Doña Lisa

Anónimo. Mona Lisa o La Gioconda (copia de Leonardo da Vinci, primer cuarto del siglo XVI) Museo del Prado

Ante diem tertium decimum Kalendas Martias: Quirinalia

Hay cuadros míticos, ahora se les llama “emblemáticos” sin tener ni idea de qué significa eso. Hay artistas mitificados, algunos ya lo fueron en vida y no han perdido el halo mítico, otros lo han sido mucho después…, y hay mitos papanatas. Y ocurre a veces que las tres cosas coinciden.

Hay un cuadro mítico, es el más famoso de toda la Historia del Arte, lo lleva siendo al menos unos ciento cincuenta años y todavía ningún otro lo ha apeado de ese pedestal. Alabada, admirada, archirreproducida, robada…, no voy a contar la historia de anécdotas de esa pintura que me aburre profundamente. Ha hecho correr un torrente de tinta durante los dos últimos siglos, la mayoría a cual más tonto y disparatado. Protegida tras un grueso cristal blindado que da reflejos, con una cola de turistas a los que no les sirve haberla visto reproducida y haber podido comprar la reproducción en cada rincón del museo que la custodia. No, tienen que fotografiarla, una fotografía chapuza que no servirá para nada. Es uno de esos cuadros que casi nadie mira ya, especialmente los miles de turistas que se plantan delante de ella cámara en ristre, pero eso no es lo grave. Es un cuadro que ya no se puede mirar con inocencia, con ojos limpios, ni siquiera un niño lo puede hacer. Desde libros de arte serios hasta anuncios publicitarios y portadas de revista. Ahí está con su paisaje desvaído y su barniz amarillento.

Resulta que el pintor de ese cuadro es el que en el siglo XX se decidió que era el mayor genio del Renacimiento, quizá el mayor genio de la Historia del Arte. Leonardo da Vinci lo tuvo difícil durante siglos. Rafael durante más de tres siglos fue el pintor más admirado, con una obra mucho más extensa y variada a pesar de haber vivido mucho menos. Pero siempre hay un peligro en que hablen de ti bien durante siglos, porque habrá un momento en que empieces a cansar y empezarán a hablar mal, si no, miren lo que le pasó a Penélope, la esposa de Ulises. Durante siglos admirada como la imagen de la fidelidad, corría también la historia de que fue amante de todos sus pretendientes y al tener un hijo sin saber de qué padre era le puso el nombre de Pan, “todo” en griego. Si es que las habladurías son muy perjudiciales, ni los siglos pueden con ellas. Sí, Leonardo lo tuvo difícil, porque ya en vida compitió con Miguel Ángel. Pero al llegar al siglo XX Miguel Ángel era demasiado grande, demasiado intocable. Miguel Ángel resultaba antipático y Rafael llevaba un descrédito de más de cincuenta años, su obra era demasiado perfecta, demasiado hermosa, como sus mujeres, además Rafael, vaya, demasiado heterosexual también. No, Rafael no servía, la segunda mitad del siglo XX y los inicios del siglo XXI necesitaban un genio más misterioso, aunque el misterio era una patraña, propia de engendros como esa novela cuyo título no debe ser citado. Se necesitaba un genio cool. Leonardo da Vinci resultó perfecto.

Y existe un mito papanatas. Consiste en afirmar que en los sótanos, porque a ser posible hay que hablar de sótanos, aunque no existan, de los grandes museos, hay verdaderas obras maestras, olvidadas, cogiendo polvo, ignoradas por los conservadores. Obras que se ocultan por ignorancia a un público que tiene derecho a disfrutarlas. Nada menos cierto, porque a  estas alturas de la Historia y de la Historia del Arte en particular, pocas obras maestras desconocidas de los grandes maestros quedan por encontrar…, y desde luego ninguno de los grandes museos de Europa tiene obras maestras sin exponer en los depósitos y mucho menos sin catalogar. Todas las obras de los grandes pintores y también de los menores, las obras de aprendizaje y de juventud, están catalogadas y la mayoría están expuestas. Si no están expuestas es porque están en restauración o viajando, no por el sadismo y por el deseo de chinchar de los conservadores.

