¡Ya estáis haciendo el oso!

osos

¿De donde viene esta protesta, de una abuela a sus nietos cuando los juegos al aire libre tomaban un cariz demasiado selvático? ¿Por qué no hacer otra comparación? ¿Por qué compararnos precisamente con los osos? Ella no lo sabía, pero la relación, la asimilación entre humanos y osos tiene en Europa decenas de miles de años.

Si, ahora mismo en Europa o en otro lugar del mundo occidental, preguntamos cual es el rey de los animales, alguien responderá: el león. ¿El león? Pero hace miles de años que no hay leones en Europa. Los últimos leones europeos son especies extinguidas del periodo paleolítico, que nada tienen que ver con los leones africanos actuales, ni con los leones asiáticos, más pequeños, que cazaba Asurbanipal y que se extinguieron definitivamente hacia el siglo I. En diferentes lugares del mundo, el animal simbólicamente rey es siempre un animal de esa zona. Sólo Europa tiene un animal foráneo como rey.

El león no siempre ha sido el rey de los animales en Europa, el oso lo precedió durante milenios y el águila, símbolo del Imperio Romano y de los imperios que se dijeron sus herederos le hizo la competencia. El león comenzó a ser rey de los animales hacia el año 1000, porque hacia esa época la guerra que la Iglesia cristiana había declarado al oso estaba comenzando a ser ganada.

Humanos y osos han convivido y se han relacionado en los mismos hábitats de Europa desde hace más de 80.000 años. Una sepultura neandertal en la cueva de Regourdou, está asociada con una sepultura de oso pardo bajo la misma losa. La cueva de Chauvet, tiene las imágenes más antiguas de entre 32.000 y 30.000 años, y más numerosas, unas doce, de osos parietales. Además en esta misma cueva hay depósitos de osamentas  de osos e incluso un cráneo colocado deliberadamente sobre una roca a modo de altar. Los prehistoriadores discuten agresivamente sobre si existió o no una religión del oso en el paleolítico, pero lo que sí es cierto, es que en épocas históricas el oso pardo (Ursus arctos), era el animal salvaje sin rival en Europa, el rey de los animales y era representado por unos dioses, mejor dicho unas diosas que en su nombre declaraban su origen ursino.

Hija de Zeus y Leto, hermana melliza de Apolo, veloz corredora, arquera sin rival, virgen que reina en la naturaleza salvaje, protectora de los animales salvajes, Ártemis lleva en su nombre en su nombre la raíz indoeuropea art, que quiere decir oso. ¿La hermosa Ártemis del friso del Partenón, la que esculpió Leocares una osa? Ártemis es mucho más antigua que su hermano y que su padre, viene probablemente del remoto paleolítico, cuando el mundo mediterráneo, cubierto de bosques, era también territorio del oso. Su mito relacionado con Calisto, transformada en la Osa mayor, y su hijo Arcas, rey de Arcadia, la tierra de los osos o su santuario en Brauronia cerca de Atenas donde sus sacerdotisas eran niñas de menos de diez años llamadas ositas (arktoi) lo atestiguan.

La religión celta también tiene en diferentes lugares diosas que son parecidas a la Ártemis griega. La diosa Arduina, cuyo culto se localiza en la región de las Ardenas ¡otra tierra de los osos! Y la más importante diosa Artio, cuyo atributo es un oso, verdadero calco de Ártemis, adorada por los celtas en la zona del sur de Alemania y Suiza. Los romanos no atacaron estos cultos, sino que asimilaron estos dioses por su parecido con los dioses del mundo clásico…, pero el cristianismo llegó y se encontró con un gran problema: en gran parte de Europa, el oso era el animal regio, venerado por los guerreros que habían de cazarlo para ser considerados tales, protagonista de mitos y leyendas en que unido a mujeres daba lugar a una progenie de medio hombres medio osos que eran guerreros indomables e incluso fundadores de linajes reales. El oso era objeto de culto entre los germanos que combatió Carlomagno, entre los eslavos y los escandinavos no cristianizados, seguía siendo recordado en el mundo celta y en el mediterráneo. Para la Iglesia cristiana esto era absolutamente espantoso, el oso era el rival de Cristo. Se le declaró la guerra y se le combatió por todos los medios.

Los medios utilizados en esta guerra contra el oso fueron de todo tipo. Uno de ellos fue el exterminio. Durante siglos se organizaron masacres que fueron despoblando de osos los bosques de Europa hasta el punto que para el siglo XIV su hábitat es el que tiene actualmente, las zonas montañosas, incluidas las de la Europa mediterránea y los bosques del este del Europa. El retroceso del bosque en toda la Edad Media ayudó también a su desaparición en muchas zonas.

