La paloma miró a través de la verja de la ventana…

Bingen, un lejano día de agosto

Idus Martiae: Festum Annae Perennae, Attis

El barco, la barcaza más bien, pues solo en que carga pasajeros y navega en zigzag entre una y otra orilla, se distingue de las que con bandera belga, holandesa o alemana siguen imperturbables aguas arriba o aguas bajo. Porque me entero de algo que no sabía, aunque tantas veces haya estudiado la historia dramática de esta zona de Europa: que estas aguas son aguas internacionales. El barco ha llegado con más de una hora de retraso al embarcadero de Sankt Goar y no solo eso, imperdonable en este país de puntualidad y eficiencia, sino que en ese embarcadero vamos a subir los pasajeros que estaban destinados al barco que no ha llegado. Sí, la barcaza está atestada de gente, lleva el doble del pasaje que debería y solo con suerte he podido encontrar una silla de resina libre, en la popa, a pleno sol de agosto. Una vez sentada ya no me puedo mover, no por perder el asiento en las dos horas que va durar el viaje hasta bajar en Rüdesheim, sino porque en este cascarón plano casi no se puede caminar.

La mañana de agosto es tan radiante como las mediterráneas. En las orillas el verde intenso de los viñedos, la zona vinícola más septentrional del mundo, a la misma latitud de Terranova. Pronto el río se estrechará en su tramo más peligroso y aparecerá la roca de Loreley, la que todos estamos esperando ver. Y de pronto, la megafonía en un alemán gangoso anuncia la primera parada, la barcaza se acerca al embarcadero, estará unos minutos apenas, mientras bajan y suben pasajeros. Es un embarcadero como otro, no hay nada especial ni en él ni en la pequeña ciudad, solo su nombre.

Ese nombre ya siempre asociado a ella lo leí hace ya mucho tiempo, cuando Adrian Leverkühn en su celda-habitación bávara lee para componer una de sus obras de inspiración medieval. Luego fue un nombre entre muchos nombres y no considerado el más importante en un manual de Historia Medieval en mi segundo curso universitario, una cita erudita que no parecía conducir a nada. Pero ahí estaba su nombre, un tenue hilo por el que tirar, por el que ya se empezaba a tirar desde hacía unos años, hasta que una noche no sólo era un nombre de una remota escritora sino que la música de uno de los himnos que compuso tenía voz y presencia.

La barcaza se separa de la orilla, muy pronto aparecerá la Loreley, pero miro a través de los edificios, de las casas, intentando ver algún resto de su mundo. Ella miró miles de veces estas orillas, debió vivir en los veranos de su larga vida días de sol como este, pero desde que caminó y cruzó el río, más de ochocientas veces ha pasado el sol por estas tierras, más de ochocientas veces se realizó la vendimia, cayeron las hojas, vinieron las nieves. Su monasterio, el que fundó para ser libre y por el que se puso en huelga para conseguirlo tampoco existe, destruido por las tropas suecas en la Guerra de los Treinta Años. Un tiempo ya tan remoto como el tiempo en que ella vivió, un tiempo mítico y extraño, unido al nuestro por una frágil cadena cuyos eslabones están a punto de romperse.

Contemporánea de Bernardo de Claraval, de Abelardo, de Eloísa, de Leonor de Aquitania, de los trovadores. Décima hija de una familia noble pero no de las de mayor rango, niña extraña y probablemente conflictiva, mejor alejarla junto a la noble Jutta al monasterio fundado por uno de esos monjes irlandeses que salvaron la civilización clásica. La dote del monasterio es más barata, no hay que buscar marido de acuerdo con el rango, no habrá molesta descendencia y sobre todo sus rarezas estarán vigiladas. Sin embargo su padres tuvieron la intuición de llamarla jardín de la sabiduría.

¿Cuántas veces miraría a través de los barrotes de la ventana de aquel monasterio dúplice? El tiempo pasaba y el monasterio femenino crecía. Durante años estuvo silenciosa, leyendo, devorando. De todas sus obras, de sus escritos que abarcan desde la mística a la medicina no habla de sus fuentes, privilegio de su época. Se llamaba a sí misma paupercula feminea forma, pero vivió hasta los ochenta y tres años en una época en que el fin de la juventud era normalmente el final de la vida. Y su vida activa, auténtica, comenzó cuando muchas vidas entonces acababan o habían acabado ya. A los cuarenta y dos años ya no podía callar, ya no podía mirar solo a través de las celosías de piedra de las ventanas, necesitaba salir y volar, mirar directamente al sol como el águila. Muchas veces aludió a su mala salud, sufría de escotoma centelleante, y de ahí salió el acompañamiento de sus visiones. Visiones en la que siempre insistió estar lúcida. Las miniaturas de sus libros recuerdan ese mal del que salió un arte único.

