parecidas a estas -no me hagas mucho caso- las que produjeron una de las figuras funerarias más llamativas y originales de nuestro arte funerario, o sea, el Doncel de Sigüenza? La existencia de verdadero sentimiento puede potenciar mucho las artes. Perdona el rollo y un cierto exceso de lirismo.

    • De rollo nada, Pablo.
      Estas estelas áticas yo creo que son gran arte, no son estatuas de los dioses y no nos cuentan historias de la mitología, es curioso porque Grecia cuenta la Mitología mientras Roma cuenta la Historia. Son obras dedicadas a personas reales por aquellos que las amaron, yo creo que por eso nos resultan tan cercanas. He de decir que salas de las estelas funerarias es lo que más me gustó del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, mucho más que las salas de Micenas.

      Y en cuanto al Doncel de Sigüenza tengo una historia de las últimas clases cuando estaba explicando el arte gótico. Es difícil clasificar esta escultura si en el gótico o en el renacimiento. Les sorprendió a los alumnos la representación del caballero leyendo. Tuve que decirles lo que ponía la inscripción gótica: que Martín Vázquez de Arce murió a los veinticinco años luchando en la guerra de Granada. Les sorprendió su muerte tan joven. Su hubiera vivido en el tiempo de la Guerra del Peloponeso habría sido un hoplita a quien su familia dedicó una de las estelas que están en Atenas. Y aunque no es completamente un retrato tampoco, fue su hermano el primer obispo de Canarias quien encargó el sepulcro. E indudablemente dio instrucciones al escultor para que representara a su hermano con un rasgo característico suyo: leyendo. Es un caballero, ahí están la cota de malla, la armadura y la cruz de caballero de Santiago, pero era un joven al que le gustaba leer mucho. Así quiso su hermano que se lo recordara. La suerte de su sepulcro es que está en el mismo entorno desde entonces: ese lugar en la penumbra de la catedral de Sigüenza.

      Siempre que veo el sepulcro del Doncel no puedo dejar de asociarlo con otro caballero letrado: Garcilaso de la Vega. Además, las familias de ambos, los Vázquez de Arce y los García de la Vega eran originarios del mismo valle cántabro.

  3. No me dilataré: sobre lo hermoso y bello evidente, está el acierto de tu exposición sencilla y extensamente didáctica, llena de observaciones especiales… Perteneces a las raras personas que trabajan con conocimientos y aciertos destacados. Y eso es maravilloso.
    Desde ahí, muchas gracias. Felicidades. Un gran saludo.

    PD/ Veo el comentario acerca de El Doncel. Yo, en la suerte de conocer ese sepulcro exquisito y por ser natural de Granada, en cuya guerra-cruzada murió, la entiendo gótica de factura pero bajo la instrucción ilustrada del Renacimiento que ya se abría paso declaradamente en España desde Italia. Es decir, tu misma opinión superior, entiendo. Es una gran ilustración para todo tiempo; por cierto que, andando el tiempo, muy de Miguel de Cervantes igualmente. Me gusta esa transmisión.

    • Gracias por tus palabras.
      En cuanto al Doncel de Sigüenza para mí es una de esas raras obras que definen tan bien lo que desarrolló Johann Huizinga en El Otoño de la Edad Media: es de factura gótica como dices, pero en él está ya el espíritu humanista del Renacimiento.
      Cervantes, un siglo más tarde, vuelve a estar entre dos mundos, entre el Renacimiento y el Barroco. De haber vivido en la Atenas del siglo V a.C. habría sido como Sófocles que también fue militar, nada menos que fue elegido estratego junto a Pericles, o Tucídides, otro escritor que unió las armas y las letras.

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