Sembrar el viento, cosechar el huracán

Pieter Bruegel el Viejo. El Triunfo de la Muerte 1562, Museo del Prado

En la geografía de mis sueños está, como en la de todos, el país de las pesadillas, y en ese país, habita un cuadro terrible, cuya visión desde que me asaltó a los catorce años en la página de un libro de arte, en una silenciosa sala de biblioteca, no ha dejado de visitarme. Mirar El Triunfo de la Muerte, que está colgado en la sala flamenca del Museo del Prado donde comparte el espacio con las obras de El Bosco y de Patinir, es acercarse a una visión del horror, el resultado de comer el fruto del Árbol del Conocimiento del panel de la izquierda del Jardín del las Delicias.

Pieter Bruegel el Viejo (1525 – 1569) es un pintor extraño. Iniciador de una dinastía de pintores a los que no pudo formar, pues sus dos hijos, Pieter Brueghel el Joven y Jan Brueghel de Velours, eran niños cuando su padre murió. Apenas se sabe nada de este pintor que en sus poco más de cuarenta cuadros conservados ha contribuido a la iconografía de la pintura universal. Es difícil pensar en la Torre de Babel sin tener la visión de la que pintó.

Bruegel el Viejo, que no tuvo tiempo en su vida de serlo, vivió en los años del pleno Renacimiento y viajó a Italia y vivió en ella más de tres años, y sin embargo en su pintura no se aprecia prácticamente ningún rasgo italiano. A Bruegel no le debió gustar la pintura italiana pues en el estilo que decidió seguir, la influencia que está presente es la del extraño Hieronymus Bosch, llamado El Bosco, muerto en 1516, cuyas obras están más cerca del imaginario medieval que del mundo renacentista.

El espacio y el tiempo de Bruegel el Viejo fueron especialmente convulsos, en una carta que le escribió su amigo el cartógrafo Ortelius, este se quejaba de vivir en una época enferma dominada por el mal católico, la fiebre de los indigentes y la disentería hugonote. Flandes y Europa se desgarraban en las guerras de religión, pero casi lo peor estaba por venir, algo que ya no pudo ver Bruegel.

Las obras de Bruegel se caracterizan en general por la gran cantidad de figuras y por una aparente confusión y El Triunfo de la Muerte de 1562 no lo es menos. El cuadro presenta un paisaje de colores ocres, rojizos y cárdenos, con humaredas e incendios en el horizonte marino en el que naufragan los barcos. Instrumentos de tortura, ruedas, que se usaban en su época, horcas, una decapitación…, y sobre todo dos tipos de personajes: por un lado, esqueletos que representan la muerte, como un nutrido ejército a pie con escudos que son tapas de ataúd, en una barca envueltos en el sudario, montados en un carro tirado por un caballo famélico o uno con la guadaña, montado en un caballo tan descarnado como su jinete. Por otro, humanos de toda condición y edad que huyen, casi todos, despavoridos pero sin ninguna esperanza de poder escapar.

¿Qué le llevó a Pieter Bruegel a pintar este cuadro en 1562? Una obra que aparentemente es más medieval que del renacimiento, pues parece más emparentada con las danzas de la muerte, que con los memento mori, las vanitas, que se pintaban en su época y serán abundantes en el Barroco. Hay para mí algo terriblemente inquietante en este cuadro. Lo que presenta en él no es la muerte como la única promesa que será cumplida en todos los humanos, no es eso, para eso ya estaban otras obras como las que he mencionado antes. Lo que representa Pieter Bruegel en El Triunfo de la Muerte es la muerte colectiva. Pero una muerte colectiva que respira maldad. La Muerte, esos cientos de esqueletos que forman su ejército, se burla, se regodea con su triunfo sobre los humanos. La Muerte no va a visitar individualmente a los personajes del cuadro, se los va a llevar a la vez, va a ser una gran cosecha. Eso es algo que solo puede conseguir la Muerte por una catástrofe natural, por una epidemia como la de 1348 o por acciones provocadas por la maldad estúpida de los hombres. Es esa maldad humana la que pone la sonrisa sardónica en los esqueletos. Son los hombres los que hacen que la Muerte triunfe.

La época del pintor fue terrible, con los conflictos de las guerras de religión, con los ejércitos brutales saqueando cuando no recibían la paga, pero Bruegel no vería ya ni tendría noticias de la Noche de San Bartolomé en 1572, ni la Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648). ¿Por qué se burla la muerte si al final siempre será vencedora? Es como si Bruegel, con una intuición certera y diabólica, se hubiera adelantado a su época en casi cuatrocientos años, porque desde la primera vez que vi ese horizonte incendiado no pensé en el siglo XVI, sino en el siglo XX.

