Fontfroide

Ante diem quintum Kalendas Novembres: Isia, Ludi Victoriae Sullanae

En el interior los paramentos serán lisos, tan regulares como sea posible. Los bloques puestos en hiladas horizontales. (…) No nos expondremos a desórdenes, ese asiento está previsto para el interior, al abrigo de las heladas y de las quemaduras del sol. Las junturas no se agrietarán en siglos, porque la cal endurece indefinidamente hasta resultar tan dura como la piedra (…) Fachadas perfectamente dispuestas en hiladas horizontales, esa colocación dispensará lujo en la pobreza (…) Las fachadas de nuestros monasterios, macizas y rectas, reclaman ardientemente la piel más bella. Fernand Pouillon, Les pierres sauvages.

Desde el banco de piedra de la sala capitular se ve el claustro. La sala capitular que se repite con su misma estructura de cuatro columnas que sostienen la bóveda de crucería, en la abadía que creó el modelo, Fontenay, en la lejana Borgoña, hija querida de San Bernardo de Claraval, dado que Claraval crecía y se convertía en una ciudad monástica. Desde sus inicios en Molesmes y Cîteaux cada abadía se convertía en madre de otras abadías, toda una generación de madres a hijas: Claraval fundaría Grandselve ya en el sur de Francia, Grandselve fundaría Santes Creus y Fontfroide. Fontfroide fundaría Poblet y Poblet fundaría Piedra. Fontenay tenía la medida justa de lo que sería una abadía cisterciense. Fontenay sería el modelo de Fontfroide y de las abadías cistercienses del siglo XII. Un paisaje arquitectónico, un estilo internacional desde Inglaterra a Calabria, desde Portugal a Bohemia.

El siglo que ve resplandecer el románico, ese estilo que ha comenzado un siglo antes, que va a unificar Europa con los monjes de San Benito siguiendo las maneras de Cluny. Estilo suntuoso que se nutre tanto de las formas arquitectónicas del mundo romano como de las de la imaginación oriental y bárbara. El blanco manto de iglesias de Raul Gabler pasado el año mil, iglesias con portadas escenificando el Apocalipsis, de claustros donde el bestiario se impone a los temas religiosos.

La Europa del siglo XII, la que verá a su fin el Pórtico de la Gloria, es aún una Europa rural, monástica. En el siglo XII, Suger en Saint Denis iniciará el arte gótico y Chartres comenzará su catedral, montaña en la llanura de Beauce, y surgirá la protesta, porque los monjes, los que oran, los que rezan por todos, los que se ocupan la mayor parte del día de la salvación colectiva no pueden vivir como señores rodeados de lujo.

Dos vías diferentes tienen en Europa los monjes marchando al encuentro de Dios: los anacoretas bizantinos con sus formas de penitencia feroz, que en  occidente  tuvieron su imitación con la Camáldula de San Romualdo y la Cartuja de San Bruno. Un estilo de vida monástico de un rechazo absoluto del mundo, de la pobreza absoluta, de la celda y el silencio. Ningún arte podía surgir de ahí, aunque siglos más tarde, esa Cartuja nunca reformada porque nunca deformada introduciría en sus iglesias el más delirante barroco. Contra la estética románica de Cluny se levantó un deseo de austeridad, preparándola para el arte cisterciense. Lo benedictinos dicen que los cistercienses dejaron de ser benedictinos por seguir demasiado al pie de la letra la Regla de San Benito. Su éxito fue posterior a 1130 y duró poco más de un siglo. Hasta que las ciudades resurgieron, hasta que sus habitantes necesitaron de otras órdenes, franciscanos, dominicos, que vivían entre ellos, que también tenían iglesias austeras, como las de los cistercienses, que también como las de los hijos de San Bernardo se embellecieron con pinturas y esculturas, pero que veían demasiado lejos a esos monjes en sus abadías de sus valles tranquilos, junto a sus ríos y estanques. Esos monjes, las cigüeñas del Císter que cada año con sus abades se dirigían al capítulo general que se abría el 14 de septiembre en Claraval, que habían fundado a finales del siglo XIII,  setecientas abadías en toda Europa.