Cuando recibió el visto bueno de Bernardo de Claraval, de Eugenio III, del Concilio de Tréveris, no dejó de escribir, quizá en un latín no muy correcto, una obra tan inmensa y variada como la de Avicena, siendo además, poetisa y compositora, uno de los primeros nombres conocidos separados del océano de obras anónimas. Era obstinada y mandona, organizó la vida de su monasterio de manera diferente a otros, sufrió la excomunión antes que someterse y se sirvió de sus visiones, de su título de profetisa para enfrentarse con coraje a ese mundo medieval masculino que le dio permiso para levantar su voz; bastaba que dijera “la luz viva me ha dicho”, y el Papa y Federico Barbarroja podían echarse a temblar.

La llamaron santa poco después de su muerte y se inició el proceso, pero fue olvidado pronto, aunque en la tierra que vivió siempre se la ha considerado santa. La Iglesia nunca ha resuelto el asunto. Era una mujer incómoda, demasiado inteligente, demasiado entrometida. Un siglo después de su muerte, la clausura de los monasterios femeninos que siempre fueron minoría en la Edad Media fue blindada. Ella no habría podido existir entonces, su voz, probablemente habría sido callada o algo peor. Pero en el tiempo que le tocó vivir, en ese primer renacimiento del siglo XII, contemporánea de Eloísa y de Leonor, con su comunidad de monjas que usaban velos de seda y coronas, sus libros de historia, de medicina, de lenguas y de mística, con sus composiciones musicales, sus viajes, y la amistad con Volmar y Guibert de Gembloux que se saltó todas las reglas de la vida monástica viajando desde Flandes para estar junto a ella y ser su último secretario, Hildegarda de Bingen tuvo una vida más feliz y plena que ellas.  

Symphonia armonie celestium revelacionum (1140 – 1150)

Columba aspexit – Himno a San Maximino

Columba aspexit / Una paloma miraba
per cancellos fenestrae / a través de los barrotes de la ventana
ubi ante faciem eius / cuando ante su rostro
sudando sudavit balsamum / destilando destiló el bálsamo
de lucido Maximino. / del luminoso Maximino.

Calor solis exarsit / El calor del sol brotó
et in tenebras resplenduit / y resplandeció en las tinieblas,
unde gemma surrexit /de allí se alzó una piedra preciosa
in edificatione templi / en la construcción del templo
purissimi cor dis benivoli. / del más puro corazón benevolente.

Iste turris excelsa, / él una elevada torre,
de ligno Libani et cipresso facta, / hecha de madera de Líbano y ciprés,
iacincto et sardio ornata est, / ha sido adornada de jacinto y rubí,
urbs precellens artes / ciudad que sobresale en las obras
aliorum artificum. / de otros artífices.

Ipse velox cervus cucurrit / Él mismo, veloz ciervo,
ad fontem purissime aque / corrió hacia una fuente de la más pura agua
fluentis de fortissimo lapide / que fluía desde la piedra más sólida
qui dulcia aromata irrigavit. / y que esparcía dulces aromas.

O pigmentari / ¡Perfumistas!
qui estis in suavissima viriditate / que estáis en el más grato verdor
hortorum regis, / de los jardines del rey,
ascendentes in altum / que ascendéis a lo alto
quando sanctum sacrificium / cuando cumplisteis el santo sacrificio
in arietibus perfecistis. / en los carneros.

Inter vos fulget hic artifex, / Entre vosotros brilla el artífice
paries templi, / muros del templo,
qui desideravit alas aquile / que anheló las alas del águila
osculando nutricem Sapientiam / al besar la nutricia sabiduría
in gloriosa fecunditate Ecclesie. / en la gloriosa fecundidad de la Iglesia.

O Maximine, / ¡Maximino!
mons et vallis es, / eres monte y valle
et in utroque alta edificatio appares, / y en uno y otro lado apareces como un alto edificio
ubi capricornus cum elephante exivit, / donde se alzó el capricornio con el elefante
et Sapientia in deliciis fuit. / y la Sabiduría estuvo en gran goce.

Tu es fortis / Tú eres fuerte y suave
et suavis in cerimoniis / en las ceremonias
et in choruscatiane altaris, / y en el resplandor del altar
ascendens ut fumus aromatum / ascendiendo como humo de especias
ad columpnam laudis. / hacia la columna de alabanza.

Ubi intercedis pro populo / allí intercedes por los pueblos
qui tendit ad speculum lucis, / que tienden hacia el espejo de la luz,
cui laus est in altis. / para que éste haya alabanza en lo alto.