Imaginemos que ese horizonte con incendios, esa luz rojiza que alumbra la destrucción, esas multitudes aterradas que huyen, se refieran a algo que mirándolo desde la época de Bruegel sucederá 383 años en el futuro y que mirándolo desde la nuestra sucedió un día como hoy hace 66 años. Pudo suceder en muchas ciudades entre 1937 y 1945, pero voy a contar la historia que sucedió en la más hermosa ciudad de Alemania, el 13 y 14 de febrero de 1945.

Era una de las ciudades más bellas de Europa, la capital de la Sajonia Albertina. Tras las destrucciones de la Guerra de los Treinta Años y el incendio que la arrasó casi por completo en 1685 renació bajo el reinado de Augusto el Fuerte, el príncipe elector que pensó que Varsovia también valía una misa. La ciudad se reconstruyó en estilo barroco, porque contra lo que se suele pensar el gran territorio del barroco es el mundo germánico, un barroco de edificios color crema u oro, de plantas delirantes, de iglesias y teatros donde sonaron por primer vez las obras de Johann Sebastián Bach, Telemann, Weiss, Hasse, Handel…, de palacios que rivalizaban con Versalles, de monasterios reconstruidos con las más impresionantes bibliotecas.

En febrero de 1945 a la guerra le quedaban menos de tres meses en Europa, pero eso no lo sabían quienes combatían y sobre todo quienes la sufrían. Víctor Klemperer, catedrático de filología románica en la Escuela Superior Técnica de Dresde, especialista en la Ilustración, admirador de la cultura francesa, expulsado de su cátedra en 1935 a causa de su origen judío, llevaba sufriendo un descenso a los infiernos que comenzó en enero de 1933, que se prolongó con la marginación en la universidad, con la expulsión de la cátedra, con la prohibición de usar las bibliotecas y por lo tanto la imposibilidad de investigar, con decenas de prohibiciones absurdas que le podían costar la vida: no usar las aceras, no subir al trasporte público, no ir la los parques, no pasar por ciertas calles. Portador de la estrella amarilla. Expulsado de su propia casa que hacía poco había construido, obligado a vivir en una “casa de judíos”, a trabajar como obrero en una fábrica. Viendo como sus compañeros de casa iban desapareciendo, deportados a Theresienstadt y más tarde a un lugar nunca oído antes de Polonia, Auschwitz, “un lugar en que no se sabía que pasaba pero del que no se regresaba”. A Víctor Klemperer no le quedó otra ocupación que escribir su diario y recoger las notas de lo que luego fue su estudio, Lingua tertii imperii, la Lengua del Tercer Reich donde analizaba el envenenamiento de la sociedad alemana por la manipulación del lenguaje. En febrero de 1945 Dresde estaba llena de refugiados que huían de las zonas de Alemania que estaba ocupando el Ejército Rojo, pero en Dresde casi no quedaban habitantes de origen judío, los pocos que quedaban, que aún no habían sido asesinados eran los que, como Víctor Klemperer, estaban casados con una persona no judía, aria, en el perverso lenguaje de la lengua del Tercer Imperio.

Víctor Klemperer y Eva Schlemmer, pianista y compositora, se habían casado en 1906. La carrera académica de Víctor estuvo siempre por delante de la de Eva, lo que a ella en los años 30 le causaba depresiones y trastornos psicosomáticos. No tenían hijos. Pero cuando llegaron las dificultades reales, a pesar de las frustraciones, Eva supo sobreponerse y en ningún momento se planteó divorciarse. El hecho de que Eva fuera “aria” y continuara al lado de su marido, perdiendo la casa con jardín que tanto les había costado tener, teniendo que seguirle a la “casa de judíos” hacinados con otras familias, sufriendo los insultos de la Gestapo, le salvó la vida a Víctor. Víctor y Eva Klemperer no eran unos amantes adolescentes inconscientes, llevaban cuarenta años juntos, pero desde hacía más de diez, la Muerte tocaba el laúd junto a ellos burlándose.

El 13 de febrero de 1945 Víctor Klemperer tuvo que hacer de mensajero de la muerte. Camuflado como “servicio de trabajo fuera de Dresde” estaba prevista para el 18 de febrero la deportación a Theresienstadt de la mayoría de los pocos judíos que quedaban en Dresde protegidos por matrimonio mixto. Víctor no estaba entre ellos todavía, aunque sabía que le quedaban pocos días más. Ese día por primer vez desde hacía años subió al tranvía y pasó por calles que le habían estado vedadas, ahora estaba autorizado, porque tenía que repartir las cartas que anunciaban la deportación. De su trabajo de mensajero regresó abatido y apático a la casa de judíos donde vivía. Hacia las nueve de la noche, la Muerte, montada en bombarderos de la RAF y de la Fuerza Aérea de Estados Unidos hizo su aparición.