No, no eligieron Roberto de Molesmes, Aubry, Esteban Harding, Bernardo de Claraval, éste sobre todo, el que modeló el espíritu del Císter, el camino oriental de eremitismo. Fue una vía media: rechazo de las formas de Cluny y aislamiento del mundo en valles fértiles, respetando la segregación social del feudalismo. Como lo monasterios de Cluny se agruparon alrededor de las mismas dependencias pero eligieron la austeridad, la desnudez. Roberto de Molesmes y Esteban Harding no conocieron aún el arte cisterciense, a éste le dio su espíritu Bernardo de Claraval.

¿Todo lo que vemos hoy del arte románico, tiene un simbolismo oculto a nuestros ojos, claro a los hombres de su época? En absoluto, y más que nadie lo vio Bernardo de Claraval. Cuanto en la Apología dirigida al abad Guillermo escribe contra las esculturas de los claustros cluniacenses:

Pero en los capiteles de los claustros, donde los hermanos hacen su lectura, ¿qué razón de ser tienen tantos monstruos ridículos, tanta belleza deforme y tanta deformidad artística? Esos monos inmundos, esos fieros leones, esos horribles centauros, esas representaciones y carátulas con cuerpos de animal y caras de hombres, esos tigres con pintas, esos soldados combatiendo, esos cazadores con bocinas… Podrás también encontrar muchos cuerpos humanos colgados de una sola cabeza, y un solo tronco para varias cabezas. Aquí un cuadrúpedo con cola de serpiente, allí un pez con cabeza de cuadrúpedo, o una bestia con delanteros de caballo y sus cuartos traseros de cabra montaraz. O aquel otro bicho con cuernos en la cabeza y forma de caballo en la otra mitad de su cuerpo. Por todas partes aparece tan grande y prodigiosa variedad de los más diversos caprichos, que a los monjes más les agrada leer en los mármoles que en los códices, y pasarse todo el día admirando tanto detalle sin meditar en la ley de Dios. ¡Ay Dios mío! Ya que nos hacemos insensibles a tanta necedad, ¿cómo no nos duele tanto derroche?

Bien que se da cuenta de que mucho de lo que hay representado es figuración que ningún simbolismo tiene, que es riqueza e imaginación del artista, imágenes que han pasado de los tejidos bizantinos y persas a la escultura, imágenes a las que más tarde se le dará un simbolismo, imágenes que bien lo sabía, nada tienen de cristiano. Nuestro mundo rebosa imágenes pero no era así el del siglo XII y las imágenes, una y otra vez vistas, descubiertos sus detalles una observación detallada día a día, no como hacemos en unos pocos minutos de visita, aliviaban la monotonía de la existencia ¿Cómo clamar contra ellas? ¿Por qué hacer aún más dura y austera la vida? Se podía hacer y Bernardo de Claraval y el Cister crearon un arte desnudo, un arte de la forma pura, del volumen perfecto.

Una iglesia abacial de planta de cruz latina, sin deambulatorio, con cabecera plana casi siempre, cubierta con bóveda de cañón apuntado, como se hacía en el románico de Borgoña, como Fontenay construida entre 1139 y 1147, el prototipo de abadía cisterciense. Tres naves, iglesia espaciosa que acogía dos coros, el de monjes y el de conversos. Clamó San Bernardo contra la altura de las iglesias, pero no desmerecen en altura las iglesias cistercientes. Con las ánforas de Vitruvio ocultas en su estructura para mejor resonancia, acogían la oración. La oración cantada, la Edad Media ignora la oración silenciosa. El canto llano, el canto en recto tono, también Bernardo de Claraval se opuso a la nueva música que venía, a la primera polifonía.

Abadía de Fontfroide. Iglesia.

Sin fachada, sin portada, pues a nadie sino a los monjes ha de acoger. Muy lejos de las abadías cluniacenses, de Saint Denis que en esa época con Suger hará nacer el arte gótico. Sin vidrieras. Que los cristales sean blancos, sin cruces, sin colores. Una arquitectura no para los sentidos sino para la mente. Un claustro. La iglesia, el refectorio, la sala capitular, el callejón de los conversos que repite en esa Jerusalén celeste sin sus doce puertas la segregación feudal. El cuadrado, imagen de la tierra ordenada.

Todo espacio, cada rincón, cada escalera tenía una función concreta. Todo espacio menos uno, el que lo organizaba todo, el claustro. Se ve desde la sala capitular, se accede desde la iglesia, se accede al refectorio tras pasar por la fuente para lavarse las manos. Tiene en uno de sus muros el armarium, donde están libros. No, no hay biblioteca en las primeras abadías. El monje cisterciense teme el estudio. Bernardo de Claraval atacó y venció a Abelardo. Son los libros para la lectio divina, un libro al año. El claustro es lugar donde se leen, pero el claustro es el lugar también de descanso, del recreo y el lugar donde se lava la ropa y se tiende en sus cuadrados de césped.