Pero los mitos ¡ah los mitos! los mitos tienen la piel muy dura, y sacan la cabeza en cuanto pueden y se enseñorean de los medios que entretienen a una sociedad ignorante y un día, de cuando en cuando, salta la noticia de que se ha encontrado una de esas obras  olvidadas o algo peor, que ahora con nuestra maravillosa técnica y nuestros no menos maravillosos conocimientos, una obra conocida pero estropeada por los siglos, la podemos ver tal como la dejó el pintor al dar la última pincelada.

Los cuadros, de los grandes maestros del Renacimiento hasta el siglo XIX, no voy a escribir ahora de otro soporte, son estructuras materiales extraordinariamente complejas. Un soporte principalmente de madera o tela, imprimaciones del soporte, pigmentos, aglutinantes, resinas y barnices. Hasta el desarrollo de la química moderna y los colores sintéticos en el siglo XIX, los impresionistas, Vincent van Gogh, ya compraron sus colores en tubo, los colores se fabricaban en el propio taller de los pintores. A lo largo de los siglos esos colores se han mantenido a veces extraordinariamente frescos y vivos, en otros casos se han desvanecido o se han convertido en otros. Las hojas de los árboles pintados por Vermeer hoy son azules, el verdor del paisaje de fondo de Amor Sacro y Amor Profano de Tiziano, un cuadro que está muy limpio, está amarronado pues el resinato de cobre que se utilizaba para los verdes se ha degradado, como en tantos paisajes de fondo del renacimiento italiano. Y las modas cambian. La paleta del siglo XVII era mucho más limitada en colores, gustaba de lo sombrío, los fondos negros y se utilizaba el betún, un derivado del petróleo que jamás se seca, y que además, degrada el soporte y los colores que están sobre él, se rizan y caen, algo que sufre un cuadro mucho más reciente como La balsa de la Medusa de Gericault. Y en cuanto a las modas, toda la primera mitad del siglo XIX admiraba el tenebrismo barroco y alteró cuadros del período anterior del Renacimiento oscureciéndolos con barnices. Y los barnices, que se daban y se dan para proteger la superficie del cuadro, todos amarillean con el tiempo, aunque ese amarilleamiento tiene la cualidad de proteger los colores de la luz ultravioleta.

El tiempo hace su labor degradando, amarilleando, o conservando. Tocar un cuadro para dejarlo como lo dejó el pintor en su última pincelada es imposible, sobre todo cuando se trata de cuadros muy antiguos. Los efectos no se lograban únicamente con la aplicación del color. Se consideraba la imprimación del soporte, las veladuras, los materiales y las técnicas eran mixtas. Un cuadro del Renacimiento de Leonardo, de Tiziano, puede tener hasta cerca de cincuenta capas diferentes. Capas donde las técnicas se mezclan, donde los pigmentos se ligan con huevo, con aceite, con resina, donde se consiguen efectos con capas de barniz. ¿En qué momento se ha llegado a la capa real del maestro? ¿Dónde están los repintes, si los ha habido, posteriores? ¿Tenemos derecho a quitar esos repintes que son obra de la Historia? ¿Cómo estar seguro de que esa capa de barniz última no se va a llevar pintura y dañar irreparablemente la obra? Goya, decía que ni siquiera el mismo pintor podría reparar sin alterar un cuadro suyo, el tiempo también pinta. Tocar un cuadro queriéndolo devolver a su esplendor original es destruirlo.

