El tiempo y la eternidad I

Ante diem undecimum Kalendas Maias: Parilia, Natalis Romae.

Ciento treinta años son los que separan una obra de otra. En el Evangelio de San Juan 19, 38-42 ambas escenas están separadas por unos minutos. La más moderna antecede a la antigua que es posterior en el tiempo de la historia, en ese tiempo de minutos.

Giotto y Roger van der Weyden, Italia y Flandes, uno, abriendo camino, un nuevo modo expresivo, separándose de la maniera greca, el otro, en esa bisagra del Otoño de la Edad Media y el Renacimiento, siendo de hecho, ya, Renacimiento, un Renacimiento diferente del italiano.

Giotto, sus rostros, sus ojos rasgados, los cuerpos con volumen, pesados. Las ropas, los mantos que caen y envuelven. El duro y seco suelo, el atisbo de paisaje, ese fragmento de loma con su árbol seco. Un árbol seco en primavera, en la época de la Pascua ¿Qué le ha pasado a ese árbol para estar sin verdor? Quizá es la higuera que se negó a dar fruto, quizá es el árbol que sirvió al suicidio de Judas. Seco el paisaje, prolongándose más allá donde no vemos estará la puerta del sepulcro. La escena es triste, patética. Los personajes no los ven, pero en el cielo azul ultramar, no escatimaron gastos los Scrovegni, lloran con desesperación diez ángeles. La misma desesperación de San Juan Evangelista, que abre sus brazos bajo su manto rosa y bermellón, el bermellón es la sombra de los pliegues, el rosa la luz. La desesperación de María Magdalena, con su rubia cabellera suelta, ungiendo con sus lágrimas por última vez los pies, con su rojo vestido de pecadora. Y como en la realidad de cualquier tiempo y lugar, las personas rodean, las personas nos dan la espalda, nos impiden ver toda la escena. Esa escena durará un poco más. Los personajes se moverán, colocarán el cuerpo en el sepulcro y se marcharán. Quedará la loma seca, el árbol desnudo, el cielo azul ultramar.

Roger van der Weyden, maestro genial de la escuela flamenca, contemporáneo de Jan van Eyck, viajero a Italia y quizá conocedor de la obra de Giotto. También su escena que precede a la de Giotto en el tiempo de la historia evangélica tiene cualidad escultural, hay que detenerse en la puerta de la sala del Museo del Prado en dónde está, verla despacio desde allí. La corporeidad de un bajorrelieve. El suelo no es seco, tiene la hierba jugosa de la Europa donde llueve, y esos personajes que son verdaderos retratos, Cristo, María, Magdalena, Juan, José de Arimatea, Nicodemo…, los mismos de la escena de Giotto. Una cruz tan pequeña que no ha podido tener ese cuerpo colgado, Una cruz que es el eje de simetría de la escena. Pálido es el cuerpo de Cristo muerto y más pálidas aún las manos y el rostro de María desmayada. Cuerpos que forman una paralela sinuosa. Ese vestido azul, de nuevo el azul ultramar, que no escatimó tampoco el gremio de ballesteros de Lovaina. Un vestido imposible porque en ese tiempo ningún tinte textil podía producir un azul de ese tipo. El vestido de María pertenece al mundo celestial, no al terreno.

La hierba es verde y fresca y en el suelo están la calavera y los huesos del Gólgota, pero no estamos en Jerusalén, no hay tierra, ni paisaje, ni árbol seco. Estamos fuera del tiempo, del tiempo y del espacio terreno. Diez personajes, con sus rasgos individuales y sus diferentes actitudes en una estrecha franja de espacio verde, y al fondo, tan cercano, el oro. El fondo dorado sitúa la escena fuera del tiempo. José de Arimatea tiene la barba gris, Nicodemo y San Juan Evangelista no se afeitan desde hace varios días. Magdalena, vestida con la moda del siglo XV llora en una postura imposible para cerrar el paréntesis que ha abierto Juan. Congelada en el tiempo sin tiempo quedará esta escena. Ciento treinta años. Ciento treinta años entre el tiempo que abre Giotto hacia el Renacimiento y la eternidad medieval de Roger van der Weyden. En una sala del Museo del Prado los veremos siempre en su eternidad dorada.

Texto y traducción del Stabat Mater

4 pensamientos en “El tiempo y la eternidad I

  1. Muy bonita comparativa has trazado entre ambas obras, revelando ante nuestros ojos detalles que solo quien ama el arte puede descubrir. El relato es una delicia. Muchas gracias y un cordial saludo,
    Guilhem.

  2. Gracias Guilhem. Espero que pronto haya un segundo escrito, que se titulará igual, sobre una obra que conocemos ambos: los frescos del Parekklesion de San Salvador en Chora. Pero ahora ando ocupada con otras cosas.

  3. Hesperetusa, ha sido una delicia recorrer tu blog, detenerme y oler las palabras tan bien entonadas, esparcidas y pintadas al referirse a una y otra cosa, la música (en especial barroca, veo q tenemos afinidad en ese campo), la pintura, en fin, hay mucho donde detenerse y deleitar. Has ganado una nueva lectora. (A propósito de otro post que publicaste, esta lectora es de Chile jeje.)

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