Las de arriba

Nonae Novembres: Ludi Plebei

Cuando hace un mes caminaba una mañana de domingo entre la doble muralla de Carcasona camino de la puerta que lleva a la Basílica de San Nazario y San Celso que ya había visitado la tarde anterior, lo recordaba. Recordaba un cuento de José María Merino de su libro Cuentos del Reino Secreto, este cuento se titula Los de allá arriba. Me había fijado la tarde anterior y también la tarde radiante de un viernes santo, años atrás cuando visité por primera vez la basílica, entonces curiosamente casi vacía y sorprendida que una tarde como esa no hubiera servicio religioso. Entonces la luz transformaba completamente la cabecera, desmaterializándola y anunciándome lo que vería algún tiempo después en la Sainte Chapelle de París.

Sí, ya entonces me había fijado, pero ahora, en una tarde de octubre con la luz declinante se hizo más patente, y por eso al día siguiente, al volver por unas horas a la ciudad amurallada lo primero que quise hacer fue acercarme de nuevo a la basílica mientras recordaba el cuento.

En una ciudad sin nombre, en una catedral sin nombre, pero que no es otra que León, en un tiempo no concreto pero que podría ser 1966, al año de la terrible inundación de Florencia, ha ocurrido un incendio en la cubierta de la catedral. Los bomberos han apagado el fuego pero el deán, inspeccionando los desperfectos, ha descubierto algo inquietante que comunica al obispo y le hace subir al tejado para que lo vea: unas diminutas huellas de pies con seis dedos. Reconocen lo que puede ser y encargan al arcediano el exorcismo que aleje a esos seres de la catedral. Los bomberos acuden de nuevo a limpiar la cubierta con las mangueras sin saber que el agua es bendecida y en la noche el obispo, el deán y el arcediano hacen el exorcismo notando como las vigas de la cubierta sobre las bóvedas de crucería crujen. A la mañana siguiente se han dado cuenta que ha comenzado una pesadilla en el palacio episcopal: un vandalismo destroza oficinas, traspapela documentos, garabatea las paredes. Los tres, obispo, arcediano y deán saben quienes son y necesitan que vuelvan a su lugar: allá arriba, en el tejado, entre la bóveda y la cubierta que se construirá nueva, junto a los pináculos y los hastiales, donde llevan siglos, donde se necesita que se olviden de ellos otros siete siglos. De nuevo, una noche, los tres miembros del cabildo han de hacer el contra exorcismo con un texto nefando en latín medieval, siguiendo las instrucciones de éste, por más humillantes que sean. Terminado el recitado, en el polvo de la cubierta de la catedral van apareciendo cientos de huellas de diminutos pies con seis dedos.

Recordaba este cuento mientras me fijaba en la cabecera exterior, en la portada gótica de San Nazario y San Celso. San Nazario y San Celso fue la catedral de Carcasona hasta 1801, en que perdió su título en favor de la iglesia de San Miguel en la ciudad baja, la Bastida de San Luís. Cuando Roger Trencavel era vizconde Carcasona, ya existía la iglesia. La iglesia románica, de la que se conservan las tres naves, la central con bóveda de cañón apuntado y las laterales con una estrecha bóveda de cañón. El transepto y la cabecera gótica son posteriores a la toma de la ciudad por Simón de Montfort y son obra de arquitectos del norte. No es una iglesia alta, ni siquiera su parte gótica tan esbelta. No necesita arbotantes. Sin embargo, cuando se entra por la puerta de la muralla que conduce a la basílica y se ve la cabecera lo que destacan son las gárgolas, desproporcionadas en su tamaño para el tamaño del edificio hasta el punto que necesitan de un apoyo en el contrafuerte, en un número excesivo para una iglesia que está en el sur y sobre todo destacan esas dos grandes gárgolas junto al tímpano gótico, vacío de escultura. Y ahí en ese lugar, que no recordaba de mi anterior visita, que se quedó con la maravilla del interior transfigurado por las vidrieras, es cuando me comenzó a chirriar lo que veía y a recordar el cuento de José María Merino.