La restauración siempre ha estado sometida a la moda. Somos un mundo al que le gustan los colorines. Poca gente menor de veinticinco años o incluso mayor es capaz de apreciar y ver el cine en blanco y negro, que es un arte de apenas cien años. Entonces ¿cómo va ser posible que se aprecien obras de arte a las que lo siglos han oscurecido y amarilleado los barnices o los betunes empleados en los fondos han ido invadiendo y destruyendo el cuadro? En la moda de la restauración actual, las intervenciones mínimas, respetuosas, son impopulares. El cuadro hay que dejarlo como lo quiso el pintor o como creemos, con nuestra moda actual amante del colorín y desconocedora del trabajo de lo antiguos maestros, que salió de las manos de pintor cuando se dio la última pincelada. Leonardo que vio como se degradaba la Última Cena de Santa María delle Grazie, dejó a la pintura seguir su curso, pero claro, ahora somos más sabios que Leonardo.

Creo que los pateadores de museos tenemos todos obras preferidas, amadas. Quizá algunas no sean obras maestras. Yo tengo unas cuantas que suelo visitar cuando voy al Museo del Prado, hay incluso algún cuadro tonto, que me ha llamado la atención y me gusta volver a ver. A mí me gustaba Doña Lisa, la copia de La Gioconda. Pintada por el autor más prolífico de la Historia del Arte, el pintor Anónimo. No estaba en los “sótanos”, no era una obra desconocida. Durante muchas visitas la vi en su rincón, de la gran sala de la pintura italiana, con su fondo negro, su delicado vestido verde y sus finas cejas, casi siempre sin visitantes. Es además protagonista de un simpático relato, El llanto y los remedios, que está en la obra de Manuel Mújica Laínez, Un novelista en el Museo del Prado. Esta obra la leí cuando era estudiante, antes de visitar por primera vez el museo, y esa primera vez,  ya fui a ver a Doña Lisa, que se aleja al final del relato acompañada por El Cardenal de Rafael y por el Duque de Mantua de Tiziano

En esta restauración hay contradicciones La ficha del museo ha cambiado en unos días. ¿No se había investigado antes? Porque hay diferencia entre las maderas. Ahora el soporte es madera de nogal, hace unos días y como también ocurre con Madame Lisa del Museo del Louvre, el soporte era madera de chopo o álamo, populos alba o populos nigra, que crecen en toda Europa junto a los cursos de agua. 

Ficha Museo del Prado 14-2-2012

Esa madera blanda con la que se hacen las cajas de fruta y las cerillas, pero lo bastante adecuada para ser soporte de pinturas. No roble como pone aquí entre tantas otras cosas, como por ejemplo, que ahora la copia del Prado parece más joven que la Gioconda original del Louvre.  Al parecer a Lisa Gherardini, que no tenía más de veinticinco años cuando Leonardo la pintó le han salido arrugas bajo el barniz…

Doña Lisa del Museo del Prado era una copia muy buena, no sé el porqué del fondo negro, No tiene mucho sentido que fuera del siglo XVIII, cuando la moda entonces era todo lo contrario, lo claro y luminoso. Como he dicho más arriba la primera mitad y buena parte del XIX admiraba el tenebrismo barroco, con lo que la pintura del siglo XVIII bajo mucho su cotización en el mercado de arte. Es obra de Micer Anónimo, prolífico pintor que lleva más de 35.000 años en activo, pero merece un respeto. ¿De dónde ha salido ese fondo paisajístico perfecto? ¿Se ha podido retirar el fondo negro como quien quita un protector de plástico de la pantalla táctil de un teléfono móvil? ¿No se ha dañado nada? La restauración de un cuadro, esta vez no una copia sino un original, cuyo fondo era un fondo oscuro, neutro, llevó a destrozarlo, a asesinarlo. Un fondo mucho más sencillo que el que al parecer tenía Doña Lisa y sin embargo se hizo esto, como se puede ver aquí.

No volveré a encontrar a Doña Lisa como era, aquí está en alta resolución sin restaurar y antes de que la sustituyan por la que siempre veremos ya.