Traducción procedente de Hildegard de Bingen, Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Trotta 2003.

Hildegard von Bingen. Scivias, Sexto día de la Creación.

Casi toda la obra de Hildegarda de Bingen se puede leer traducida aquí.

Continuará…

Códice Vaticano Latino 4922. Roma

7 pensamientos en “La paloma miró a través de la verja de la ventana…

  1. Esta entrada tiene casi un año y hasta hoy que ha tenido dos visitas, una fue ayer ¿del lejano Japón del que hay dos hoy señaladas en el mapa? no había vuelto sobre ella.

    He reparado la ilustración musical pues el video que estaba enlazado se ha convertido en vídeo privado. He puesto la misma interpretación, la de Emma Kirkby con Gothic Voices, mi primer Cd de Hildegarda y uno de los primeros Cds que compré.

    He leído de nuevo la entrada y digo en ella en que la Iglesia nunca ha resuelto la situación de Hildegard von Bingen, así era en los idus de marzo del año pasado pero eso cambió a finales de ese mismo año. Tuvo que ser Benedicto XVI, un Papa alemán, el segundo Papa que dimite voluntariamente en la historia, el primero fue Celestino V (y Dante lo maltrata en la Divina Comedia) el que haya hecho justicia con su compatriota de hace ochocientos años: Santa Hildegard von Bingen es Doctora de la Iglesia desde el 7 de octubre de 2012. Qué difícil tienen el reconocimiento desde hace siglos las mujeres cultas e inteligentes que además se atrevieron a escribir.

    • Puedo asegurar que el del Japón no soy yo😀😀😀

      ¿Se puede pulsar ‘liked’ también en el comentario?😉 Cuando en su día leí la entrada y vi el nombre de Loreley recordé que la leyenda fue uno de mis primeros contactos con la mitología. Además, fue un contacto a la antigua: de modo oral. En 5º de EGB y gracias al profesor que de vez en cuando se aburría de dar las sociales o la lengua o lo que fuera y nos entretenía contándonos mil y una cosas de todas las partes del mundo, desde la guerra del Yom Kipur hasta la eterna pelea de los holandeses con el mar. En una de esas nos contó la triste historia de una sirena vengativa que explicaba ciertos accidentes de los barcos en una roca del Rin.

      Terminas tu comentario y estoy absolutamente de acuerdo en lo que dices. Y vuelvo a recordar una charla en unas clases, en esa ocasión una de las últimas a las que he asistido como alumno, sobre la igualdad, en la que la profesora comentó, muy gráficamente, que la normalidad se conseguiría el día en que a una mujer también se le reconociera el derecho a la mediocridad, sin necesidad de reparar en su género.

      Por cierto, la música… maravillosa, como siempre

  2. Bellísima entrada la que has dedicado a nuestra querida Hildegarda, nuestro venerado “jardín de sabiduría”. Hay que detenerse con mucho respeto ante la profundidad de sus visiones, que he estado tratando de entender. Hay en ellas un flujo luminoso que viene de inefables esferas, que pasa por la “vera imaginatio” y por la “intuición mística” para traducirse en iluminaciones hechas de imagen, de voz y de sonido musical, que se plasman en obra poética y plástica para ser dadas a conocer a todos los hombres. Me llama mucho la atención el poder de las imágenes pictóricas de Hildegarda para fijar nuestra atención meditativa. Era uno de los fines que perseguían también. Incorporaré también un enlace a este sitio en mi próxima entrada sobre las Visiones del Liber Divinorum Operum.
    Un saludo muy cordial
    Lino

    • Gracias Lino.

      Parece mentira que haya pasado tanto tiempo de aquel agosto del año 2000 cuando hice esta foto, todavía con una cámara compacta de película y todo lo que evocó el nombre del embarcadero del Rhin. Tambien ayuda a recordar el llevar diarios de viaje, constumbre que he ido abandonando en los últimos viajes por culpa de tener estar gestionando las fotos digitales (en este viaje todavía no me había aficionado a la fotografía y las cámaras digitales eran algo todavía anecdótico)

      Me gustaria seguir con el proyecto de las entradas que tengo sobre Hildegarda en borrador, los temas que trataríamos serían complementarios. Esta entrada sería la puerta de entrada a las otras. Pero al final sólo hubo otra que tocó tangencialmente uno de los temas, pero con música de Hildegarda. La música no faltará, la obra musical de Hildegarda de Bingen sí que la tengo completa.

  3. Pingback: Las visiones (2) | TODO EL ORO DEL MUNDO

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