Que a Eugène Viollet-le-Duc restaurador y casi creador de la Carcasona que hoy conocemos le gustaban las gárgolas es algo comprobable. La imagen que tiene mucha gente de Notre Dame de Paris es precisamente de sus quimeras, que no gárgolas, que nada tienen de medievales, así como tampoco su aguja en el crucero. Todo eso fueron añadidos de la restauración del siglo XIX. Viollet-le-Duc restauró muchos edificios medievales y pensaba en un estilo gótico ideal que jamás existió. San Nazario y San Celso de Carcasona tiene un exterior que no tuvo en la Edad Media porque todo es obra de Viollet-le-Duc. Es cierto que junto a Prosper Merimée, sí el de Carmen, salvó muchos edificios del destino que tuvo el monasterio de Cluny convertido en cantera, pero también es responsable de unos cuantos estropicios, al retirar las partes del Renacimiento, del Barroco o incluso románicas, como en Saint Front de Perigueux cuando no le parecieron bastante “medievales”. Asombra como un hombre de su cultura no tuvo en cuenta que una ciudad del sur como Carcasona no necesitaba ni tuvo nunca esos tejados de pizarra en sus murallas que acababan en terraza, y su afición a las gárgolas no tuvo tampoco en cuenta que las gárgolas, aparte de su función de desagüe, cuando tenían formas grotescas o demoníacas tuvieron otra: la de alejar el mal y el pecado de la iglesia. Por eso junto al tímpano que quizá un día tuvo una representación de la vida de Cristo, del Juicio Final o de la coronación de la Virgen, nunca tan cerca de la divinidad o la santidad, nunca tan cerca de la puerta, pudo haber esos dos seres grotescos y terribles que la flanquean.

Émile Mâle, que nació en 1862 y que conoció en su juventud todavía la obra restauradora de  Viollet-le-Duc, en su gran obra sobre el arte gótico en Francia se lamenta de cómo la restauración ha alterado completamente los programas iconográficos de muchas iglesias. El gótico que tanto admiraba Viollet-le-Duc hasta convertir las restauraciones en un pastiche, fue el estilo que humanizó la escultura en la Edad Media, que abrió en su representación el camino hacia el Renacimiento. El mundo de los seres fantásticos es el del románico, pero el gótico, del estilo anterior, mantuvo los seres quiméricos que venían del antiguo mundo oriental, del mundo bárbaro, incluso de la prehistoria. Los mantuvo en varios lugares: en las representaciones del Juicio Final podía estar en los tímpanos como en Bourges, como presencias del mal, del pecado, en los lugares innobles, como las misericordias de las sillerías, o en lugares inaccesibles, como quimeras junto a los pináculos, o al final de los arbotantes como gárgolas. Pero nunca habrían estado al lado de Cristo, la Virgen María o los santos dando la bienvenida a los que entraban en la iglesia. Su lugar era allá arriba.

Creemos estar muchas veces delante de un edificio medieval: catedral, monasterio, castillo o murallas y tenemos que pensar cuánto se debe a la labor de los restauradores para crear una Edad Media soñada, falsa, que nunca existió más que en la imaginación decimonónica que hizo de esos siglos un escenario de leyenda y hoy un parque temático para turistas.

So ell enzina
Texto: Cancionero de Palacio (S-XV-XVI) Música: John Paul Jones 1989

So ell encina, encina,
so ell encina.

Yo me iba, mi madre,
a la romería;
por ir más devota
fui sin compañía;
so ell encina.

Por ir más devota
fui sin compañía;
tomé otro camino,
dejé el que tenía;
so ell encina.

Halléme perdida
en una montiña,
echéme a dormir
al pie del encina,
so ell encina.

A la media noche
recordé, mezquina;
halléme en los brazos
del que más quería,
so ell encina.

Pesóme, cuitada
de que amanecía
porque yo gozaba
del que más quería,
so ell encina.

Muy biendita sía
la tal romería;
so ell encina.