Otro medio ya usado por la Iglesia en otros casos fue cristianizar las fechas del calendario que tenían que ver con el oso. El 11 de noviembre, que se celebraba el comienzo de la hibernación del oso se convirtió en el día de San Martín, quizá el santo más popular de la Edad Media. Más importantes eran las celebraciones  del momento en que el oso despertaba y que anunciaban el final del invierno. En toda Europa se celebraban ceremonias ursinas que anunciaban el carnaval, en estas fechas se colocaron la Candelaria (2 de febrero), San Blas (3 de febrero) y San Valentín (14 de febrero).

Al exterminio y la cristianización se sumó la sustitución del oso por el león, un animal foráneo que tenía prestigio bíblico, aunque también su parte negativa. Y después vino el desprestigio. Al oso se lo asoció con el diablo, se lo ridiculizó en obras como el Roman de Renart, donde aparece como un animal estúpido, ridículo, glotón, humillado por el zorro y donde su fuerza y su valentía legendaria han desaparecido, todos los demás animales se burlan de él. Convertido en animal de circo, muchas veces se daba el espectáculo horrible de que un oso encadenado era atacado y despedazado por perros para regocijo de la muchedumbre ignorante. Incluso ya en la Edad Moderna no recibió la atención que debía como el animal salvaje más importante de Europa por los primeros zoólogos. Ahora sí que el rey había perdido definitivamente su trono.

Esta historia de la relación humana con el oso probablemente no tendrá más final que la extinción total del animal. No solo del oso pardo europeo y americano, sino también de su primo el oso polar. El oso parece destinado a desaparecer, porque simbólicamente ya ha desaparecido del mundo de los animales salvajes. Las reservas en las que se les puede dejar en paz o no, pues en muchos lugares es objeto del repugnante voyeurismo turístico, serán los últimos lugares donde viva.

Hace muchos años, leyendo un libro de Max Horkheimer cuyo título ya no recuerdo, me quedé impactada por una frase, más concisa que lo que escribo ahora: existe en la Historia una jerarquía del dolor. Dolor que se inflingen los seres humanos unos a otros en función de su poder…, pero por debajo de ese dolor está el dolor inmenso, sin posibilidad de rebelión que los humanos inflingen a los animales. Los humanos nos hemos dado cuenta demasiado tarde muchas veces de ese dolor animal. Como dice Michel Pastoureau: al matar al oso, su pariente, su semejante, su primer dios, el hombre ha matado desde hace tiempo su propia memoria y simbólicamente se ha matado un poco a sí mismo.

Sin embargo, a pesar de todo, en el mundo europeo muchos topónimos recuerdan que fue la tierra del oso. Tres capitales europeas lo tienen en su escudo: Berna, Berlín y Madrid. La antroponimia también recuerda su reinado. Los nombres de Arturo, Bruno, Bernardo, Björn, Orson, todos tienen que ver con distintas raíces en que se nombra al oso. El oso también sobrevive en diferentes tradiciones orales, y cuentos. El más famoso del que tenemos versiones y variaciones casi infinitas y que se ha exportado a tres continentes es Juan Oso. El esquema es: un oso rapta a una mujer, esta da a luz un niño que mata a su padre y luego tiene problemas para encontrar su sitio en el mundo de los humanos; tiene una fuerza hercúlea y trata de mostrarse útil y servicial, pero solo encuentra hostilidad, desconfianza e ingratitud; después de muchas aventuras, todas desafortunadas, acaba por huir de la sociedad y regresa para morir, solitario, en la caverna donde nació.

Quiero acabar este escrito volviendo de nuevo a mi infancia. En las noches de verano, en el balcón o bajo las estrellas, los nietos cerrábamos círculo alrededor del extraordinario narrador de cuentos que era mi abuelo. Más que ninguna otra historia o cuento, más que las aventuras de Ulises en la cueva de Polifemo, pedíamos que nos contara una y otra y vez la historia de Juan Oso. El Juan Oso cuya historia oí decenas de veces cuando era niña y que siempre me he negado a leer otra versión en las varias recopilaciones de cuentos y leyendas que tengo, era en efecto, un joven, hijo de un oso y de una mujer, velludo y de inmensa fuerza, armado con una maza como Heracles, que no siempre sabía controlar. Hermano del águila y la hormiga, leñador en lo profundo del bosque, traicionado por sus amigos, vencedor de pruebas que implicaban fuerza, inteligencia, tenacidad…, mi Juan Oso no regresa para morir a la cueva en que nació, sino que casándose con la princesa, como Torgils Sprakebeg, en Dinamarca, fundó una dinastía real.

A propósito de la lectura de Michel Pastoureau, El Oso. Historia de un rey destronado. Paidós 2008.

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