Dresde no había sido bombardeada durante la guerra. Los bombardeos, no demasiado destructivos, habían comenzado a finales de 1944 y no habían afectado demasiado a la ciudad, pero lo que sucedió en la noche del 13 al 14 de febrero fue diferente. Los dos primeros bombardeos, destruyeron casi completamente Dresde y causaron unas 25.000 víctimas mortales. Víctor Klemperer, nueve días después lejos de Dresde, a la que no volvió hasta que no terminó la guerra, lo cuenta en su diario.

Muy pronto se oyó el zumbido cada vez más sordo y más fuerte de las unidades que se acercaban, se apagó la luz, una explosión en las proximidades… Intervalo para respirar, estábamos arrodillados, acurrucados entre las sillas, de algunos grupos salían lloros y gemidos; más aviones que se aproximan (…) De pronto la ventana posterior, enfrente de la entrada del sótano, se abrió de golpe y fuera había luz como en pleno día. Alguien gritó “¡Bomba incendiaria, hay que apagar el fuego!” (…) fuera la luz era como en pleno día. En la Pirnaischer Platz, en la Marschallstrasse y en la zona del Elba, en las orillas o por encima, las llamas lo envolvían todo. (…) Soplaba un terrible viento huracanado provocado por el fuego. Pág. 676, el primer bombardeo.

Yo no podía distinguir detalles, solo veía llamas por todas partes, oía el ruido del fuego y del viento (…) “Tenemos que bajar hacia el Elba…” Un grupo de gente subía por los jardines a la Brühlterrasse, había que pasar muy cerca de las llamas. Por fin llegué yo también arriba, en medio del huracán y de la lluvia de partículas incandescentes.

(…) llovía, soplaba el huracán (…) el Belvedere ardía, la Academia de Bellas Artes ardía, todo alrededor hasta muy lejos, era fuego. Pág. 678 – 679 El segundo bombardeo.

La Muerte había estado danzando, tocando el laúd y la zanfoña, alrededor de Eva y Víctor durante más de diez años, pero la Muerte cuando se presentó sin piedad a recoger una de las cosechas más abundantes de la guerra decidió olvidarlos. En los dos bombardeos quedaron separados y lograron reencontrarse. Sobrevivieron a las horas de horror, que no solo destruyeron las iglesias y los palacios barrocos, sino también el cuartel general de la Gestapo con sus archivos y su guillotina en el sótano que funcionaba casi todos días. Huyeron de Dresde, donde a los pocos días la maquinaria nazi con su eficiencia diabólica comenzó a reconstruirse y a reclamar a sus víctimas. Eva, ante el terror de Víctor, decidió que se cambiaran de nombre y fingieran haber perdido la documentación, no reclamaron las tarjetas de racionamiento que por suerte, no llevaban nombre. Huyeron a Munich. Allí fue donde para ellos terminó la pesadilla.

En la Navidad de 1946 Víctor Klemperer, que había recuperado su cátedra de profesor, daba fin a Lingua tertii imperii, la Lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Como otros ensayos suyos se lo dedicó a Eva, pero la dedicatoria fue diferente esta vez:

A mi esposa Eva Klemperer

sin ti este libro no existiría, como tampoco existiría hace tiempo su autor. (…) Tú sabes, y hasta un ciego debería percibirlo con su bastón, en quien pienso cuando hablo de heroísmo a mis oyentes.

Al momento, Eva arrancó con una navaja la estrella de mi abrigo. Pág. 681

Ellos han sembrado el viento y recogerán el huracán. Es la frase con la que sentenció el mariscal Arthur Harris de la Royal Air Force Británica, la respuesta que darían los Aliados, especialmente los británicos a los bombardeos alemanes.

El director de orquesta Otto Klemperer y Victor Klemperer eran primos hermanos. Otto Klemperer, se exilió durante el régimen nazi en Estados Unidos.

Victor Klemperer, Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933 – 1941 y Diarios 1942 – 1945. Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores, Barcelona 2003.

Víctor Klemperer, LTI la Lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Círculo de Lectores, Barcelona 2005

3 pensamientos en “Sembrar el viento, cosechar el huracán

  1. Pingback: Escribiendo en la niebla | El bosque de la larga espera

  2. es muy bello ( y terrible, me recuerda la frasede baudrilard en su ensayo:”no soy bella , soy peor”)lo que escribes, bien escrito, sobre todo alrededor de la pintura de brueghel, ups

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