8 pensamientos en “Las de arriba

  1. ME ALEGRO QUE HABLE DE LA REINVENCIÓN QUE REALIZAN LOS RESTAURADORES. CON TODOS MIS RESPETOS A SU TRABAJO, ESTÁN OCULTANDO LA REALIDAD. QUISIERA ENVIARLE UNAS FOTOS DE LAS GÁRGOLAS DE LA LONJA DE VALENCIA.
    UN SALUDO
    MERCEDES GONZÁLEZ

    • Gracias Mercedes, por pasarte por aquí y comentar.
      Creo que te saldrá una dirección de correo cuando veas esto. Me pueden mandar las fotos de la Lonja de Valencia. La lonja es un edificio civil gótico, pero no deja de tener gárgolas, y la de Valencia es de lo mejor en toda Europa.

  2. Interesantísimo. No puedo evitar recordar la figura de Leopoldo Torres Balbás, el restaurador de la Alhambra, que le reinventó en su tiempo (el de Ángel Ganivet) y se ganó cientos de críticas negativas. Tal vez el restaurador esté condenado a ser, por un lado, el salvador de un patrimonio y, por otro, el que realiza lo que tú llamas “estropicio” histórico y estético.
    En la actualidad, percibimos la Alhambra de Torres Balbás como una maravilla incuestionable, si bien es cierto que existen fotografías y grabados que desmienten la veracidad de “nuestra” Alhambra. Curiosa ambigüedad: salvador y mixtificador al mismo tiempo.

    La pieza musical, para mí desconocida por completo hasta ahora, es una joya que te agradezco.

    Saludos desde Granada,

    AG

    • Alberto, la música también era desconocida para mía hace un par de meses, “parece” ser del Cancionero de Palacio, el poema lo es, pero la música es nada menos que de 1989 y compuesta por un miembro de Led Zeppelin…, ahí tenemos algo que parece lo que no es, como las gárgolas de Viollet-le-Duc. Aunque he de decir que la pieza es deliciosa y por eso la he puesto aquí.

      En cuanto a los “estropicios” de Viollet-le-Duc, el de Saint Fornt de Perigueux lo conozco de primera mano. Es una catedral románica que pertenece al estilo del “románico de cúpulas”, interesantísimo, en España no hay edificios de ese estilo, muy clásico y a la vez influido por el arte bizantino. Pero que al arquitecto decimonónico no le pareció lo bastante francés y “medieval” y retiró buena parte del los capiteles…, completamente románicos. Aparte de que en Francia, las catedrales han sido “limpiadas” de las partes renacentistas y barrocas, no conservan las sillerías, retablos, etc…, están prácticamente vacías, salvo excepciones, lo que nos da una imagen muy falsa de lo que debieron ser.

      Y la restauración de la Alhambra, pues está claro que la que vemos no es la vio Washington Irving a principios del siglo XIX, casi una ruina, quizá muy “romantica”, donde vivían familias de gitanos, que aparecen en algún cuento suyo. No conozco las críticas que se hicieron pero tengo que buscarlas porque estoy trabajando estos temas de restauración de patrimonio. En mi última visita compré una postal con una foto antigua de El Partal…, quien te ha visto y quien te ve.

  3. En estos meses, dado que estoy metida en asuntos de restauración y patrimonio me gustaría dedicar un escrito a la Alhambra. La Alhambra es uno de los primeros primeros monumentos que visité en mi vida, siendo niña, y creo que la habré visitado unas cinco o seis veces veces, la última vez fue en 2005. Y siempre la he visto cambiada. Como en los temas que trato me gusta escribir de lo que conozco directamente y no por las palabras de otros, por ejemplo seguro que una entrada sobre la restauración de la catedral de Colonia o de otras maltratadas por la Segunda Guerra Mundial estaría muy bien, pero nunca he estado en Colonia y visto su catedral, Y este blog tiene un componente subjetivo muy grande, y no publica trabajos científicos.
    Aunque quizá en tu blog le has dedicado ya una entrada al asunto…, si es así la podría rebloguear (que fea palabra para algo que hace WP) y poner yo mi escrito. Sería una entrada al alimón como decía García Lorca.

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