No habrá esculturas en la iglesia, no habrá decoración en los capiteles. Los capiteles de la sala capitular tendrán las cuatro “hojas de agua” del Císter. Solo en el claustro podrá escapar a esa seca rigidez. En la reunión en la sala capitular era posible entrever sus arcos, el tímpano ojival con sus óculos que dejan pasar la luz y la dibujan en el pavimento del suelo, sus parejas de columnas de mármol, sus capiteles con vegetación.  

Abadía de Fontfroide, Claustro

 

El claustro que muestra la creación reducida, imagen del paraíso, jardín cerrado. El claustro que existió mucho tiempo atrás cuando aún no había cristianismo, cuando no era claustro sino jardín de la domus, el peristilo para goce de las plantas, del agua, de la dulzura de las noches de verano. Ese peristilo que siglos más tarde se construyó en algunas abadías cistercienses, en Chiaravalle Milanese, donde Bramante construyó un claustro nuevo, que el vandalismo de la línea Milan-Roma arrasó en el siglo XIX. Columnas lisas, capiteles toscanos, arcos y dinteles sin más belleza que su forma geométrica. Bernardo de Claraval habría comprendido bien a quienes más tarde vinieron a defender una arquitectura desnuda, a Adolf Loos, a Le Corbusier, a Mies van der Rohe, a los arquitectos de movimiento moderno pero que no construían monasterios y que dejaban al mundo sin la visión tranquila, sin la belleza del claustro.

Santa María la Real de Valdediós (Asturias) Claustro renacentista

2 pensamientos en “Fontfroide

  1. Veo que cambias de registro: de la música al portento de la piedra. Me gusta. Te confieso que la música que sueles seleccionar me viene grande. Quiero decir que seleccinas unas piezas que considero para eruditos musicales, muy distinta a la clásica que yo apenas conozco. Es bueno porque aprendo, pero me siento como en corral ajeno.
    Vuelvo al inicio: pasar de la música a la piedra, ¿es verdaderamente un cambio de registro? No estoy tan seguro.

    Un abrazo granaíno,

    AG

    • Alberto, no es tanto el cambio.
      Pero el asunto es que el día 6 de este mes estuve en la Abadía de Fontfroide, ya había estado otra vez hace años y me gustó mucho entonces. Quería dedicarle un escrito, porque los dos claustros que más me gustan de todos los que he visto, y ya van unos cuantos, yo comencé en el arte cuando visité por primera vez una abadía, hija de Fontfroide: Poblet…, cuando tenía 7 años. Pues esos dos claustros son precisamente cistercienses: uno es el de Fontfroide, el otro el de San Andrés de Arroyo en la provincia de Palencia.

      El claustro de Fontfroide tiene una elegancia y un equilibrio al que no le hacen justicia las fotos, hay que ir allí, ver ese juego de volúmenes, de la luz y la penumbra en los óculos de los tímpanos góticos, ese ritmo que marcan las columnas de mármol. Y su iglesia es extraordinaria con una de las mejores acústicas de toda Europa, las ánforas vitruvianas deben estar puestas perfectamente. En la iglesia se celebran conciertos, especialmente de canto gregoriano. Desde principios del siglo XX, Fontfroide es una propiedad privada abierta al público.

      En cuanto al asunto de la música, y mis entradas siempre llevan, rara es la entrada que no tiene, pues estuve dudando. La que he enlazado de Canto cisterciense interpretado por el Ensemble Organum de Marcel Pérès, sé que no es lo más habitual en canto gregoriano. Marcel Pérès es de los que yo llamo de la “línea dura” de la investigación e interpretación de la música antigua. No hace concesiones a lo bonito. Pero creo que lo ideal para la entrada era precisamente canto cisterciense dado que San Bernardo también fue rígido en ese asunto. Pero es que el vídeo además lleva imágenes de Fontfroide.

      En un principio iba a poner este himno muy conocido, que además sonaba en la música que habían puesto en la iglesia, pero es un himno del siglo XIII compuesto por Santo Tomás de Aquino.

      Espero en otras entradas medievales ser menos dura con el asunto musical🙂

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