Ah!…, se me olvidaba…

4 pensamientos en “Doña Lisa

  1. .
    Si te viene reprimenda… que igual mereces, yo me decantaré por el encomio. Más que nada por la referencia y por el video del caballero, que a mi entender ni era sobrio, ni triste… que siempre le adiviné un atisbo de sonrisa bajo el bigote. Me has hecho recordar esos tiempos juveniles en los que, tras convivir intensamente con el jorobado Orsini, descubrí juntos al autor y al Greco en la versión de bolsillo de Seix Barral del “novelista”. Mi relato favorito fue Elegancia… tan lleno de nombres, tan poblado de referencias, tan tentador para un adolescente que estrenaba enciclopedia por entonces. Allí quedó en mi memoria Francesco Mazzola, il Parmigianino… cuyo autorretrato con espejo convexo fue uno de los puentes tendidos al Arte desde mi espíritu rendido a la ciencia.
    No he leído sobre el tema nada más exacto ni juicioso, por lo que te felicito y me felicito a la vez por ser testigo. Ya vendrán miríadas de glosadores que recorrerán el tema en todas sus vertientes subidos en escaleras. Y mi caballero, ay, mi caballero, al que ya no puedo mirar… Cabeza, mano y espada/rodeadas de negrura… que lo diga Doña Lisa entre sollozos, como lo oyó Laínez: “¡Todo, todo se ha borrado! Carezco de identidad”…

    • Afortunadamente este es un blog casi secreto, pero me espero protestas. Protestas por no estar de acuerdo y por el tono burlón del escrito. Pero la restauración es algo muy serio y donde se están realizando auténticos desastres. Fue al ver el perfecto fondo paisajístico que tendrá a partir de ahora Doña Lisa lo que me hizo recordar lo que pasó con el caballero. Como para entonces yo ya ni tenía televisión, no me enteré hasta que vi el cuadro colgado en el Prado y fue como recibir una bofetada ¿Qué había pasado? ¿Cómo se podía haber hecho algo así? Ahora, buscando información sobre esa restauración ha salido el documental que no he podido poner directamente en la entrada.
      Y “Un novelista en el Museo del Prado” es una delicia, y la mejor guía para quien va a visitar por primera vez el museo…, no resta inocencia a la mirada sino todo lo contrario. Gracias a este libro no dejé de visitar a Doña Lisa siempre que estuvo en su sala italiana.
      También mi relato preferido, el más inolvidable, es Elegancia. El concurso que ganan “Adán y Eva” de Durero, que llegan al final y si no recuerdo mal, porque busco en mi memoria, con las protestas del emperifollado Luis XIV de Rigaud, al que nadie había votado, que se quejaba de que hubieran ganado el concurso a la elegancia esos dos desplumados alemanes.

  2. Me encuentro este artículo por casualidad… porque aparece en una lista al pie del que acabo de disfrutar, y me embeleso con él, lamentando que por el tiempo que hace que se escribió, no por otra cosa- haya sido tan poco comentado. Es genial.
    Gracias.

    • Gracias a ti, Francisco, nunca es tarde para comentar un artículo porque los dejos todos con esa psoibilidad. Por suerte el spam es controlable en este blog.

      Sería poco comentado pero hubo un tiempo que fue muy leído, o al menos encontrado, por gente que buscaba datos sobre la restauración de “la Mona Lisa del Prado”

      Lo que me enfada ahora de este asunto es que la recreación de esta obra, porque no lo puedo llamar de otra manera se haya hecho tan famosa. En la visita reciente en que contemplé el cuadro de Murillo de la Sagrada Familia, en la sala italiana donde está colgada ahora este Gioconda, la gente la miraba a ella y daba la espalda a los cuadros de Antonello da Mesina, Fra Angelico, Mantenga y Boticelli. La prefería cuando era una copia en el ricón de la gran galería italiana que no mirama casi nadie. Porque aquello que se dijo: “se ha descubierto una Gioconda en el Museo del Prado”, era una patraña. Pero los cuadros tienen vidas extrañas, unos son olvidados y otros pasan al primer lugar de atención.

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